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ENRIQUE ARRIETA SILVA
lun 25 abr 2016, 9:32am 7 de 22

El doctor Purgas



LETRAS DURANGUEÑAS

El aceite de ricino lo mismo sirve para la fabricación de plásticos, lacas, pinturas, lubricantes, cosméticos, protector de la piel, hacer crecer las pestañas, fabricación de poliuretano, combustible añadido a la gasolina, elaboración de biocombustible, lubricante en motores de explosión de aviones de aeromodelismo y coches de radiocontrol, que para fines medicinales y como purgante.

Según se dice, su utilización por diversas culturas como los griegos, los romanos y los egipcios viene de miles de años, culturas que lo aplicaron como curativo de distintas enfermedades pero principalmente como laxante natural.

Esta última propiedad de laxante, fue precisamente la que torturó mi infancia, en la que por cierto hecha abstracción del aceite de ricino, fui muy feliz por el cariño de mis padres, que siempre me acompañó, pues aunque contaba con aproximadamente con setenta medios hermanos por parte de padre, en la unión de mi padre y mi madre fui hijo único, y ya se sabe el cariño del que goza el hijo único.

Mi padre, hombre de la sierra y de una larga experiencia en las cosas de la vida, siempre estaba al pendiente de mi salud, la cual como ocurre con todos los niños, tenía que ver con cosas del estómago, pues como siempre pasa, a esa edad come uno muchas chucherías, llamadas ahora comidas chatarra.

Cuando observaba alguna irregularidad en mi estómago, mi padre subía mi camiseta colocaba la mano izquierda sobre mi vientre y empezaba a golpearla con la mano derecha, y luego decía que estaba empachado y después venía la clásica sobada con manteca.

Si tocaba mi frente y advertía calentura, la sentencia a tomar una purga de aceite de ricino, no admitía apelación y no había escapatoria.

Sonriente me decía mi padre "a mí me dicen el doctor purgas" y procedía de inmediato a abrir el pequeño frasco de líquido transparente en cuyo centro se advertía una bolita que a mí me parecía de chicle. Su sabor era verdaderamente horrible, tanto que una cucharada no se la deseo ni a mi peor enemigo.

Debo decir a favor de mi padre, que me permitía imponer mis condiciones, y ellas eran un billete de cinco pesos y después de la ingestión tenerme a la mano un pan blanco o una naranja para mitigar el mal sabor.

Pero un día me amache a no tomarme la purga ni con el billete de cinco pesos, ni con el pan blanco, ni con la naranja, lo que es más ni con la cuarta. No, no y no.

Mi padre aparentemente se dio por vencido, pero como estratega revolucionario que había sido, al siguiente día me invitó a un refresco a la tienda de la esquina. Día caluroso que era, acepté con gusto.

Llegados a la tienda "La Lluvia de Oro", que se encontraba en la esquina de Coronado y Pasteur, mi padre le pidió a Juanito, el propietario de la tienda un refresco para mí, y el maldoso de Juanito, simuló que destapaba un refresco que tenía el envase muy oscuro, tan oscuro que no podía verse su contenido. Se trataba de un orange, que era muy popular, de un delicioso sabor naranja.

Apurado por el calor y la sed, me llevé apresuradamente el refresco a la boca y le di un gran trago.

¿Y cuál sería mi sorpresa?

Mi papá y Juanito, me habían tendido una emboscada, que ni Villa hubiera aguantado. Habían depositado la purga en el refresco.

De milagro no me quedé bizco. No tuve más remedio que correr al baño sin tiempo para hacer reclamación alguna.

Una vez a salvo, imaginaba las risas de mi padre y Juanito, prometiendo no volver a creer en ellos.

Hace muchos años las cosas han cambiado favorablemente para la población infantil, puesto que existen purgas de sabores, como las de chocolate, fresa etcétera, etcétera, El horripilante aceite de ricino ha quedado atrás, muy atrás. Era muy eficaz por cierto, peros su sabor era en contra de los derechos humanos infantiles.

Otros atentados a la dignidad de los niños de mi generación, eran la emulsión Scotch y la lavativa, pero de ellos hablaremos en otra colaboración.

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