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AMELIA BARRÓN
lun 25 dic 2017, 9:02am 8 de 11

Milagro de Navidad en las calles de Durango



LETRAS DURANGUEÑAS

No cumpliría aún los dos años cuando Rafaelito fue llevado al parque por su niñera, como lo hacía diariamente ya que al niño le gustaba oír el canto de las aves.

Rafaelito había nacido en una familia rica, esperado con mucho amor; tenía una madre cariñosa, tanto como su papá.

Mientras en un barrio muy pobre en las orillas de la ciudad vivía Daniel y su esposa María que no podían tener hijos, motivo por el que él empezó a emborracharse hasta embrutecerse y ella tenía que comprarle sus botellas de alcohol o de lo contrario la golpeaba y la amenazaba que si no le llevaba su vino la mataba por lo que la pobre mujer tenía que lavar ropa ajena, vender cerillos por la calle para surtir al vicioso.

Un día María vendiendo sus cerillos en el parque vió al niño en su carriola, pero no había alguien cerca de él, pues Carmen la niñera estaba con el novio detrás de un árbol, por lo que no vió cuando María en un momento sacó al niño de la carriola lo tomó en brazos y corrió, perdiéndose en las calles. Cuando Carmen terminó de los abrazos y besos se dio cuenta que el niño ya no estaba, lo buscaron por los alrededores y no encontraron nada.

¿Qué traís en los brazos, de onde agarraste a ese mocoso?. Ella asustada dijo ahorita voy a devolverlo, niguas ese chiquillo no puede sacar de pobres.

Rafaelito fue creciendo en la más inmensa pobreza y María estaba ya muy enferma de tanto enfriamiento porque si no compraba la botella para Daniel, este ahora les pegaba a los dos.

Porque habrá luces tan bonitas en las tiendas dicen que es Navidad. Ahora que se murió mi mamá yo tengo que salir a vender cerillos y chicles porque si no mi papá me quiere matar.

¡Ay Dios mío, qué dolor esta Navidad. Mi Rafaelito cumpliría cinco años, yo no puedo calmar este dolor de haberlo perdido, ojalá y esté bien con una familia que lo ame. No tengo ganas de celebrar esta Navidad, si las muchachas no ponen el árbol y el Nacimiento yo no lo haré, pues cada día es más grande mi dolor por mi hijo perdido. Mi esposo contrató a los mejores detectives, a lo mejor se lo llevaron fuera de país, a cada niño que veo lo saludo de mano, pero sólo para revisar por si tienen lunares en sus dedos, pues mi niño tenía esas señales en las dos manitas: en la derecha el lunar estaba entre el dedo índice y el medio, en la izquierda lo tenía entre el dedo medio y el anular.

Las calles de Durango estaban muy iluminadas, lucían desiertas. El frío y la nieve es muy fuerte y nadie compra cerillos. Sentía que las fuerzas le faltaban pues no había comido en tres días y el frío le era insoportable por lo que vio una casa muy bonita, se recargó en la puerta y para mitigar el frío empezó a encenderlos uno por uno, dentro de la casa se escuchaba música como si fuera del cielo, por la ventana había visto un hermoso árbol encendido con luces de varios colores.

Laura la madre biológica sintió algo en su corazón, un impulso de abrir la puerta de la casa, se encontró un niño desmayado, llamó a los demás para que salieran.

Este niño se está muriendo de frío. Lo llevaron a la sala para recostarlo en el sofá, la madre pidió que llamaran a un médico y al tomarle las manitas descubrió asombrada los lunares entre los deditos. No podía creerlo. ¿Era un sueño? Cuántas veces había imaginado aquel momento, y de tantas maneras. Desnutrición e hipotermia pero el niño estará bien, dijo el doctor.

Recargada en la pared, ella suspiraba aliviada. Miró al cielo: Gracias Dios mío, me has dado el más hermoso regalo de Navidad. Lloraba de amor. Es mi hijo.

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