Editoriales
SOFÍA GAMBOA
jue 29 ago 2019, 7:45am 6 de 6

Aquellos días, cuando era libre



SINGULARIDAD ECONÓMICA

"No seré una mujer libre mientras siga habiendo mujeres sometidas"

— Audre Lorde

-Ven acá, tengo que platicarte esta historia-.

-Tenía 23 años, estudiaba Licenciatura en Química en la FES Cuautitlán de la UNAM. Para mis padres, tus abuelos, era muy importante el que yo llegase a ser profesionista, así que con mucho sacrificio derivado de nuestras carencias económicas hicimos el compromiso que al ser única hija acabaría una carrera y me superaría profesionalmente, mientras ellos verían como darme mensualmente una módica cantidad para poder ir y venir a casa. Realmente nuestra situación económica no iba nada bien. Mis notas eran sobresalientes, mi promedio el mejor de la generación. A diario Felipe, Mario, Roberto y Agustín buscaban estudiar conmigo, mi amistad con ellos era entrañable, los veía como buenos chicos tratando también de sobresalir en esa selva de asfalto, ciudad donde nos toco nacer.

Estábamos por graduarnos, a pesar de que mi promedio era el mejor fue mucho más fácil para ellos encontrar trabajo, cuando me hablaban para una entrevista pero que también les hablaban a ellos, al darnos retroalimentación de lo que había pasado resultaba que a ellos les ofrecían un 20% más que a mí. Fíjate, lo absurdo del país, en 2015, el costo económico de desperdiciar el talento de las mujeres fue de 240,000.6 millones de pesos. Solamente el 43.4% de las mujeres en edad productiva trabajaban fuera del hogar y un porcentaje aún menor tenía la oportunidad o la decisión de desempeñarse en puestos profesionales. A pesar de que para ese año ya existían políticas públicas como la cuota de género, la desigualdad seguía siendo muy palpable en la sociedad. Mientras que el 72.6% de la población económicamente activa femenina tenía hijas/os, el 26.6% de las que trabajaban habían experimentado algún acto violento o de discriminación por género y al 12.7% les habían pedido certificado de no gravidez o las habían despedido por estar embarazadas.

Algunos países ya se daban el lujo de hablar de la equidad en el trabajo, en los deportes. Ya se veía a más Directoras Generales en empresas internacionales en las noticias. Incluso las mujeres futbolistas de Estados Unidos, ya sabes, mi deporte favorito, habían tomado las calles de Nueva York, un par de veces para pedir igualdad de salarios. Todos los países parecían caminar con logros en esta batalla. El Índice de desigualdad de género realizado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo nos colocaba como país en el lugar número 72 de 128, incluso después de China, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait y Vietnam.

No se ni cómo ni porque, pero de repente esta desigualdad se transformo en violencia hacia nosotras. Un día llegue a la Universidad, y Blanca, mi compañera de tesis no llego, nadie de su familia tenía rastro de ella. Al juntarme con mis amigas de preparatoria, una amiga estaba devastada, un par de días atrás habían violado a su hermana hasta desangrarla, y las estancias de justicia respondían con injusticia. Me subí al metro y me toco ver como raptaron a dos mujeres, nadie hizo nada. Asfixiaba la impunidad y condenaba la indiferencia. El infierno aparecía por todos lados. Nos estaban matando. Eran mujeres sin nombre, sin edades, sin destino que levantaban sus voces en la oscuridad esperando una luz que las librara de ese terror, de esa injuria, de esa fuerza. Sin embargo, nadie llegaba a su auxilio.

Al cabo de los meses empecé a trabajar, era un buen trabajo, sabía que podría crecer profesionalmente y cumpliría con el trato de mis padres, quería que estuvieran orgullos de mí y ayudarlos económicamente. Por lo que las salidas a las 9-10 de la noche se hicieron constantes. Regresar a mi casa en ese horario era rezar durante todo el trayecto porque nada me pasará. No quería ser parte de la estadística, en la que a cada 3 horas una mujer era brutalmente asesinada en el país. Aún no ganaba lo suficiente para hacerme de mi primer auto, tampoco para pagar Uber privado, así que rezaba porque ese día no se subiera nadie al pesero a asaltarlo o porque no me persiguiera nadie en mi trasbordo en la estación de la línea B del metro. Si esto pasaba para ir al trabajo, imagínate el acudir a una fiesta. De un día al otro mi vida, mi libertad, me la coarto una manada de bestias. No podíamos caminar seguras ni en paz sin que alguien se sintiera con derecho a seguirnos, insultarnos o tocarnos.

Fuimos muchas mujeres, aunque pudimos ser más, de todas clases sociales, las que estábamos hartas de esto, a todas en nuestro hábitat nos pasaba, de diferentes maneras, pero todas éramos tristemente lastimadas por el simple hecho de ser mujeres y ser vistas por los hombres como flanco fácil para desquitar una furia animal de la cual no habían sido capaces de despojarse. Esas pocas voces de alarma hicimos marchas, canciones, poemas, hablamos con autoridades, sin embargo, esto lejos de parar, aumentaba. Fue en una marcha de agosto del 2019 cuando, por desesperación, actuamos por la fuerza y lejos de ser apoyadas, fuimos violentadas, estigmatizadas. Me asuste, lloré, ya no quise estar en el país, es ahí cuando aplique a mi residencia en esta, mi segunda patria.

Hoy, hija mía, que vas de viaje a tus 20 años a conocer tus raíces, te platico esta historia porque me preocupa como te va a ir. A pesar de que estamos en el año 2045, te quise platicar cuando vivía en México, cuando era libre y feliz y como fui perdiendo eso. Aun cuando extraño mi país, lloró y me enojo, porque no fuimos más mujeres las que salimos a las calles, porque los hombres no nos acompañaron. Porque en esa, mi patria, la apatía a veces gana y la sociedad se va haciendo cómplice del silencio. Porque nunca habrá igualdad mientras se siga sopesando más un costo financiero ante un costo humano...Y porque nos estuvieron, nos están y nos estarán matando mientras no nos aferremos desde diferentes frentes a que las mujeres merecemos igualdad y paz-.

@GamboaSofia

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