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ÓSCAR JIMÉNEZ LUNA
lun 27 nov 2017, 9:19am 6 de 22

José de la O Holguín, las lecciones del tiempo pasado



LETRAS DURANGUEÑAS

Por la ventana miramos al hombre aquel que sube los 74 peldaños de la escalera principal, más los veintitantos de la Torre del Libro Antiguo. Se dirige a la hemeroteca de la Biblioteca Central Pública del Estado. Es uno de los cronistas municipales que acuden a los archivos de la Institución, en busca del dato valioso que les permite continuar sus investigaciones monográficas, y que luego pondrán al servicio de su comunidad. Repasarán, entonces, los pliegos de los viejos periódicos con que cuenta el acervo. Y muy probablemente revisarán ejemplares de El Diario. Periódico regional (años treinta del siglo anterior), para transcribir la información en la libreta o para tomarle fotografías a las imágenes de su interés. Son rescatistas del pasado, voluntarios que vuelven a poner en circulación el hecho histórico, la semblanza perdida, los recuerdos que ya casi nadie tiene presentes. A tal familia de obreros o profesionales del papel y la tinta pertenece el autor que hoy nos ocupa.

Lo más seguro es que un suceso clave haya marcado la vocación historiográfica de Pepe de la O –como le llamamos sus amigos-: su abuelo Erasmo Holguín Caraveo mantuvo una relación epistolar con su ilustre paisana Nellie Campobello (de hecho un buen número de cartas entre ellos se publicaron no hace mucho). Fue un legado que recibió sobre lo que nos da identidad, pertenencia a la tierra que nos vio nacer. Asimismo una apropiación –en el mejor sentido de la palabra- de los más altos valores históricos y culturales de Durango.

Repasas los viejos periódicos -se diría el hombre de los 74 escalones, más los veintitantos de la Torre del Libro Antiguo-y te preguntas en los momentos de más desolación: ¿y esto a quién le importa? ¿Por qué hago lo que hago, venir a diario y meterme en una cansada rutina, a fatigarme más la vista? ¿De dónde nace el impulso por revalorar documentos?

Hay, sin duda, un principio de generosidad: compartirles a los demás aquello que nos parece que tiene que difundirse de mejor manera; entresacar, en medio de la acumulación de publicaciones de todo tipo, lo que no debe desaparecer, o al menos lo que necesariamente tiene que durar algo más. ¿Y para qué? Es una cuestión que subyace en el auténtico cronista. Recoger la fecha significativa, la escena representativa, los testimonios del personaje que ya no está o que ya se va, como todos, pero que en su caso reviste alguna información de interés para lamayoría. Los semejantes a Pepe de la O son cultivadores de ayeres que no quieren morir, hombres y mujeres que cuidan la planta que atraviesa generaciones.

Las hojas de Crónica periodística. Una mirada a la cultura durangueña (2017), dicen mucho de lo referido. Se trata deun conjuntode artículos publicados a lo largo de dos décadas, y cuyos ejes temáticos afirman las motivaciones y que haceres del escritor. A medio libro podemos leer a manera de confirmación de que hemos dicho: “Para el cronista no existe estudio más interesante y majestuoso que la pasión por la crónica, porque las lecciones del tiempo pasado son más aplicables al tiempo presente, porque la vida de los distintos pueblos es como una cadena, cuyos eslabones van entrelazados los unos en los otros”. Son precisamente los términos que guiarán la impronta de todas sus páginas.

Y para enmarcar todavía más justamente la propuesta que nos ocupa, valdría la pena proponer estas tres categorías esenciales a la lectoescritura: otredad, vivacidad y trascendencia. En forma brevísima, revisemos esta interpretación:

Otredad. En evidente que nuestra condición de seres individuales se complementa con la relación que mantenemos con los demás. Somos, pues, parte de los artistas e historiadores que nos otorgan –como ya se enfatizó- características substanciales. En la sociedad nos encontramos a nosotros mismos. Sentimos por ello un legítimo orgullo por lo que representan figuras como Guadalupe Victoria, Francisco Villa, Ángel Zárraga, Dolores del Río, para citar algunos de los ejemplos mayores (y Pepe de la O se detiene a conmemorarlos, acercándonos a los escenarios que los inmortalizaron). Los otros, en esta galería, los sobresalientes, quienes dejaron una recompensa de prestigio por su talento o heroicidad, retratan a la comunidad que les dio origen. Abren horizontes por donde caminan los ideales y ensueños de la sensibilidad colectiva.

Vivacidad. Muchas veces no somos muy conscientes de la cualidad de este rasgo, no obstante que lo experimentamos al volver a una biografía, escuchar una canción, o al ver un cuadro o una película. Lo que estamos percibiendo en esemomento –junto a la precisión y belleza de la descripciónes una extensión de la vida. Repasamos la batalla del caudillo, recreamos la presentación del libro, asistimos a la exposición escultórica…y así recobramos el instante de lo sucedido. Lo que ya se fue, regresa, ahora en las imágenes que pasan de la memoria al sonido, la escritura o la imagen. La práctica constante de Pepe de la O nos permite este ejercicio de recordación, y lo seguirá haciendo para los que vendrán. Es una vida diferente la que nos devuelve la memoria documental, es cierto, pero algo –o mucho- se conserva de lo que el tiempo se llevó. Citemos un buen ejemplo a propósito. De una caminata para observar el arte funerario de la ciudad, el autor recupera lo siguiente: “Participamos ese día, en aquel memorable recorrido en el panteón de Durango, en una visita guiada de privilegio impartida por Pilar [Alanís], que aparte de la convivencia personal constaté una vez más, la sapiencia y bonhomía de ella como aliada de la cultura durangueña”. Denuevo, apuntemos, mediante este trazo la entrañable Pilar Alanís sigue aquí, acompañándonos, con sus contribuciones intelectuales y humanas. Se fija en el periódico la travesía de la vida... que no deja de fluir.

Trascendencia. ¿Qué es lo que en la criba de los años va quedando? Lo que realmente importa. Y uno de los medios indispensables para mantener una permanente vigilancia y apreciación es precisamente la tarea del historiador. ¿Cuáles serán los significados de estas figuras tutelares –Silvestre Revueltas, Fanny Anitúa, Ricardo Castro- dentro de cien, doscientos o trescientos años? No lo sabemos, pero de lo que sí estamos seguros es que gracias a investigadores y reporteros culturales como José de la Olguín la opinión del porvenir hallará –como en esa que él llama cadena de conocimiento acumulado- las referencias que permitirán la posible trascendencia. Lo que logró traspasar gustos, intereses de época, prejuicios de toda índole. Para entregar la estafeta de lo que será indispensable jamás olvidar.

No quisiera cerrar este comentario, sin anotar otra característica de los textos periodísticos que nos convocan. Y es la atención que le merecen otras cuestiones que podrían parecer menores, y que no lo son. El autor va dejando constancia de las labores de organizaciones históricas y educativas, sin dejar de lado, por supuesto, las labores artísticas, y simultáneamente nos va describiendo la importante huella de otros hombres ymujeres de dimensión más “modesta” (en comparación con los grandes nombres ya aludidos). Así, don Eduardo Arrieta Corral –que en lo particular a mí me trae muy gratas remembranzas y gratitudes, ya que don Lalo fue quien primero revisó y corrigiómis borradores en la biblioteca del Congreso del Estado hace ya varios lustros… y no pocos kilos-; el Lic. José Ignacio Gallegos Caballero –cronista de la ciudad por varias décadas-, Olga Arias, el Lic. Héctor Palencia A lonsodon Luis Carbajal, el Lic. Gonzalo Salas Rodríguez, el profesorManuel Lozoya Cigarroa, y muchos más, entre los que no faltan los cronistas municipales. Y eso es algo que de verdad hay que agradecer al autor: su disposición por ir a las comunidades, platicar con su gente, respaldar las tareas de investigación y difusión de lo nuestro.

El libro que en unos momentos tendrán a lamano viene a sumarse a otras obras firmadas por José de la O Holguín: “Rescate histórico de Villa Ocampo” (1994), “La danza de la tribu. Síntesis biográfica de Nellie Campobello” (2003), “Braulio Meraz Nevárez. Horizontes de un Durangueño” (2004), “Pancho Villa en Canutillo” (2005), “Nellie Campobello. Epistolario a su terruño” (2009) y sin que la lista llegue a su fin “Bosquejo historiográfico de la Masonería en Durango (2013)”. Y siempre que aparece una nueva entrega de este autor tan productivo, tan lleno de letras, recuerdo la anécdota de aquel señor al que le inconformaba apellidarse De la O. Es que una sola letra esmuy poco, reclamaba. De la O. No debería ser tan rebelde ni tan ambicioso, le contestó un viejo sabio -de esos que José se ha encontrado en sus andanzas por Villa Ocampo, Canatlán, Rodeo, Mezquital o Tayoltita. Mire, para su consuelo, conozco a un señor que se nombra Casio: fíjese bien, amigo: Casi-o. Eso sí que es menos, ¿o no? Y ya para que le cuento del otro que se llama Nicasio. Ni-casi-o. O sea nada. Con ese apellido José de la O Holguín, gracias a su trabajo y a su compañerismo a toda prueba, ha multiplicado las letras en más de una decena de títulos. Y se ha convertido hoy por hoy en una autoridad mundial en Nellie Campobello. Es una referencia obligada tanto para la academia especializada como para los infatigables amorosos de lo durangueño, como todos ustedes.

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