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ÓSCAR JIMÉNEZ LUNA
lun 30 oct 2017, 7:50am 7 de 34

Dejaron la vida…y la vida no los ha dejado a ellos



LETRAS DURANGUEÑAS

Hace unos días, a propósito de un recuento de escritores durangueños en el marco de un coloquio nacional, recordábamos algunos nombres recientes que dejaron huella entre nosotros. Haciendo cuentas, no conocí -por ejemplo- al vate Justino Palomares (don Fidel Gutiérrez Valles me contó un día alguna anécdota acerca del poeta), ni a “Cardiduca”; de quien después uno de sus familiares me hizo llegar sus libros. Pero, en cambio, mi generación alcanzó a tratar a Olga Arias, Beatriz Quiñones, Alexandro Martínez Camberos, Héctor Palencia Alonso y Carlos Badillo Soto, para hablar de los más representativos que radicaban en la ciudad, con la excepción del poeta.

De la primera escuché hablar en mi casa antes de que me presentara con ella personalmente, refiriéndole su amistad de café con mi padre, que rendido me decía al respecto: “no le entiendo a sus versos”. Menudita, elegante, impecablemente peinada, muy frecuentemente de traje sastre, una tarde platiqué con ella durante varias horas en su domicilio, en una salita más o menos cercana a un naranjo de verdes radiantes. Me contó entonces de su admiración por la biografía de Sor Juana de Octavio Paz y, refiriéndose a lo local, reconocía el talento de Rafael Hernández Piedra y del mencionado Badillo Soto (”Todo sale de su cabecita”, declaraba del último señalándose la sien). No se sentía muy lejos, sino al contrario, del nivel de una Rosario Castellanos.

Al final sigo creyendo ahora que su obra todavía guarda regalos valiosos a sus lectores; sus libros seguirán siendo atendidos por la lectura común y el análisis especializado. Siempre queda la posibilidad del descubrimiento.

Beatriz Quiñones era el lado opuesto de doña Olga. Apartada de lo oficial, ideológicamente próxima a la izquierda, vivió su vocación literaria alrededor de la Universidad. Tenía una disposición natural a la crítica en el arte, en la política...y en la vida. Con toda razón aseguraban que en su juventud y madurez había sido una mujer muy hermosa (de inolvidables ojos grandes y verdes), porque su vejez evidenciaba su atractivo pasado. Tuve varias conversaciones con la maestra, como le llamaba; sin embargo, retengo con mayor afecto la que mantuvimos en su departamento de la calle Patoni (iba yo con el propósito de que publicara en la revista “Contraseña”, lo que afortunadamente después se consiguió). En la pared del fondo había un librero grande con obras de Marx, Freud y Borges, entre tantos otros. Para cualquiera de sus interlocutores, era claro que se veía uno con una auténtica intelectual. Me compartió dos o tres cosillas íntimas sobre sus adversarios literarios, con cierta malicia alegre. Sentí que nos habíamos caído a todo dar, no obstante nunca la volví a molestar con alguna solicitud.

La saludaba, de vez en vez, siempre con cariño sincero.

Poseída por el afán de comprender el fondo de las cosas, arriesgándose, intentó un acercamiento a la personalidad y los poemas de Rafael Hernández Piedra.

Entre mis obras durangueñas preferidas destaco “Durango en el corazón”, un homenaje sensible a los colores de su tierra.

Alexandro Martínez Camberos iba y venía de la ciudad de México. Aquí lo recibía un buen grupo de amigos, de la política y las letras, las dos pasiones que se disputaban ¿o se compartían? su ser. Llegaba a un hotel a un lado de nuestra catedral, y parecía un presidente caribeño, por sus trajes de tonalidades blancas o beiges, de sombrerito ligero y abanicándose el calor con algún periódico o revista de ocasión.

Nos dejó una conmovedora prueba de su camaradería con el pintor Francisco Montoya de la Cruz, además de una serie de poemas todavía con el énfasis de la elocuencia declamatoria.

Me es imposible olvidar aquella noche en que inspirados por las virtudes de los whiskys, sentados en una mesita de madera, nos abrazó al poeta Petronilo Amayayamí, mientras nos recordaba versos nerudianos, opiniones de Dámaso Alonso y anécdotas personales. Nos envolvía una especie de magia. Si esa hubiera sido la única experiencia con Martínez Camberos, justificaría con creces el haberlo conocido. Antes, pudimos verlo con los ojos al borde de las lágrimas, cuando lo homenajeamos en el viejo restaurant de Pensiones del Estado.

A Héctor Palencia Alonso le debemos una infatigable labor periodística, en favor de personajes históricos, artísticos y culturales de Durango: Francisco de Ibarra, Antonio Gaxiola, Juana Belén Gutiérrez de Mendoza o, sin agotar la lista, Silvestre Revueltas. Lo seducía también el poeta zacatecano Ramón López Velarde.

No me parece oportuno subrayar en esta página las diferencias que tuve con el acreditado tribuno; lo que no se le puede escatimar es su inalterable defensa de lo que mejor nos identifica. Su doctrina de la “Durangueñeidad” –que por cierto a Martínez Camberos le disgustaba sintetiza su estimable legado.

Adelantado, ocurrente, contradictorio, trabajador como nadie de la narrativa, Carlos Badillo Soto es harina de otro costal. Demasiado seguro de sí mismo, no se dejaba aconsejar de nadie en materia literaria. Creo que si se hubiera entreverado con la tarea de otros escritores de la localidad con otros conocimientos –lo que sí hizo Juan Emigdio Pérez, acudiendo a todo tipo de cursos y talleres la calidad de sus novelas sería mucho mayor. Revisando sus títulos, hay algunos que merecen un reconocimiento más atento. Sería de justicia volver a ellos. Son los que abordan críticamente la realidad política del Durango de los años setentas de su siglo.

En una época en que aquí nadie escribía nada sobre los excesos del luego desacreditado sistema autoritario del PRI, Badillo Soto –aparte de sus afectos y desafectos particulares- exhibía las desmesuras, los extravíos, repito, de tales formas antidemocráticas. Solamente por ese hecho, merecería un estudio más detallado, apreciando sus aportaciones ensayísticas.

Todos ellos ya han cumplido su ciclo vital, como sabemos.

Han transpuesto los linderos del misterio. Hoy los recordamos, fundamentalmente, por sus escritos, a los que dedicaron las alegrías y los desvelos del verdadero creador. A través de los años, muchas más lecturas los esperan.

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