Cuántas veces no nos ha pasado, amable lector, que cuando tenemos problemas en algún ámbito de la vida, nuestro semblante cambia radicalmente, al grado de que se refleja en la forma de conducirnos en los espacios en que nos desarrollamos, principalmente en el trabajo y, principalmente, en el hogar. Esa situación, que normalmente se torna en incomodidad, inquietud y, a veces, en enojo con nosotros mismos por no poder encontrar una solución inmediata, también repercute en ocasiones en nuestra conducta hacia quienes nos rodean, pues normalmente quienes pagan los platos rotos del conflicto son la familia, los amigos y los compañeros de trabajo.
Si bien es cierto que los problemas no se resuelven solos, ni de la noche a la mañana, lo importante es apoyarnos, en primer lugar, en la familia, pues nadie mejor que esta para que nos ayude a salir de un problema que, quizás en apariencia, no tiene una solución fácil e inmediata.
Esto, desde luego, sería el primer paso luego de buscar, por nuestros propios medios, la salida a un problema que tal vez que no sea tan sencillo resolver en un momento pero del que, si nos quebramos un poco la cabeza, podríamos empezar a vislumbrar una posible solución, pues si bien la familia tendrá todo el interés y la disposición de apoyarnos, lo ideal sería agotar todos los recursos y medios a nuestro alcance antes de recurrir a los padres, hermanos, primos, tíos, en fin, a las personas más cercanas a nuestra vida y que con gusto aportarían un consejo o un peso para ayudarnos a encontrar una salida al conflicto, sin importar la naturaleza de este.
No obstante, desafortunadamente, no siempre se tiene la fortuna de contar con una familia dispuesta a involucrarse en la problemática que aqueja a alguno de sus miembros, ya sea porque se carezca de ella o, simplemente, porque no existe esa unión y solidaridad que caracterizan a muchas familias mexicanas que siempre están al pie del cañón para ayudar en lo que pueden, a veces tomando la iniciativa para hacerlo antes de que siquiera se plantee la petición.
En segundo término, una vez que agotamos el recurso de solicitar el apoyo de la familia y no lo obtuvimos, o este no fue de utilidad para resolver el problema que nos quita el sueño, tenemos la opción de recurrir a los amigos, que en ocasiones son los vecinos muy allegados o, incluso, los compañeros de trabajo con quienes nos une, en ocasiones, un vínculo muy fuerte a tal grado que llegan a convertirse en parte importante de nuestra vida, pues no sólo compartimos con ellos un espacio físico y un horario de trabajo, sino que, además, llegan a conocernos mejor que la familia y se forma un nexo difícil de describir pero que nos inspira la confianza para pedir ayuda en momentos difíciles.
Lamentablemente, cuando no encontramos una solución al conflicto que nos aqueja, a veces solemos descargar nuestra impotencia y frustración en quienes nos rodean, empezando por la familia, por lo que la pareja y los hijos se convierten en los paganos de un problema adicional que provocamos por perder el control de la situación.
De igual forma, tampoco se vale llevar nuestros problemas al centro de trabajo, donde inmediatamente nuestro estado de ánimo lo detectan nuestros compañeros, a quienes ignoramos, por lo que esa situación nos afecta, además, en el rendimiento laboral y nos distancia de quienes nos rodean por aislarnos en un conflicto al que no le encontramos solución.
Lo mejor en estos casos es tratar de serenarnos, de mantener la paz, a fin de tener claridad y una perspectiva más amplia de la magnitud del problema por el que atravesamos, de tal manera que habría que seguir al pie de la letra el dicho que reza “Al mal tiempo, buena cara”, es decir, tratar en lo posible de ver la situación adversa como una oportunidad de poner a prueba nuestro temple y carácter, al tiempo que debemos comprender que es imposible mantener un estado permanente de paz y tranquilidad en la vida, ya que hay muchas cosas que escapan de nuestro control y que tenemos que lidiar con ellas, por lo que no hay mejor forma de hacerlo que enfrentarlas con una actitud positiva.
Los problemas no van a desaparecer por sí solos, así que no podemos ignorarlos ni tampoco desquitarnos con quienes conforman nuestro círculo, por lo que, en la medida de lo posible, debemos asumir una actitud optimista, positiva y, sobre todo, de “manos a la obra”, pues no hay mejor forma de salir adelante que enfrentando la adversidad con el mejor ánimo, ya que está demostrado que con una actitud de alegría y entusiasmo se atraen energías que nos pueden ayudar a salir adelante, en lugar de encerrarnos y pensar que no se vislumbra la luz al final del camino, es decir, que no se ve una solución a nuestros problemas. Así que ánimo y a darle al tiempo buena cara.