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Vuelta a la tierra

EL SIGLO DE DURANGO, 🕚
Vuelta a la tierra

Nunca me deja. Apareció el año antepasado, junto con la sequía; mi fantasma siempre me acompaña; creo que quiere ocupar mi lugar. Se pasea como sombra en esas tapias de adobe gris, gastadas, agrietadas como mi piel, como esta tierra árida. El viento seco nos invade; es el fantasma que silba en los cañejotes como flautas de llanto, y toca su melodía de muerte en sus guitarras; carcajes secos de los animales muertos.

Tengo un mal sueño. Me veo muy pálido y flaco, acostado en esa cama; me quitan los tubos de plástico que tenia por todos lados. Siento un gran vacío, todo lo veo como penumbra al anochecer. ¡Ora, ora! ¿Qué pasa, a dónde me llevan? Creo que sí estoy vivo, pos no me llevan con las patas por delante sino de costado y me suben a un taxi. Sale, sale quebrándose, quebrándose. Estos ingratos casi me meten con calzador en este carrito; ¿y pa qué me echan ese sarapote? No veo nada.

Ahí lo llevan; en su estuche de lámina blanca y verde, ahí va sentadito, serio, serio, en su viaje especial hasta Sombrerete. "No dice ni pío". Ni el Santo Niño de Plateros le hizo el milagro de aliviarlo, y eso que doña Lola, su mujer, prometió varias mandas. Dijeron que era el azúcar; se fue secando poco a poco, otros decían que era tiricia y que pa qué se lo llevaban pa Durango; que era mejor dejarlo morir junto a sus cerros y sus pocas vaquitas que todavía no morían de hambre y de sed. Que lo enterraran junto al río seco; Y con la buena de Dios algún día volvería a fluir el agua; el agua que regresará al rancho la esperanza de vida, y acabará con ese viento de muerte que corre ahora por el cauce seco.

Párese allí por favor, junto al altar de La Virgencita del Socorro. Si señora contestó el taxista. Nomás un ratito pa rezar. Ta bien, seño. Le pedí a la Virgencita que me ayudara a traerte de vuelta, viejillo, y aquí estamos. Se hincó en la tierra; gracias, Virgencita… gracias; oró sonriendo ¿Te acuerdas que nunca quisiste salir de tu rancho?; decías que era como arrancar un mezquite viejo y querer plantarlo en otra tierra. Se persignó y se subió al taxi. Vámonos, ordenó. Seño, el enfermito viene bien dormido, ni se ha movido… ¡El señor viene muertito!, contestó. El chofer se horrorizo; le temblaban las corvas. Ella no hizo caso y siguió cavilando. Mira viejillo, desde aquí se mira tú rancho ¿lo ves? La tierra colorada huele a humedad, dijo haciendo una profunda inhalación. Llovió allá en La Chilera, ¡mira!... allí te voy a enterrar como querías, junto a los magueyales, al lado del potrero donde huele a estiércol y se oye el canto de los gallos, allí donde pisan sigilosos los coyotes, y se arrastra la víbora de cascabel. Allí donde dijiste que estaba tu tesoro, los huesos de tus huertos, ¡Allí, allí! En tu tierra, tu cuna, tu tumba.

Vuelta a la tierra
. (ARCHIVO)