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ÓSCAR JIMÉNEZ LUNA
lun 5 mar 2018, 9:06am 12 de 31

El Chapulín Colorado, una versión mexicana del Quijote



LETRAS DURANGUEÑAS

Si no lo hubiera reconocido el propio Roberto Gómez Bolaños en declaraciones de prensa –no hace tanto vueltas a la luz pública luego del fallecimiento del famoso artista mexicano- la huella cervantina en la creación del Chapulín Colorado, junto con El Chavo del 8, su personaje más celebrado en una buena parte del mundo, tales rasgos hubieran sido encontrados por todos aquellos lectores más o manos asiduos al Quijote. Porque el parentesco es muy evidente. No sé si lo asegure en “Sin querer queriendo”, su libro autobiográfico, que por cierto no tengo ahora a la mano. Los dos son héroes que tratan de remediar sus entornos…sin mucha fortuna, para empezar. Si el clásico del Siglo de Oro es una parodia contra los libros de caballerías, donde la búsqueda de la justicia, el amor y el permanente servicio a los demás son una constante, el castigo a los maleantes a cargo del protagonista de Chespirito sigue esa misma guía de fraternidad y redención social.

Pero la filiación ya apuntada tiene otros puntos de contacto asimismo interesantes. Por ejemplo, en relación con las armas de ambos héroes. Don Quijote se ayuda de su lanza para embestir a sus enemigos, El Chapulín Colorado lo hace con su chipote chillón. Son, el par de valerosos personajes, la encarnación de una legendaria tradición épica; el primero proviene de los Amadises, Lanzarotes y demás…el segundo continúa a los Batman y los Superman. No obstante la cercanía que nos ocupa, se complemente con la variación contraria, también visible. Cervantes hace a Sancho Panza un excelente conocedor de refranes populares (por cierto, en un capítulo del libro don Quijote sorprendentemente dicta cátedra en la materia); por otro lado Chespirito nos presenta a un Chapulín que entrelaza en forma equivocada los dichos y refranes de su protagonista. Del mismo modo llama la atención otro rasgo diferenciador: el hidalgo manchego tiene a Dulcinea como única mujer de sus pensamientos amorosos, pasión motivadora que no distingue al simpático y ágil superhéroe mexicano. ¿Se podría hablar, incluso, de los prodigios de la magia o ciencia en uno –a través del bálsamo de fierabrás que logra pegar las dos partes de un caballero cortado por la espada-, y los adelantos de los maravillosos artefactos técnicos en el otro, mediante la pastilla de chiquitolina, la chicharra paralizadora o las antenitas de vinil?

La derivación descrita no es excepcional. El orbe cervantino inunda todas las manifestaciones artísticas desde la publicación, en 1605, del Quijote, en la escultura, la pintura, la música y, evidentemente, la literatura. La ópera no se deslinda tampoco de la influencia estética del relato del célebre caballero andante. Sin embargo, agrada saber –subrayemos que Chespirito haya tomado algunos elementos de la imaginación de Cervantes para aportarle a la televisión una de sus figuras más entrañables (de hecho, de todas sus fantasías, el Chapulín Colorado es mi favorita. Recuerdo de paso la admiración que me confesó, hace años, uno de los más prestigiados expertos europeos en libros antiguos por las aventuras del Chapulín Colorado). No sorprende, por consiguiente, que el guionista mexicano escribiera el poema “Los quijotes” (…y también poemas”, Punto de lectura, 2003), en cuyas páginas señala la ausencia de los ideales humanos: “No existen ya los Cervantes/ que diseñaban Quijotes/ ni se escuchan ya los trotes/ de los viejos Rocinantes./ Los caballeros andantes/ no saben soñar despiertos;/ no toman rumbos inciertos/ buscando faenas rudas, / ni van socorriendo viudas/ ni van desfaciendo entuertos”. Para observar más adelante, después de lamentar también el vacío de leyendas y consejas en la actualidad y el desengaño de Sancho acerca de su ínsula de Barataria, la retirada de las Dulcineas.

Mucho habrá que seguir diciendo de Chespirito y su legado para la cultura popular latinoamericana. Los análisis sobre la vecindad del Chavo –a la que se le han dedicado no pocas tesis de sociología-, a los amenísimos Chómpiras y el Botija, que en algo recuerdan al ámbito del Rinconete y Cortadillo, igualmente cervantino. Habrá que indagar, añado, más detenidamente esa dinámica de una especie de comedia de los errores –tan de Shakespeare-, que tanto puso en práctica Roberto Gómez Bolaños desde las películas de Viruta y Capulina. Quede aquí, por lo inmediato, otro recuerdo agradecido de uno más en sus millones de simpatizante por todo el planeta.

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