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ÓSCAR JIMÉNEZ LUNA
lun 20 nov 2017, 1:18pm 10 de 21

'El Centauro del Norte en su museo nacional'



LETRAS DURANGUEÑAS

Aquellos festejos comenzaron bien, la verdad sea dicha. Después del habrá dinero suficiente, que siempre no, nada, que al final sí, que nomás poquito (rascándole a los precarios presupuestos ya asignados a las dependencias gubernamentales...y de prestado, a divertirse ahora, que luego pagarán los durangueños del mañana), los primeros eventos de nuestros 45O años, no obstante los nublados económicos, pintaban prometedores.

Nuestro Durango pobre trató, al menos durante todo el 2013, de no parecer un pobre Durango. El concierto para piano de Ricardo Castro por esos días -dirigido por el imprescindible maestro Juan Manuel Arpero- fue un magnífico preámbulo del programa…para más tarde abrir las puertas de su nueva casa –ni más ni menos que el palacio de Zambrano- al legendario Centauro del Norte.

La presentación del libro “Manifiesto del general Francisco Villa a la nación. Y documentos que justifican el desconocimiento del C. Venustiano Carranza como primer jefe de la Revolución, 1914”, fue precisamente la antesala de la magna ceremonia de un día después. La obra publicada –que constituye en verdadero rescate- contó con los comentarios de tres conocedores locales: José de la O Holguín, Esbardo Carreño Díaz y Gilberto Jiménez Carrillo, voces que situaron el histórico escrito en sus contextos adecuados. Y la presencia de Manuel Grañén Porrúa, responsable del actual relanzamiento bajo su prestigiada firma editorial, constituyó otro acierto, nada menor, por parte de los coordinadores del encuentro.

Para los investigadores como para los lectores comunes, el título que ahora ya circula vendrá a sumarse a la amplia y reciente bibliografía villista (Katz, Taibo II, Salmerón, Berumen, Guadalupe y Rosa Helia Villa…). Esa misma noche no se olvidaron incluso las contribuciones en la materia de Antonio Arreola Valenzuela y Carlos Badillo Soto, dos autores durangueños no hace tanto fallecidos.

Porque Revolución le ha hecho cada vez más justicia. Después de atravesar los purgatorios de la historia nacional, de aquella vieja polémica por inscribir con letras de oro su nombre en el Congreso de la Unión, el famoso jefe de la División del Norte asume hoy su definitivo protagonismo, cuyos paisanos en el pasado cercano le han dedicado una atractiva representación monumental y uno de los principales bulevares de la ciudad. Sin embargo, el reconocimiento del célebre personaje y el de su papel en la lucha armada de 1910 alcanza mayor preponderancia con la apertura, en la amistad de este 14 de febrero, del majestuoso museo Francisco Villa.

El acontecimiento cobró dimensiones mayúsculas. El asiento arquitectónico del ahora enclave turístico y cultural es, subrayo, la antigua mansión del rico minero español Juan Joseph de Zambrano, inmueble construido a finales del siglo XVIII y que ha sido objeto de breves estudios por parte de los historiadores Javier Guerrero Romero y Angélica Martínez Rodríguez (antes mereció algunos apuntes del Lic. José Ignacio Gallegos Caballero en su “Durango colonial”). De ahí la relevancia por darle su destino final. Otra apreciación: la inauguración de la primera etapa del núcleo villista –por cierto: hubiera sido oportuno que en la ceremonia se informara en qué consistirán las demás fases del conjunto- es fue el hecho cultural más importante de los últimos sexenios.

La valoración del patrimonio histórico ha sido gradual; Ricardo Castro ya tiene su teatro…pero Dolores del Río y la familia Revueltas -para solamente citar a las figuras de mayor proyección en México y más allá de las fronteras del país- todavía esperan sus recintos de gloria.

El mediodía bañado de azul Durango, sin fríos vientos, fue testigo de la celebración. La gente se veía contenta, olvidando su típica apatía y fastidio. Los murales relucientes, como acabaditos de pintar. Entre el desfile de egos artísticos, la vehemencia del líder don Pedro Ávila Nevárez –personaje auténtico y admirable-, las divertidas ocurrencias intercaladas de Guille –infaltable en los eventos oficiales-, las canteras limpias, las vigas impecables, y de pronto un maravilloso descubrimiento: la librería de Educal reinstalada en un salón espléndido con puerta a la calle 5 de Febrero (guardadas las proporciones me acordé de la existente en el exColegio de San Ildefonso de la ciudad de México). No perdí del todo mi entusiasmo cuando observé el obscuro tríptico que se nos entregó a los asistentes.

¿Es cierto que así se van a llamar algunas de las salas del museo? Entre otras: “La fotografía”, “Mucha tierra en pocas manos” “Villa y sus amores”. Y se complementa con cosas como las siguientes: “¿Te imaginas la infancia de un niño como Doroteo Arango?”, “¿Por qué tenemos tantas fotografías de Francisco Villa?”, ¿Cuáles eran los oficios de Villa antes de llegar a la revolución?” “¿De verdad Villa tuvo muchas mujeres?”, “¿Por qué nos enamoramos?”. A reserva de hacer un recorrido más detenido por sus recintos, el trabajo museográfico se puede mejorar, por decir lo menos. Quiere ser la aplicación de un formato científico y abarcador, se queda en un esquema de estampita para tareas escolares. Lamentablemente la distribución subtemática no está a la altura pues de las circunstancias. Inmadurez y hasta, desconocimiento de las aristas más destacadas de la trayectoria del Villa, de la persona y el caudillo, son muy evidentes. Ojalá que se remedie el resultado de una labor tan poco profesional, ahora que se tiene a un director, Gilberto Jiménez Carrillo, a la altura de tan honroso cargo. ¡Villa da para tanto!

Los durangueños queremos hacer de las festividades del 450 un registro memorable, aunque se nos deboquen los caballos por la plaza. Seamos parte del júbilo ciudadano…pero también de la reflexión sobre las muchas veces dura realidad de Durango.

Después de todo, como dice el clásico, aquí nos tocó nacer y vivir…. Es nuestra tierra, es nuestra gente…mucha de la misma de Pancho Villa.

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