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MARÍA GÓMEZ REYNAGA
lun 12 feb 2018, 8:44am 7 de 38

El brillo de sus ojos viejos



LETRAS DURANGUEÑAS

En la búsqueda de mis raíces hurgo en lo profundo de mi ser; no tardan en aparecer las imágenes de mis abuelos: mi abuelo con su sombrero de ala ancha, paliacate al cuello, en sus labios su cigarro de hoja, su piel curtida por los rayos del sol; mi abuela muy de mañana regando los frondosos helechos; con su rebozo de rayas de colores tenues cubre sus dos trenzas; ambos de cabello cano, con arrugas y manchas cafés en sus rostros y en sus laboriosas manos. Con la herencia de los años han mudado algunos dientes, han perdido energía, vitalidad y su caminar ya es muy lento; sin embargo, conservan la serenidad en su rostro, el brillo de sus ojos; no pierden el deseo de vivir. A diario agradecen al Creador por el nuevo día.

Al ver la casa que habitan, recuerdo con claridad cada momento que he pasado a su lado: por la tarde veo a mi abuela en el portal, sentada en su mecedora de madera, tejiendo con dos agujas alguna prenda para el nieto que viene en camino, espantando de vez en cuando al minino blanco que quiere jugar con la bola de estambre, mientras nosotros jugamos a la vista de ella. Cuando me caigo me dice: Ven acá muchacho de porra, para levantarte; pero si me lastimo, después de curarme me hace reír cuando le dice: Sana, sana colita de rana, un pedito pa’usté y otro pa’su hermana. Luego, de la bolsa de su delantal me da un terrón de azúcar para consolarme.

Al caer la tarde veo a mi abuelo en el río con sus anzuelos y un frasco de lombrices de tierra que sirven de carnada para pescar; yo estoy de pie a su lado lanzando mi propio anzuelo; el corazón se me quiere salir del pecho cuando un pez pica, aunque sea del tamaño de mi dedo meñique; en cambio mi abuelo saca unos bagres bigotones. Él sí que es prevenido, de su morral saca utensilios y distintos ingredientes, y a la orilla del río hace un exquisito caldo de pescado.

El tiempo no perdona, cada día que pasa mis abuelos se hacen más viejos, olvidadizos, con gran dificultad sus manos temblorosas todo lo hacen, a ratos se desesperan pero no lloran son muy fuertes. Aunque a veces sean cascarrabias me inspiran ternura, Yo siento que cada día los quiero más, Ellos poseen la sabiduría que otorga el paso de los años, me la comparten durante el trabajo, con sus historias y sus consejos. En ocasiones a solas sonrío al darme cuenta que hago uso de sus palabras, sus ademanes y sus gestos, hasta hice mía la frase de la abuela: Los valores no se estudian, se maman en el hogar. ¡Los amo abuelos!

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