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Maestro Enrique Sada Sandoval
dom 4 mar 2018, 10:56am 3 de 3

Una intervención norteamericana en La Laguna: Lew Wallace en 1867

Destino manifiesto: desde 1822 hasta la fecha, la Historia de México bien puede definirse como la historia de las intervenciones de los Estados Unidos en nuestros asuntos domésticos.


SIGLOS DE HISTORIA

Así mismo, podemos empezar por ubicar las intervenciones americanas, tanto directas como indirectas, a partir de la presencia de Joel Roberts Poinsett, agente extraordinario y primer embajador de su país, quien coordinó desde el golpe de estado contra Agustín de Iturbide (por negarse a ceder o vender los territorios del norte) hasta el motín de la Acordada donde, derrocando al legítimamente electo Manuel Gómez Pedraza, impuso por las armas como títere al malogrado Vicente Guerrero.

La tercera intervención americana la vemos claramente con la sublevación y pérdida de la provincia de Texas, pactada por Lorenzo de Zavala y el Vicepresidente Valentín Gómez Farías en las logias anfictiónicas de Nueva Orleáns.

La más desastrosa lo será sin duda la encabezada por Antonio López de Santa Anna como Presidente y Gómez Farías, otra vez como Vicepresidente, cuyos acuerdos secretos con el invasor llevaron a la pérdida de más de la mitad del territorio y hasta al peligro de la Guerra a la anexión que tanto celebraron los liberales "puros" como Miguel Lerdo de Tejada durante el infame "Brindis del Desierto", que le ofrecieron a Winffield Scott para este efecto, suplicándole que nunca saliera el ejército estadounidense del país hasta ocuparlo en su totalidad.

En cambio, la que estuvo a punto de ser la más perniciosa y fatal para la existencia misma de México, tanto por el tiempo de su extensión-prácticamente toda una década-como por la serie de infortunados tratados e intervenciones del país del norte, celebrados por los republicanos, en una contienda política que por su naturaleza misma solo competía a los mexicanos, aún estaba por venir.

Desde el autogolpe de estado del presidente Ignacio Comonfort para desconocer la impopular y facciosa Constitución de 1857que había jurado, hasta la intervención de la Armada norteamericana en Veracruz para imponer al régimen juarista en Antón Lizardo, gracias a la firma del ominoso Tratado McLane-Ocampo en 1859, todo apuntaba a la quiebra nacional, aún desde el exterior.

Al respecto, el mismo año, el presidente Buchanan aplaudía la firma del mismo Tratado como un triunfo más de la Doctrina Monroe: "para que México continué dependiendo principalmente de los Estados Unidos, de modo que cualquier expansión hacia el sur no nos sea irremediablemente detenida".

La constante intromisión de los Estados Unidos a petición de los llamados liberales "puros" abrió la puerta también para que los patriotas mexicanos (los conservadores y los liberales moderados) buscaran que Europa misma interviniera, intentando poner un dique que frenara la voracidad angloamericana sobre un México desvalido en su integridad como en sus instituciones.

De ahí que la gran mayoría de los mexicanos celebraran la Intervención francesa en su momento, viendo en las fuerzas expedicionarias de Napoleón III a un ejército libertador que, representando a la raza latina en el Nuevo Mundo, contrarrestaba con los filibusteros e invasores de siempre; y tanto más aplaudieron la desaparición del régimen republicano tras la habitual huida de Juárez rumbo a Estados Unidos y el restablecimiento de la Monarquía con la aceptación de Maximiliano I como Emperador de México.

Es durante este periodo que hace aparición en nuestro suelo la controversial y pintoresca figura del General Lew Wallace como apoyo del régimen juarista y paladín de la "Doctrina Monroe" y el "Destino Manifiesto" de su país sobre el nuestro.

Lewis "Lew" Wallace fue político, militar y autor de varias novelas y publicaciones de su tiempo, entre las que desta Ben Hur como la más famosa. Nació en Brookville, Indiana, un 10 de abril de 1827.Su primer encuentro con lo mexicano, aunque no propiamente como "bautizo de fuego", lo tuvo sirviendo en el ejército invasor de su país dentro del Primer Regimiento de Voluntarios de Indiana en 1847, bajo las órdenes directas del General Zachary Taylor, llegando a ocupar el rango del Primer Teniente aunque sin participar personalmente en ningún combate de los que se efectuaron.

Sin duda alguna fue durante esta primera estancia en nuestro país cuando tuvo ocasión de recorrer ampliamente sus mesetas, valles, pueblos y desiertos, conociendo de primera mano lo vastos que eran los recursos naturales en una nación que, aún pese a ser desmembrada por la discordia interna y la intervención constante de su país, subsistía en el continente con la forma de un enorme cuerno de la abundancia cuya boca, para desgracia de los mexicanos y bien de los de su raza, siempre apuntaba generoso hacia el vecino país del norte.

Esta observación seguramente no pasó desapercibida ante los ojos del joven e impresionable militar autor de El dios justo (The fair god), novela ubicada en los últimos tiempos prehispánicos, y sin duda alguna volvería a trasponérsele cuando, tras la Guerra de Secesión en su país, fue enviado por su gobierno a cruzar la frontera sur en una misión tan secreta como comprometedora, en caso de ser descubierta, ante los ojos del resto del mundo: derribar el Segundo Imperio Mexicano desde la Casa Blanca.

Para 1865 terminaba la Guerra Civil con la derrota de los ejércitos confederados y el triunfo definitivo de los unionistas, ocasión que inmediatamente hizo que los hombres del Capitolio dirigieran sus miras y sus cañones hacia el otro sur que comenzaba después del Río Bravo.

Matías Romero, representante de Juárez ante Washington, gestionaba por órdenes del mismo ante el presidente Johnson la entrada definitiva y el asentamiento permanente de 60,000 oficiales norteamericanos armados para derrocar a Maximiliano e imponer a su presidente a cambio de cuantiosos privilegios que el hombre de Guelatao les ofrecía a perpetuidad. A los generales y militares de mayor rango les prometía, además de luengas extensiones de territorio, grandes sumas de dinero, como confiesa Justo Sierra: "(El Gobierno de la República) el cual premiará a oficiales y soldados dándoles concesiones de tierras de acuerdo con la ley del 11 de agosto de 1864, y a los jefes superiores con recompensas en numerario de 100 mil pesos para el que mandase la expedición, 30 mil para los generales de división y 20 mil para los de brigada. Quedaría a elección de los expedicionarios adquirir la nacionalidad mexicana o conservar la propia".

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