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FELIPE CALDERÓN ROSAS
lun 4 dic 2017, 9:01am 7 de 30

Escribirle a tiempo al Niño Dios



LETRAS DURANGUEÑAS

¿Cuánto vale el timbre para una carta? Diez centavos. Deme uno. Con permiso niño. Señorita Quiñones, quiero poner una correspondencia certificada. Con todo gusto señor, pero el niño había perdido un timbre…

¿Ya pusiste tu carta? Es que no sé cómo. A ver niño ¿Me permites? Señorita vengo por un reembolso a nombre de la Costa Rica. ¡Chago! ¿Me ayudas tantito mientras le digo al niño cómo ponga la carta?... ¡Oye! pero si está completamente en blanco.

Esto es El Salto, Dgo., casi al terminar la primera mitad del siglo veinte. Población de unos cinco mil habitantes, en su mayoría obreros de la industria maderera. No hay televisión, ni internet y mucho menos celulares; ni siquiera teléfonos domiciliarios; los únicos servicios son el tren como transporte de carga y pasaje, un incipiente servicio de autobuses; el telégrafo y el correo postal.

Mira en esta esquinita del sobre, le pegas el timbre. Iniciando la otra esquina le pones tu nombre ¿Cómo te llamas? Salvador, pero me dicen Chava; A la mitad del sobre le escribes el nombre de la persona a quien le envías la carta. Es para el Niño Dios. ¿Para el Niño Dios? Eres el único niño que nos trae una carta para él. Bueno ponle: Querido Niño Dios, domicilio conocido. ¿Dónde vives? No sé cómo se llama la colonia. Entonces, debajo de tu nombre, también pones “Domicilio conocido” y listo, la colocas en ese buzón. Niño, ¿Adentro del sobre está la carta? Sí, ya le escribí lo que le pido, la metí en el sobre y lo cerré…

Las familias viven en casas de madera, preparan sus alimentos en calentones de leña, pocas de ellas tienen una estufa, también de leña. Carecen de muchas cosas pero tienen una muy arraigada tradición navideña con bases eminentemente religiosas. De manera sencilla celebran el nacimiento del niño Dios: las mujeres se encargan de amasar y tortear la harina para los buñuelos; los hombres, encienden los braceros y cuando el carbón vegetal haya dejado de ser peligroso, los llevarán a las cocinas y se dedicarán a freírlos. Esta es la Cena de Navidad. No faltan quienes que se sientan algo mal, ante la humildad de la familia que imaginan en torno a un pesebre. Parecen no darse cuenta que, tal como ocurre en todo el mundo, siempre existen personas que deben conformarse con mucho menos.

El edificio del servicio postal, también es de madera; muy bien construido, se puede decir que hermoso; pero, lo que le da verdadero valor, es el excelente servicio que ofrece el personal: el señor Carreón, el jefe, es un hombre muy decente; la actividad administrativa la atienden dos jóvenes: la señorita Quiñones y la señorita Olvera; la distribución de la correspondencia está a cargo de Pedro Álvarez, Santiago Hernández, Gabino Gamero y Abel Gómez. Cada uno tiene su propia historia familiar, diferente entre sí, pero los iguala el sentido de la ética y de la moral.

La señorita Quiñones, es hija de un hombre dedicado al arte; dirige una pequeña orquesta para la que él escribe sus propias partituras, además es ejecutante de violín y de algunos instrumentos de viento. Ella es muy joven y bonita, soltera; muy amable y profesional en su trato con los usuarios del correo.

El niño a quien atiende, es huérfano de padre, la mamá estuvo enferma y ya recuperada, con dificultades encuentra algún trabajo que apenas le deja lo indispensable para sobrevivir. Él tiene siete años, está en segundo grado en la escuela municipal Hermenegildo Galeana.

Al acercarse la época navideña, parece que el pueblo tuviera su propio universo delimitado por las montañas que a la distancia se unen con el cielo. Los nueve días de las posadas semejan una escala musical, donde la tierra va afinando sus notas desde las más graves hasta las más altas. En tanto que el cielo, irá descendiendo de sus notas altas hasta las graves para encontrar un maravilloso equilibrio: notas espirituales graves y notas materiales altas. Punto que corresponde a la media noche del día 24 de diciembre y el inicio del día 25, con la encarnación de la divinidad en el cuerpo material del hijo de José y María.

La noche buena de aquel año no podía ser diferente: el rico aroma del té de canela saturaba el ambiente de los hogares, el frío había huido ante la presencia de los braseros superados en calidez, por el calor humano de sus habitantes que con satisfacción disfrutaban de los crujientes buñuelos mientras expresaban sus anhelos, sus esperanzas y los mejores deseos para sus seres queridos. Los niños se dormían temprano para dar lugar a que el Niño Dios les trajera sus regalos.

El día de Navidad, muy temprano, casi todos los niños salieron a presumir sus juguetes. Sólo Chava no había recibido nada. Durante todo el día escondió su tristeza en aquel humilde cuartucho que les había facilitado una persona a quien su mamá le había realizado ciertos trabajos.

Día 26 de diciembre. Todas las actividades se reanudan. A las ocho de la mañana, la oficina de correos abre sus puertas y ventanillas de servicios. Los encargados de distribuir la correspondencia disponen de una hora para organizarla y salir a hacer la entrega… señorita ¿se acuerda de mí? ¡Claro! ¿Vienes a poner otra carta? No, vengo a preguntarle de la que puse el otro día. Esa ya se fue, nosotros enviamos todo lo que nos entregan. Pedro Álvarez, que se disponía a salir preguntó ¿Qué dice este niño? Hace unos días trajo su carta para el Niño Dios, pero dice que no recibió respuesta. Es que el día de ayer no trabajamos; acabo de ver un paquete que dice: “Entréguese libremente al niño Chava”. ¿No serás tú?

El niño recibe el paquete, allí mismo, con cierta desesperación lo abre. El camioncito que él había pedido, el mismo, no había duda y, más abajo, muy bien doblado un suéter de su propia talla. Completaba el regalo, una bolsita de celofán con dulces de los que pocas veces había podido comer.

Todo el personal salió a felicitar al niño que no sabía cómo podía tener tanta felicidad.

Más de veinte años después, escuché a uno de los amigos de Chava, que le preguntaba con cierto dejo de burla. ¿A tus años sigues pensando que fue un milagro? Si viviera mil años, serían los mismos que me dirían cada vez con mayor razón, que fue un milagro.

…Y yo así lo creo. Ahí estaba aquel anhelado juguete que el niño había visto en el aparador de la tienda de don Julián Reyes, la prenda de vestir comprada tal vez con don Eligio y los dulces, sin duda de la tienda llamada El Cantón. Todo fue recibido y disfrutado por él durante un buen tiempo; pudo jugar y asistir a la escuela sintiendo menos la crudeza del frío; entonces, ¿Por qué esperamos que un milagro emane siempre de la nada? Si el pensamiento y la acción humana se unen para un buen fin ¿El resultado no podrá considerarse también un milagro?...

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