Editoriales
ARTURO GONZÁLEZ GONZÁLEZ
lun 9 sep 2019, 6:38am 2 de 8

El Ártico en el ojo del huracán geopolítico



Urbe y Orbe

Muchas cosas con Donald Trump parecen broma pero no lo son. Más bien son lo contrario, y la trivialización de sus palabras suele convertirse en su mejor escudo de inmunidad. Como es Trump, hay que esperar de él lo que sea, así se trate de una barbaridad. El problema es que bajo la coraza del disparate constante y la irreverencia creciente, el presidente estadounidense avanza en sus políticas xenófobas, racistas, misóginas, armamentistas, proteccionistas, populistas, antiliberales y, sí, neoimperialistas. En un entorno creciente de competencia geopolítica e interestatal como el que vivimos, Trump está asumiendo la defensa del capitalismo cuasimonopolista norteamericano frente al avance del capitalismo estatal chino y el anhelo de la élite europea de desvincularse de los intereses estadounidenses. A la par de que ha declarado una guerra comercial abierta contra Pekín, ha desatado una guerra política contra la Unión Europea, apoyando a los partidarios de una salida brusca del Reino Unido. Es en este contexto que debe leerse el nuevo acercamiento ensayado por el presidente francés Emmanuel Macron -hoy por hoy el líder más influyente de Europa- y el presidente ruso Vladimir Putin. La Europa macronista quiere a Rusia cerca o, al menos, no como enemiga mientras consolida su "independencia" militar, política y económica de Estados Unidos.

Dentro de este nuevo escenario geopolítico resulta curiosamente coincidente la reactivación simultánea de las carreras armamentista y espacial, características de la Guerra Fría librada por la Unión Americana y la Unión Soviética en la segunda mitad del siglo XX. Mientras vuelve la competencia abierta por la "conquista" del espacio, ahora con jugadores privados en primeras líneas, los ejércitos de las principales potencias globales (EEUU, Rusia, China y ahora la UE) y varias regionales (India, Turquía, Irán, las dos Coreas, Japón y Arabia Saudita) se arman hasta los dientes; las primeras para mantener o ganar posiciones en el nuevo tablero mundial, las segundas para defenderse o ganar influencia en sus regiones. El discurso de los nuevos derroteros de la carrera espacial -el regreso a la Luna como una etapa previa para el viaje tripulado a Marte- suele ubicar al planeta Tierra en una condición de un territorio "plenamente conquistado". Es decir, ya no queda espacio por conquistar. Pero esto es una mentira. La mira del capital y los gobiernos que lo soportan en la encarnizada competencia por recursos y riquezas está ahora puesta en el Ártico, territorio hasta hace poco vedado para cualquier tipo de aprovechamiento productivo. La gruesa y permanente capa de hielo que hasta hace algunos años se mantenía en esa región impedía la explotación de recursos y la navegación por el Polo Norte y su amplia región aledaña. Pero eso ha cambiado.

El calentamiento global, provocado por el sistema intensivo de consumo y producción actual, surgido de la primera revolución industrial entre los siglos XVIII y XIX, ha ocasionado graves desequilibrios en el Ártico. El principal de ellos es la reducción de la superficie de la capa de hielo polar a un ritmo alarmante. Esto tiene que ver con las temperaturas inusitadamente cálidas que el verano ártico ha registrado en los últimos años. Se estima que de 1990 a la fecha se ha perdido el 50 % del hielo marino en esa zona. De continuar con la tendencia, para 2050 se observarían veranos sin hielo en el Ártico. El efecto de este fenómeno provocado por la actividad tóxica del sistema económico mundial se potencia por otro fenómeno: la amplificación polar. La capa de hielo ártica ayuda a reflejar buena parte de la luz solar, evitando la absorción y con ello el calentamiento del océano. Es lo que se conoce como efecto albedo. Sin esa capa, la radiación solar impacta de lleno en el mar, el cual absorbe más y refleja menos. La temperatura marina aumenta, con lo que el deshielo se acelera. Un efecto dominó que inicia en una fila para terminar en muchas.

¿Cómo le afecta el deshielo al resto del planeta? Principalmente provoca el aumento del nivel de los mares y un desequilibrio climático severo que se traduce en fenómenos meteorológicos cada vez más potentes, con temperaturas anormalmente más cálidas en algunas zonas, mientras que en otras regiones se presentan olas de frío más intensas. Puede sonar contradictorio que en medio del calentamiento global existan ondas gélidas extremas en zonas que antes no las registraban, o al menos, no con la intensidad que ahora se observa. Pero no es una contradicción, puesto que el clima no es uniforme en todo el planeta, sino que está conformado por un conjunto de "sistemas" que reaccionan entre sí con fenómenos diversos y hasta extremos. Así pues, mientras una región del planeta es devastada por una serie de huracanes intensos, otra región es azotada por una intensa sequía. La constante del desequilibrio es el caos y los fenómenos cada vez más extremos.

¿Cuál es la causa del calentamiento global? Fundamentalmente la emisión de los gases de efecto invernadero antropogénicos, los cuales alteran el proceso de liberación natural de la radiación térmica solar reflejada por la superficie terrestre. Esto, a su vez, provoca un incremento "artificial" de la temperatura promedio del planeta. Y decimos "artificial" porque la Tierra por sí misma enfrenta procesos de elevación gradual de su temperatura, los cuales no necesariamente provocan desequilibrios. El problema está en que el incremento notado en las últimas décadas está muy por encima de dicho aumento natural y se está dando de forma abrupta y sostenida. Los gases de efecto invernadero que están provocando el calentamiento global son principalmente dos: el dióxido de carbono (CO2) y el metano, vinculados con la actividad industrial, el transporte automotor y el sector agropecuario intensivo. Como estados, los principales responsables son China y Estados Unidos, las dos economías más grandes del orbe. Para frenar estas emisiones, la mayoría de los países han suscrito un compromiso, el Acuerdo de París de 2015, para comprometerse a disminuir seriamente las actividades que generan contaminación por CO2 y metano. Pero no todos están de acuerdo.

Uno de los mayores escépticos del calentamiento global es el presidente Donald Trump. Y su postura frente a la evidencia científica no sólo se queda en palabras. Su administración se ha caracterizado, entre otras cosas, por desconocer el Acuerdo de París y eliminar o flexibilizar todas las normas impuestas para disminuir las emisiones de los gases de efecto invernadero, con lo cual se ha congraciado con los capitalistas del sector más "sucio" del aparato económico industrial norteamericano (petróleo, carbón, ganadería, etc.). Es seguro que esos capitalistas apoyarán fuertemente la reelección de Trump en 2020. De salir avante en el proceso electoral del año que entra, es de esperarse que el magnate neoyorquino no sólo continúe con sus políticas antiambientales, sino que incluso las profundice al enfrentarse a la imposibilidad de un tercer mandato. La ONU y los expertos del medio ambiente han alertado ya: la próxima década será crucial para la vida en este planeta al cruzar, posiblemente, el punto de no retorno. Las noticias que nos llegan no nos permiten tener una posición más optimista.

Mientras tanto, como decía, los gobiernos de las principales potencias se enfrascan en una nueva carrera espacial con miras a la "conquista" de la Luna y Marte. Pero lo cierto es que una de las principales carreras geopolíticas tiene que ver con el Ártico. Hace unos días Donald Trump dijo que su gobierno estaba pensando en comprar Groenlandia a Dinamarca, una declaración que pasó casi desapercibida y que algunos tomaron como broma. Pero está lejos de ser una broma, como muchas otras cosas que dice Trump, por más disparatadas que parezcan. ¿Por qué? Porque el deshielo del Ártico y de Groenlandia está abriendo la posibilidad de explotar sus abundantes recursos naturales y de navegar sus mares en el verano, lo cual significa un ahorro considerable de tiempo y dinero en el transporte de mercancías.

¿Qué riquezas esconden los casquetes árticos? Una cuarta parte de las reservas mundiales de petróleo y gas natural. La segunda reserva de agua dulce del planeta (la primera es la Antártida). La segunda reserva más grande de tierras raras, fundamentales para la industria de alta tecnología (la primera está en China). Además: oro, platino, estaño, manganeso, plomo y níquel. A lo que se suma la posibilidad de abrir rutas de navegación. Ahora se entiende el interés de Estados Unidos por ampliar su presencia en el Ártico con la compra de Groenlandia. Porque la gran potencia americana actualmente se encuentra en desventaja frente a Rusia, Canadá, Dinamarca y Noruega, principalmente, quienes por cierto mantienen desde hace años una disputa por los límites de sus aguas territoriales en ese océano. Poseer Groenlandia le daría a Estados Unidos no sólo una fuente rica en recursos sino también mayor peso en dicha disputa. Por si fuera poco, la alineación cada vez más evidente de los intereses rusos con China tiene que ver con la ambición de Pekín de abrir una "ruta de la seda" polar, que acercaría sus productos a Europa y evitaría el cerco de bases militares norteamericanas de los mares del sur y los constantes problemas en Oriente Medio.

Es suma, la puja por Groenlandia es un hecho, el Ártico está en el ojo del huracán geopolítico y mientras la mayoría nos preocupamos por los efectos catastróficos del calentamiento global y el derretimiento del hielo polar, los dueños del gran capital y sus estados aliados se frotan las manos para conquistar económicamente el penúltimo territorio no conquistado del planeta. Luego del Polo Norte, sólo quedará la Antártida. Y seguro irán por ella, si pueden. Así de triste, así de trágico.

Twitter: @Artgonzaga

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