A pesar de que en ocasiones llegamos a pensar que hay valores que ya no se practican en los tiempos actuales, principalmente por la desconfianza hacia nuestros semejantes y por la situación económica, entre otros factores, en verdad que da gusto comprobar que aún hay personas que se preocupan por los demás y, en la medida de las posibilidades, le tienden la mano al desvalido, al pobre, a aquel a quien la mayoría ignora por su apariencia humilde, por su vestimenta pobre. Eso, en pocas palabras, se llama solidaridad, que también va de la mano de otro valor que es la generosidad.
Lo anterior viene a colación, amable lector, porque recientemente el que esto escribe presenció un acto de solidaridad cuando una familia cenaba en un restaurante de la feria local y de pronto se acercó a ellos otra familia de cuatro integrantes (mamá, papá, una niña de aproximadamente tres o cuatro años y un bebé de brazos), quienes les pidieron que les regalaran una moneda, y grande fue mi sorpresa (y supongo que también la de ellos) cuando les pidieron que ocuparan una de las mesas, mientras le ordenaban a la mesera que los atendiera y les sirviera lo que ellos pidieran.
Lo sorprendente del gesto generoso de la familia es que sus integrantes no reflejaban un estatus económico holgado, sino que se trataba más bien de personas de clase económica media baja, por lo que su ofrecimiento tiene doble mérito si tomamos en cuenta que no les sobraba el dinero como para derrocharlo e invitar a otra familia a compartir los alimentos, con el consecuente desembolso que implicaba cubrir dos cuentas en el restaurante.
Sin embargo, había una sorpresa adicional: otra persona que observó la encomiable escena, contagiada por la nobleza de la primera familia, le pidió a la mesera que le sirviera alimento adicional a la familia de escasos recursos económicos, al tiempo que le pagó el costo de la orden solicitada.
Así, en cuestión de un par de minutos, se cristalizó un par de acciones de solidaridad y generosidad, tan difíciles de observar hoy en día, por lo que no me quedó más remedio que reflexionar y reconocer que aún hay personas con una gran alma caritativa dispuestas a compartir algo de lo que poseen, lo que me hizo recordar la campaña “Una gota de ayuda para Durango”.
Con pequeñas y, al mismo tiempo, grandes acciones que reflejan el amplio sentido de solidaridad que aún muestran algunas personas en el momento preciso, cuando se requiere de su ayuda, es como podemos tomar un ejemplo de amor por los semejantes para contribuir a hacer menos pesada la cruz que les tocó cargar a algunas familias, sobre todo cuando parece que la adversidad se ha ensañado con ellos y la sociedad les ha dado la espalda.
En este contexto, cabría hacer la reflexión de que no se requiere desprenderse de grandes cantidades de dinero ni de bienes materiales costosos para ayudar a quien cayó en desgracia y no tiene a quien recurrir para, por lo menos, saciar el hambre. Tampoco es necesario hacer alarde del apoyo que se le brinda al necesitado, pues habría que evocar un dicho popular que reza “Haz el bien sin mirar a quien”, lo que se traduce en que hay que extender la mano a quien lo necesita en ese momento, sin importar de quién se trate.
Los padres, en este sentido, tenemos la gran encomienda de inculcarles a los hijos valores como la solidaridad y la generosidad, concientizándolos de que todos necesitamos de todos, por lo que no hay que vacilar en dar nuestro respaldo cuando se nos pida, o incluso podemos ir más allá, ofreciendo nuestro apoyo aun cuando no se nos solicite, es decir, tomando la iniciativa.
Hay que perder el miedo, el temor al qué dirán. Siempre existirá la oportunidad de expresar nuestra solidaridad a los demás, empezando desde la familia, los vecinos, los amigos, hasta los compañeros de trabajo, quienes integran nuestro círculo más cercano de personas que, en algún momento, han necesitado o necesitarán nuestra mano extendida para superar algún problema, por muy sencillo que parezca.
Las oportunidades de brindar ayuda se presentan siempre cuando menos lo espera uno; sin embargo, tampoco debemos esperar a que alguien se acerque en busca de apoyo, pues sólo es cuestión de voltear a un lado, en la casa, en la calle, en el trabajo, y nos daremos cuenta de que podemos hacer mucho por los demás, sin esperar a que se nos solicite respaldo en cualquier aspecto.
Tenga la seguridad, estimado lector, de que los hijos se darán cuenta de que el ejemplo de generosidad y solidaridad hacia las necesidades de los demás será un valioso legado que podrá dejarles para sensibilizarlos en el sentido de que llega un momento en que alguien debe extender su mano para ayudar a quien lo necesita. Recuerde el valioso dicho que reza “Hoy por ti; mañana por mí”.