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ÓSCAR JIMÉNEZ LUNA
lun 25 abr 2016, 9:31am 6 de 22

Mi primer Quijote



LETRAS DURANGUEÑAS

Por mucho tiempo solamente tuve un Quijote. No necesitaba más para amistarme con la magistral obra. Se trataba de una buena edición (Ramón Sopena, 1969). El texto biográfico introductorio es de A. Herrero Miguel y a D. Antonio Paluzie Borrell se deben las anotaciones a la obra literaria. Se señala además que el libro contiene 147 ilustraciones en color. Ahora sé -porque no lo registra el volumen- que los magníficos dibujos que se intercalan en esta edición con algunos de los famosos de Gustave Dore provienen del talento de Teodoro Delgado. Son entonces sesenta y cuatro láminas las que este artista dedicó al clásico cervantino Me detengo al menos en tres de mis láminas predilectas.

La primera recoge el episodio más difundido del relato: la escena de los molinos de viento (I, 8). El artista sitúa su punto de vista a media altura. Don Quijote ha descubierto a los gigantes y se prepara para embestirlos. Sancho, alarmado, representa en ese instante el canto de la moneda: la unión -y al mismo tiempo la negación- de la realidad y la fantasía. La perspectiva es panorámica. Los matices recrean estupendamente el campo agreste y la rusticidad de las enormes aspas en movimiento. Amarillos, verdes y negros contrastan con la añosa cal blanca de los molinos. Teodoro Delgado conjura la luz solar. Porque en el recuadro todo es elemental, tangible, bañado de mediodía; la sencillez sería total si no fuera por la fuerza excepcional que la desdice: la locura transformadora del caballero andante. Lo demasiado humano, amparado por la literatura, es el personaje central de este capítulo ¿y acaso no lo es del libro entero?

Más adelante aparece, casi literalmente, una pastora arriba de una peña, durante el sepelio del trágico Grisóstomo (I, 14). Es un episodio difícil de olvidar. A un clima de dolor y de ira inesperadamente le sucede, como sabemos, otro lleno del aire más limpio: el de la libertad. Por la palabra el ser rescata su auténtica dignidad (la muchacha se defiende de las culpas que injustamente le atribuyen los deudos del malogrado amante). En un horizonte tapizado de nubes cromáticas, la figura femenina nos muestra simultáneamente hermosura, y para usar un término de la época, también nos entrega una anticipada discreción ejemplar. La composición de la imagen es profundamente religiosa, mariana. Una línea sinuosa -el contorno del relieve montañoso- divide lo celeste de lo terrestre. Marcela resplandece. No es la Inmaculada Concepción de Murillo; ni tampoco la de Zurbarán. Pero todos voltean para mirarla. No son ya los adoradores de la Virgen, solamente son los admiradores de la sobrina de un sacerdote de pueblo. Como salida de una estampa hagiográfica, la mujer tras largos siglos asume su cualidad primera: descubrirse a ella misma. La autodefensa de Marcela cruzará el mar, y tendrá su continuación no mucho tiempo después en la capital de la Nueva España en la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, de nuestra célebre Décima Musa.

La tercera lámina reseña el regreso de Don Quijote y Sancho a su aldea: a lo lejos se advierte el caserío de tejas coloradas (II, 72). El escudero se arrodilla, abre los brazos como agradeciendo a Dios. Somos nuestra casa. Si la tierra es nuestra madre, el pueblo es nuestro padre. Vuelven a comer el pan con los suyos. Atrás han quedado las andanzas medievales de un pobre lector de relatos viejos. Vienen de ser otros, de la aventura y el ensueño. Vienen de la vida imaginaria, llegaran a la noche sin tiempo. Entre la ancha llanura, el asno se apresura. La naturaleza sabe su camino. Don Quijote entra lentamente en los desiertos de la realidad. Allá lo espera, a todos nos espera, Alonso Quijano, el bueno. La mano de Teodoro Delgado los resguarda del marchar de las años.

De la misma manera, motivado por su atrayente placer visual, con una suerte de encantamiento contemplaba la imagen que iniciaba la historia de Alonso Quijano. Una guirnalda de hojas y flores describe los tres cuartos del pergamino rectangular; arriba, al centro, sobresalen los retratos de Don Quijote y Sancho Panza, en efigie numismática. Por los extremos se asoman Rocinante y el rucio, protagonistas de otra inolvidable hermandad. Más abajo, en las esquinas del vigoroso tejido de plantas, se sitúa la antigua armadura caballeresca. El libro abierto del Amadís de Gaula, al lado de varios tomos cerrados, contrasta significativamente con lanzas y espadas. Todo en una composición armónica y sugerente.

Un regalo adicional para los ojos: la E capitular que echa a andar los extraordinarios acontecimientos contiene una serie de elementos que prolongan la gráfica relatada. Una torre sostiene, también representativamente, la escudería y las novelas Espejo de caballerías y Don Belianís de Grecia. Al fondo, sobre una pequeña ¿iglesia? las aves vuelan los cielos de Jesucristo. Y a la mitad, maravilloso florilegio de bienvenida, se inscribe el prometedor letrero Capítulo I. Y en ese instante la mirada resucita al hidalgo que pudo ver el corazón del mundo a través de la locura, el alma risueña del escudero, las muchachas de milagrosa hermosura. Las veredas y las aldeas se llenan de singulares personajes. La lectura vuelve a sembrar las semillas del amor, la justicia y la fe. La humanidad se remedia. Escuchamos entonces, esperanzados en la salvación del mañana, la frase más reconocida, más conmovedoramente dicha una y otra vez, de toda la literatura universal: "En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…"

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