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ÓSCAR JIMÉNEZ LUNA
lun 13 nov 2017, 8:55am 5 de 22

Heráclito en el espejo de agua



LETRAS DURANGUEÑAS

Lo dice Dilthey en su “Historia de la filosofía”: “la epopeya homérica nos da muestra del retroceso de los dioses”; a la visión mítica del mundo sucede el pensamiento sobre la causa primera. Las reflexiones de Heráclito (siglos VI-V a. J.C.) fueron una de las claves en la metamorfosis de los tiempos. Sin embargo, en las palabras del filósofo de Éfeso aún irradia la magia poética. El mito, subyacente, sobrevive, por ejemplo, a través de la creencia en el fuego eterno como fundador del universo (“¿cómo podría uno ocultarse de lo que nunca tiene ocaso?”, medita). Filosofía y poesía ya no seguirán el mismo camino, es cierto, aunque la sabiduría verbal de Heráclito es una de las últimas estaciones que comparten –así sea solamente en una fracción- antes del desprendimiento. Y la “enfermedad sagrada” cobró sus primeras víctimas: por Diógenes Laercio sabemos que Heráclito “a Homero lo declaró digno de ser expulsado de los certámenes, y apaleado, y Arquíloco igualmente”.

El sol, el arco y la lira (cuya relación es fuente y da título al conocido ensayo de Octavio Paz), la araña y la luz son algunos de los elementos que sustentan las imágenes de la doctrina heraclítea; cifra de este pensamiento lírico es, pongamos de muestra, es la composición siguiente:

“Morir del alma, trocarse en agua morir del agua, trocarse en tierra y de la tierra es que el agua nace del agua el alma”.

De sus figuras, sin duda, es la del río –representación simbólica de un flujo universalla que ha tenido mayor fortuna, si hablamos de lecturas más o menos cercanas en el tiempo, incluso para quienes no son precisamente filósofos. Según los testimonios de sus comentaristas, Heráclito alude en tres ocasiones a este motivo (fragmentos 12, 49 y 91 en la numeración establecida por H. Diels en 1901, y que se mantiene desde entonces en casi todas las ediciones modernas). Ario Dídimo y Plutarco remiten a Heráclito el ejemplo del río; asimismo Platón en el “Cratilo” y Aristóteles en su “Metafísica” –el estagirita lo hace respecto a la cuestión del ser y no sersubrayan la referencia.

El fragmento 49 señala: “En los mismos ríos ingresamos y no ingresamos, estamos y no estamos” (traducción de Oberdan Caletti). El mismo texto es a su vez traducido por Matilde del Pino: “En los ríos nos bañamos y no nos bañamos; somos y no somos”. La diferencia entre las dos versiones es significativa: estar en el agua que fluye no es igual a ser el propio y cambiante río. Más citado que el 49, el fragmento 91 toma la forma de conclusión: “En el mismo río no es posible bañarse dos veces”.

Próximo al pensamiento anotado, Jorge Luis Borges aplicó en una conferencia sobre la poesía la metáfora del griego al tema de la lectura: “Y aun para el mismo libro cambia, cabe agregar, ya que cambiamos, ya que somos (para volver a mi cita predilecta) el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana. Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro, que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto. También es el cambiante río de Heráclito”.

A propósito, la bibliografía sobre el filósofo presocrático (además de verse reflejado en los espejos de la pintura) cuenta en castellano con el excelente estudio de Rodolfo Mondolfo, “Heráclito. Textos y problemas de su interpretación”, publicado desde 1966. En uno de sus capítulos el libro aborda la confrontación a que se han visto sometidos los ya referidos fragmentos del río, a partir de un recorrido por los registros más lejanos para llegar a las apreciaciones críticas del siglo XX. El analista, con base en estas versiones interpretativas distintas, advierte la analogía entre el devenir de las aguas del río y la exhalación de las almas, siempre nuevas “en cada momento de su resplandor”. Al final del apartado destaca la oposición de los contrarios, en tránsito continuo, como determinante del flujo heraclíteo.

La revisión de Mondolfo acerca de las aportaciones de Oswald Spengler a la crítica heraclítea también merece apuntarse, por su originalidad –distante en varios puntos de las revisiones ortodoxas- constituyen posibilidades de fecunda discusión filosófica. El autor de “La decadencia de Occidente” niega, entre otros principios, dos tesis fundamentales tradicionalmente aceptadas dentro de la filosofía de Heráclito: que el fuego tenga un lugar central en la visión del pensador de Éfeso, como origen de todas las cosas; tampoco acepta que en esta doctrina se tenga por verdadera la separación de los opuestos, porque uno existe “viviendo la muerte del otro”.

Las conclusiones del teórico alemán abren otra controversia en la historia de la filosofía; después de todo fue el propio Spengler quien alguna vez dijo que la profundidad del pensamiento de Heráclito se parecía al alma de Hamlet: “todos lo comprenden; pero cada uno lo comprende de distinta manera”.

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