
Mística
Orgulloso, decimos con desprecio de alguien que se ufana de sí mismo. Todo en exceso es malo, diría Montesquieu. Pero el orgullo es un sentimiento que ha acompañado a la humanidad. “… satisfacción por los logros, capacidades o méritos propios”, nos lanza la RAE. Sentirse orgulloso de la madre, o del padre, o de los hijos o nietos, justifica una vida. El orgullo puede trascender lo personal, ser colectivo. En las próximas semanas, en que el balón atraerá de nuevo los ojos del mundo a México, la congoja invade.
Aduce un amigo, México es campeón en los récord Guinness de puras superficialidades: la taza de chocolate caliente más grande, 4,816 litros. El taco de carnitas más largo del mundo. El shot de sotol más grande, 400 litros. La enchilada más larga. El pan de muertos más grande, la “ola” más larga y por allí. Pero el verdadero orgullo colectivo hoy está zaherido.
Por más que el oficialismo alegue que el pasado era oscuridad pura, ahí están las obras de grandes ingenieros que edificaron el sistema carretero de nuestro país con una orografía particularmente difícil. Humboldt la describió como una hoja de papel arrugada. En PEMEX, durante décadas, las decisiones técnicas las tomaba un notable grupo de ingenieros. Qué decir de los excepcionales médicos que consolidaron el sistema de Institutos Nacionales, hoy en el abandono. Qué decir de la edificación de aulas para atender las necesidades de una población que galopaba en su crecimiento. La edificación de Ciudad Universitaria que involucró a grandes arquitectos. La Sala Nezahualcóyotl, empeño de Guillermo Soberón y Eduardo Mata y dos notables arquitectos que pocos recuerdan -Arcadio Artis y Orso Núnez- y que superó en acústica a la equivalente en Berlín. La organización de los Juegos Olímpicos, la primera Olimpiada Cultural, con Pedro Ramírez Vázquez a la cabeza y Eduardo Terrazas y Lance Wyman como ejecutores.
En ese México, con todos sus problemas, el crecimiento económico, que provocaba gran movilidad social, un cambio en la forma de vida de las familias. Eso enorgullecía. El mundo observaba al “milagro mexicano”. La electrificación acelerada supuso una gran coordinación de esfuerzos que fue iluminando a nuestro México. El IPN y su capacidad de innovación. El Instituto Mexicano del Petróleo que miraba al futuro de esa riqueza nacional. Los ejemplos son múltiples. Pero ahora hay congoja. Tiene muchas explicaciones. Eso duele.
Nuestra democracia retrocede. MORENA, por vías legales -elecciones- e ilegales -la sobrerrepresentación- ha construido un aparato autoritario que controla las dos cámaras, al Judicial y al sistema electoral. La nueva Prisión Preventiva Oficiosa es una afrenta a los principios básicos del debido proceso. La CNDH es el títere de ventrílocuo. La más reciente aprobación para el congelamiento de cuentas por parte de la UIF, sin juicio previo, es una infamia con un alto costo para la certidumbre jurídica. Y qué decir del monstruo de mil cabezas de los desaparecidos.
México retrocede en todo: crecimiento menos que mediocre y sin visos de encontrar salida. Con independencia del enloquecido mundo, los factores internos -un Judicial sometido, UIF sin brida, inseguridad y corrupción- provocan la huida de la inversión fija bruta. Por más panegíricos de nuestro futuro, el hecho es que ni con el abasto de medicamentos o vacunación sistemática hemos podido. La educación en crisis y la productividad en caída.
Pero quizá la mayor pérdida sea la de una mística de servicio que hoy campea por su ausencia. El cinismo lo invade todo, desde el Pleno de la SCJN, hasta las mentiras estadísticas como estrategia de comunicación. Ocultamiento de inmensos derrames, explosiones petroleras como constante, trenes que colapsan, hospitales saturados, carreteras destruidas, periodistas perseguidos o asesinados y un largo etcétera. Ahora resulta que el Frankenstein de la CNTE maneja explosivos.
¿Orgullo colectivo? Imposible. Cero mística.