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Una hacienda de leyenda

EL SIGLO DE DURANGO, 🕚
Una hacienda de leyenda

Por Javier Guerrero Romero

Para Mayela del Carmen

Fotografías Liliana Salomón Meraz

Entre las estribaciones de la Sierra Madre Occidental y la extensa planicie lacustre de la Laguna de Santiaguillo, se erigió desde los tiempos coloniales una de las más emblemáticas construcciones de los valles de Cacaria y Guatimapé.

La ex Hacienda de San Miguel del Guatimapé, como se le conoció cuando menos desde el siglo XVIII, continúa desafiando al tiempo, con sus vetustas ruinas que se niegan a ceder ante el implacable abandono.

Los gruesos muros de adobe y cantera labrada resisten las leyes de gravedad, ante el indolente paso de los visitantes y el despiadado saqueo infructuoso de los buscadores de tesoros, que sin darse cuenta ellos mismos destruyen con sus picos y palas el tesoro que guardan sus austeros muros.

ORIGEN INCIERTO

Bien a bien no se sabe el origen de la Hacienda de Guatimapé, desde el siglo XVII existen referencias de asentamientos españoles en la región, aunque luego del gran levantamiento de resistencia indígena de 1616 la zona prácticamente se despobló.

A fines de ese mismo siglo hacia 1699 se sabe que un español de nombre Francisco Valenzuela poseía las tierras donde luego se establecería la hacienda de Guatimapé.

La primitiva construcción de la que no quedan rastros arquitectónicos, posiblemente se realizó a principios del siglo XVIII, cuando el alférez Miguel de Valenzuela, heredero de esas tierras, hizo construir una casa e iglesia que dedicó a San Miguel Arcángel. Posiblemente la capilla estuvo atendida por sacerdotes jesuitas, que tenían a su cargo la región, pues aún se conservan algunas imágenes de la Compañía.

LA CASA GRANDE

Después la propiedad fue heredada a Juan Pedro de Valenzuela, quien al morir en 1762 dejó los bienes a su esposa Juana Romo de Vivar. Ella, al contraer segundas nupcias con Felipe López Negrete, dejó en manos de su marido la administración de la propiedad, que finalmente fue vendida a José María del Campo y Erauzo, segundo Conde del Valle de Súchil en 1796.

El Conde de Súchil unos años después emprendió una total transformación en el edificio, construyendo la casa de la que ahora se conservan sólo algunas ruinas. La casa se convirtió en la residencia principal del Conde y su familia, por lo que pasaba largas temporadas en su propiedad.

Al fallecer en 1823, heredó sus bienes a Esteban, su hijo mayor, y dispuso la repartición de algunas otras de sus propiedades entre el resto de sus hijos, con lo que la Hacienda de Guatimapé pasó a manos de su hijo Manuel del Campo y Bravo.

En 1856 Manuel del Campo falleció, heredando la propiedad a sus hijos Ignacio y Rosaura del Campo y Gandarilla, quienes un año después la vendieron a Juan Nepomuceno Flores.

CONSOLIDACIÓN DE LA PROPIEDAD

Juan Nepomuceno Flores y Alcalde inició de inmediato una serie de mejoras y ampliaciones a la propiedad. La casa grande recibió algunos cambios para hacerle más funcional como hacienda agrícola y ganadera y no sólo como casa habitación.

En la fachada de la casa y del templo hizo poner la inscripción emblemática que caracterizó a todas sus propiedades, “Dios de bondad, protégenos”. De esta época data también la reconstrucción de la iglesia a la que se le hizo construir un soberbio y bello altar de cantera, del más puro estilo neoclásico.

Tal vez para no perder la señoría que significaba tener en propiedad una de las principales haciendas de la casa de los Condes del Valle de Súchil, el propio Nepomuceno Flores hizo labrar la lápida de la tumba del segundo conde José María del Campo y Erauzo, que se localizaba al pie del altar mayor de la iglesia, donde permaneció por años, hasta que fue retirada del lugar para protegerla de la picota de los saqueadores.

Tras la muerte de Juan Nepomuceno Flores y Alcalde, la casa fue heredada en 1886 a uno de sus hijos, Juan Nepomuceno Flores y Quijar, quien como el resto de sus hermanos no supo administrar los bienes de la inmensa riqueza de su padre y bastaron sólo cuatro años para que vendiera la Hacienda de Guatimapé, que fue adquirida por Juan Lozoya.

LLEGADA DEL EXPRESO

A fines de 1899 se inició la construcción del ferrocarril de Durango a Tepehuanes, el cual pasaría en las inmediaciones de la Casa Grande de Guatimapé y cruzaría la extensa propiedad de los Lozoya.

Para marzo de 1900 llegó el primer tren de balastre a Canatlán, poniéndose en servicio ese tramo unos días después, continuándose los trabajos hacia las extensas llanuras de Santiaguillo. Las obras en las tierras de Guatimapé se prolongaron de inmediato, la construcción por las llanuras se realizó sin contratiempos; para fines de marzo los trabajos de terracería seguían con actividad, especialmente en las inmediaciones de Chinacates, a fines de abril se encontraban los rieles hasta Patos, por lo que se decidió extender el servicio de Canatlán hasta Chinacates en los primeros días de junio de 1900.

La llegada del ferrocarril a Guatimapé significó el impulso que requería la propiedad de Lozoya para encontrar los mejores momentos de su desarrollo, pues se facilitó el embarque y comercialización de los ganados y los productos agrícolas que se generaban.

EL REPARTO AGRARIO

Primero fueron los estragos de la lucha armada revolucionaria los que afectaron la dinámica de la Hacienda de Guatimapé, hasta entonces consolidada como un gran centro agrícola y ganadero.

En 1930 se inició el primer reparto agrario de sus tierras, formándose los ejidos Esfuerzos Unidos y El Molino. Cuatro años después surgiría el ejido Libertadores del Llano y finalmente en 1937 se concretó el reparto agrario del casco de la Hacienda de Guatimapé para formar el ejido que llevaría el mismo nombre.

Estos cuatro ejidos crecieron, sobre el reparto agrario de las extensas tierras de la Hacienda de Guatimapé, y en prácticamente 20 años se hicieron siete ampliaciones ejidales que afectaron poco más de 18 mil hectáreas, dando así surgimiento a nuevos centros de población agrícolas, destruyendo el sistema de producción de la otrora rica Hacienda de Guatimapé.

EL SEGUNDO CONDE DE SÚCHIL

La casa grande la Hacienda de Guatimapé fue construida por José María del Campo y Erauzo, segundo Conde del Valle de Súchil, quien la adquirió en 1796 a Juana Romo de Viviar.

José María del Campo y Erauzo heredó de su padre José del Campo Soberón y Larrea el título de Conde del Valle de Súchil. Contrajo primeras nupcias con Isabel Roig de Cevallos Villegas, con quien no tuvo descendencia, luego se casaría en segundas nupcias con Guadalupe Bravo (de Castilla), con la que procreó ocho hijos a saber: Esteban, quien adquirió el derecho de mayorazgo y a ostentar el título de Tercer Conde, Luisa, Isabel, Manuel, Juan, María del Carmen, Dominga y María Salomé.

Aunque la casa grande de la Hacienda ya existía desde mediados del siglo XVIII, fue el Segundo Conde de Súchil quien la reformó integralmente para convertirla en su casa de residencia.

Según la tradición, desde este lugar José María del Campo salía de cacería en su extensa propiedad, cuando en una ocasión hacia mediados de 1823, durante una jornada cinegética, fue atacado por un oso gris, que le infringió serias lesiones que a la postre le causarían la muerte.

De inmediato fue trasladado a la ciudad de Durango donde fue atendido en su casa por los médicos del Real Hospital sin lograr los resultados deseados, pues el Segundo Conde fallecería en el mes de octubre de ese mismo año de 1823 en la ciudad de Durango.

La trágica muerte del Conde, sepultado conforme a su última voluntad en la Hacienda de San Miguel de Guatimapé, donde había vivido los últimos años, propició la generación de numerosas leyendas e historias sobre su vida, lo que favoreció en fechas recientes la destrucción y saqueo de la antigua propiedad, incluso de su tumba, en busca de la fortuna y tesoros que la imaginación popular le había atribuido, desconociendo que justamente había sido voluntad del mismo Conde que lo hicieran vestir y amortajar con el hábito de San Francisco y guardaran en su entierro la mayor humildad.

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HISTORIA

Qué ver

Este sitio está lleno de historia.

PARROQUIA DE SAN MIGUEL. Construida recientemente en el centro de la población, se trata de una construcción sencilla, austera, sin embargo en su fachada se conserva el marco de la antigua iglesia de la población, labrada en cantera, con la inscripción que mandara realizar Juan Nepomuceno Flores en 1857. En el interior se conserva también el primer cuerpo del altar mayor del viejo templo dedicado a San Miguel. En el interior podrá descubrir algunas imágenes encarnadas y estofadas de fines del siglo XVIII, entre ellas una de las muy pocas imágenes de bulto de San Ignacio de Loyola que se conservan en la diócesis.

CASA GRANDE. A las orillas de la población podrá localizar las ruinas de la antigua hacienda de San Miguel, en las que destacan los restos de la iglesia con su derruida torre y el frente de la inmensa propiedad vestigio de los mejores momentos que vivió el lugar.

CHALET. Esta construcción, abandonada y en ruinas realizada a principios del siglo XX o fines del XIX, se localiza justo frente a las ruinas de la Casa Grande, por su estilo posiblemente fue realizada o influida por Stanislao Sloneki y estaba destina para la vivienda del administrador de la propiedad.

TROJES, BODEGAS Y GALERAS. Desde la llegada a la población podrá observar numerosas ruinas de los antiguos graneros y corrales de la Hacienda cercanos a la antigua estación de ferrocarril, ruinas que recuerdan los mejores momentos de producción de la Hacienda de San Miguel de Guatimapé.

FUENTE: Investigación de Javier Guerrero Romero.

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TIPS

QUÉ COMER

En las cercanías de Guatimapé podrá encontrar numerosos lugares donde comer exquisitas comidas populares.

En Arnulfo R. Gómez, población localizada antes de llegar a Guatimapé, encontrará diversos lugares donde disfrutar de exquisitas gorditas rellenas de los guisos más populares.

Si lo que desea es algo diferente, unos cuatro kilómetros delante de Guatimapé empezará a encontrar diversos restaurantes y puestos de comidas de menonitas, aquí encontrará sus tradicionales y exquisitos lonches, las originales y populares hamburguesas, así como los embutidos y quesos que han dado fama y popularidad a los menonitas, realmente una oportunidad de deleitarse.

FUENTE: Investigación de Javier Guerrero Romero.

UBICACIÓN

Cómo llegar

Si radica en esta ciudad capital siga los siguientes consejos.

Desde Durango (unos 104 kilómetros). Tome la carretera federal 45 con destino a Parral, aproximadamente en el kilómetro 53, en el lugar conocido como “La Granja” encontrará la carretera número 23 en dirección a Santiago Papasquiaro, siga esta carretera unos 51 kilómetros más para llegar a Guatimapé.

FUENTE: Investigación de Javier Guerrero Romero.

¿SABÍAS QUE...?

... El título de Conde de Súchil que heredó José María del Campo y Erauzo, propietario de Guatimapé, se perdió al no refrendarlo su heredero Esteban del Campo y Bravo.

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