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ÓSCAR JIMÉNEZ LUNA
lun 4 nov 2019, 10:00am 5 de 35

Juan Emigdio Pérez, volver a los primeros días



Llegué a la casa de Juan Emigdio Pérez Olvera, ubicada en la calle Coronado 1139 Pte., interior, a las cinco de la tarde del 29 de marzo del 2016. Afuera, en su pequeño jardín, la primavera se había instalado a sus anchas, con sus inequívocos y agradecibles regalos: el llamativo colorido de rosas y geranios.

Entrar a ese domicilio es una experiencia por demás agradable, casi una cuestión de alivio instantáneo: todo está en su lugar, como medido por una cinta milimétrica (orden, que según tengo entendido, cultivó al lado de Yolanda, su esposa ya fallecida). Los muebles de la sala, limpios, impecables. Perfectas las cortinas. Es, sin duda, el recinto de un artista: cuadros pintados por durangueños, adornos de una modestia de buen gusto. Nada de lujo chillante. Y todo bien habido, producto del trabajo honesto a su comunidad. Como la sacristía de un laico, iluminada por la claridad que favorece el clima interior de la estancia.

No recuerdo a ninguno de mis abuelos. Mi padre era originario de Linares, Nuevo León; lo recuerdo montado en su caballo. Incluso tenía un libro con estampas de las diferentes escuelas y estilos ecuestres: la alemana, la inglesa, la francesa. Mi madre era de un pueblito llamado Peñamiller, en Querétaro. Él se llamaba Juan Pérez Bernal; ella, María de la Luz Olvera Olvera. Se conocieron en el Castillo de Chapultepec, desde que me enteré me gustó mucho saberlo (mientras Juan Emigdio rememoraba, sensible y feliz, esa bella escena, me acordé de unas líneas del escritor Milan Kundera que venían bien al punto (creo que de la novela "La vida está en otra parte": "Yo nací el día en que mis padres se miraron por primera vez). Una prima de mi madre la había llevado al edificio histórico; ella iba a visitar a su esposo, también militar, que cumplía labores en ese sitio. Mi madre estaba contemplando las maravillas de la ciudad de México cuando, de pronto, le presentaron a mi padre.

Qué poco conocemos a las personas que nos rodean, más allá del primer círculo familiar, y muchas veces ni a los seres más íntimos. Ocupados por las prisas de lo cotidiano, apenas si logramos mantenernos en la superficie social. Por lo mismo, que no nos sorprendan entonces los detalles del pasado de nuestros mejores amigos. Somos un archipiélago de icebergs.

Mi madre, una mujer muy religiosa, muy creyente, tardó alrededor de diez años para concebir. Por la larga espera, ella le prometió a Dios que su primogénito se dedicaría al ministerio católico. Pero no ocurrió así. Y aquí quiero decir que la partera de mi alumbramiento, asustada, decía que yo había llorado en el vientre de mi madre. Nací antes de nacer. Y que por eso yo tendría -sentenciaban- las virtudes de la adivinación. ¿Tendrá presente Juan Emigdio que poeta, vate (palabra que viene del latín), se vincula directamente con la palabra "vidente"?

Fuimos tres hermanos: Salvador, Jaime, y yo, el mayor. Antes, mi padre, en su primer matrimonio, tuvo más hijos. Yo nada más conocí a José Guadalupe. Por ahí entre mis papeles anda otra fotografía del velorio de mi padre, donde se aprecian algunos familiares más. Por cierto, después de su muerte, mi madre tuvo que vender la máquina de escribir de su esposo: una Remington esmaltada de negro.

Otra cosa que te quiero platicar es cuando jugábamos al trompo mi hermano Salvador y yo. Mis padres estaban recargados en la cabecera de la cama y nosotros muy cerca disfrutando el juguete que nos habían regalado. De pronto, al lanzar Salvador el trompo, éste salió disparado y le pegó en la frente a mi padre. Me sobresalté. Y yo creo que no he olvidado aquello porque, antes del pequeño incidente, vi a una pareja que se quiere, abrazados… mis padres.

Mi madre sí tuvo una vida larga, afortunadamente. Ella murió a los ochenta y cuatro años. Hasta sus últimos días no tuvo necesidad de que la auxiliáramos para sus movimientos y quehaceres diarios. Estuvo consciente hasta muy poco antes de partir.

Y se llegó el día en que dejamos el pueblo. Yo tenía como cuatro años. Mi padre le dijo a mi madre: "Vámonos a Durango porque yo quiero que mis hijos vayan a una buena escuela. Y la escuela que a mí me gusta para los muchachos es la Guadalupe Victoria" (cuya fundación había sido impulsada, por cierto, por el Gral. Lázaro Cárdenas en los años treinta).

Cuando viajamos por la orilla de la carretera Torreón-Durango, que en algunas partes estaba pavimentada y en otras no, veníamos en un carretón de mulas, y por donde ahora está el aeropuerto tuvimos un gran problema para cruzar el río, pero con la ayuda de Nieves Hernández, un vaquero y amigo de mi padre, logramos pasar. Llegamos por la tarde de ese mes que no era de frío. La luz eléctrica, que yo no había visto nunca, se empezaba a prender en las tienditas. Yo veía asombrado todo ese mundo desconocido.

Aquí se compró una propiedad que tuviera espacio para atender al ganado. Teníamos como ocho o diez vacas (estamos hablando de una vivienda ubicada en la calle de Fénix, a media cuadra de mi actual domicilio). Mi madre, que me había inculcado una gran responsabilidad, me pedía que me levantara temprano para abrirles a las vacas, para que luego el vaquero las llevara rumbo al parque. Las alimentábamos también con la alfalfa que comprábamos en los carretones que pasaban por la casa. Eran tiempos difíciles.

Y al revisar esta parte del escrito para su primera lectura pública, el 30 de agosto del 2018, llegada la cita planeada (la celebración del ochenta aniversario del poeta durangueño) se me presenta como un conejo en la carretera la pregunta que me hizo nuestra amiga Paty Camacho, al salir de una sesión de Clásicos grecolatinos: ¿por qué admiras tanto a Juan Emigdio? Por varias razones, le contesté. Su trayectoria humana y profesional es intachable. Nadie lo cuestiona. Ese es el auténtico triunfo. Fue un funcionario ejemplar. Y a su edad, se inscribe en todos los cursos literarios habidos y por haber. Tiene, pues, la humildad del hombre que pone por encima de todo el continuo aprendizaje. Así sigue siempre joven. Pero quizás hay otra razón todavía más entrañable: todos soñamos (al menos yo si tengo esa esperanza) de que llegada nuestra plena madurez podamos contar con el afecto de compañeros de letras de otra generación anterior. Que sientan suyas las huellas que vamos dejando. Y terminé: si llego a las ocho décadas me gustaría contar con un amigo que valore mi trabajo de años, por modesto que este sea, y que me llegue a estimar tanto como yo lo hago con Juan Emigdio. Y el poeta emérito que atento había escuchado mis palabras, nos dijo sabio y concluyente: Lo tendrás.

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