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PETRA RAMÍREZ ARELLANO
lun 8 ene 2018, 9:03am 9 de 27

Cartas a mis nietas



LETRAS DURANGUEÑAS

GÓMEZ PALACIO, 19 DE MARZO DE 1908.

Mis queridas nietecitas María Teresa, Carmen, Cholita, Pepita, Catalina...

Todas están pequeñitas y ausentas. A todas ustedes las quiero mucho y ustedes quieren mucho a su mamá “Petita”. Cuando sean grandes y yo ya haya desaparecido de este mundo recordarán como en un sueño de su dichosa infancia pero mis facciones, mi voz, mi cariño para ustedes se borrará enteramente de su memoria. Para que recuerden ese cariño y comprendan algo de mis sentimientos para ustedes les escribo estas cartas y quedará en ellas algo como el perfume de un alma. Serán para ustedes una pequeña historia de otros tiempos y tal vez les sirvan alguna vez de consuelo mis cariños o mis consejos. Su pobre abuelita tuvo en el mundo dos pasiones: la música y la poesía; fueron dos cosas que alegraron un poco su triste existencia, aunque ninguna de ellas pudo cultivar, por eso no extrañen que algunas veces en mis cartas vayan intercalados algunos versos.

Ojalá y ustedes puedan cultivar el divino arte de la música. Así lo espero. Tienen, por favor de Dios, unos padres amantes y cariñosos y madres abnegadas que se consagrarán a ustedes y procurarán darles una esmerada y sólida instrucción y una educación religiosa y verdadera. Yo...¿qué desearía para ustedes? Todos los dones y bienes de la tierra y todas las gracias del cielo. Ahora las contemplo con satisfacción y orgullo porque son mis pequeños y hermosos ángeles lindos y puros, porque a todas ustedes las recibí en mis brazos pequeñitas, las cuidé, las acaricié primero que nadie, recibí sus primeras sonrisas, me desvelé y sufrí por cuidarlas, y en sus enfermedades pasé amargas noches a su lado rogando a Dios por su felicidad. Mi vista recorre el porvenir y las veo hechas unas guapas y hermosas señoritas; perno sólo quiero verlas hermosas, instruidas y elegantes, quiero verlas buenas, piadosas, sencillas, con sus almitas blancas y puras como ahora, con su corazón amante, recto y noble, con el don de las cualidades morales que son la única y verdadera hermosura de la mujer. Por eso, porque anhelo que sean así, quiero inculcar en ustedes los buenos sentimientos que por dicha mía supo inculcar en mi corazón mi buena, querida y santa madre. (Texto tomado del libro de referencia en el artículo principal de esta página).

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