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ÓSCAR JIMÉNEZ LUNA
lun 12 feb 2018, 8:47am 8 de 38

La pasión amorosa según Virgilio



LETRAS DURANGUEÑAS

La lectura de los clásicos grecolatinos que hemos emprendido, con rigor y amable disciplina- desde hace más de un año un pequeño grupo de interesados (un verdadero oasis durangueño, grato y por lo demás muy sugerente) nos ha permitido volver a Virgilio, a su Eneida siempre tan celebrada universalmente, y en el siglo XX recreada y justipreciada por Hermann Broch, Jean Giono o el imprescindible Borges.

Y es gracias a los modernos anotadores de la obra (o de prologuistas como don Carlos García Gual, para este caso), junto y a partir de sus ya numerosas traducciones que hacen que aquel antiguo poema-datado de un siglo antes de Cristo- recobre una nueva vida en nuestras manos. Un auténtico placer intelectual. Porque tienen razón los exégetas de este tipo de escritos: la visión lejana del mundo que recupera multiplica ahora sus presencias que siguen creciendo en el tiempo. Sensiblemente, sensualmente, espiritualmente.

Virgilio, proviene de Homero, como sabemos. Y Dante por su parte prolongará muchas centurias después alrededor de trece o catorceal poeta latino. Se forma así un triángulo literario perfecto. Sus temas son vasos comunicantes, a veces unos más cerca de otros., pero que leídos con alguna voluntad unitaria configuran un milagro de la imaginación.

Me detengo, pues, al menos en una arista de este atractivo caleidoscopio de versos inmortales, próximos como estamos a festejar el 14 de febrero.

¿Cuál es la naturaleza del sentimiento que prevalece en el capítulo IV de la Eneida? La pasión amorosa, sin duda, apunto como respuesta. Veamos las razones.

Cumpliendo el destino que le han marcado los dioses olímpicos -ruta que irá de Troya a Italia, finalmenteEneas hace escala en el reino de Dido, una extraordinaria mujer que también ha llegado a esa tierra de otra parte. Amparado por Venus, su madre, el guerrero troyano, recibido cordialmente por la soberana, relata lo sucedido durante la última noche en la ciudad caída. Los hechos heroicos reseñados, el valor del caudillo, despiertan en Dido una repentina pasión amorosa han pasado solamente unas horas de haber conocido personalmente a Eneas, si bien ya sabía de sus hazañas-, y cuyas expresiones emotivas avanzan con una fuerza avasalladora. Y fatal. Ataviada espléndidamente, iluminada sobre todo en su interior femenino, ella le invita a recorrer los territorios de Cartago. Con el apoyo de Ana, su hermana, se le abre la puerta a otra posible pareja, después de guardarle fidelidad a su esposo fallecido, con quien por cierto no tardará mucho en volverse a encontrar en la región de los muertos. A través de la lectura seremos testigos de un Eneas igualmente enamorado ¿o no? Sin embargo las divinidades quieren que las cosas sean de otra manera, para decirlo con entonación virgiliana. Eneas debe completar su alta misión: fundar Roma. Y sobreviene la tragedia. Al no consumarse la unión, Dido toma la decisión fatídica, y de esta manera se convierte en una de las más emblemáticas suicidas de la literatura, no sin ante dejarnos no pocas frases profundas y representativas, como la siguiente: “¡Perverso amor! ¿A qué trances no obligas al corazón humano?”.

Haber: tengo en el escritorio una nota del libro de Octavio Paz sobre el amor y la pasión, “La llama doble”, (ya habrá otro espacio para ampliar este artículo, uno quisiera transcribir más belleza), propósito de la relación sentimental que nos ocupa: “¿Y Virgilio? San Agustín dijo:

“Lloré por Dido cuando debería haber llorado por mis pecados”. Gran elogio al artista insuperable; sin embargo la descripción de los amores de Eneas y Dido es grandiosa como un espectáculo de ópera o como una tempestad vista de lejos: la admiramos pero no nos toca”. Por esta vez es difícil coincidir con nuestro Premio Nobel. El buen lector que se acerque al corazón de Dido –entrega total de luz y sombra, mujer poseída del absoluto amor- queda tocado por el resto de sus días. Seguimos mirando a Dido como recuerda el célebre poeta mexicano que Eneas (capítulo VI) la descubre en el hades: “que ve o cree ver a la luna atravesar débilmente las nubes”. Concluyo parafraseando al grupo Abba: Gracias por los clásicos.

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