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JOSÉ VILLALBA PINYANA
lun 9 abr 2018, 8:54am 14 de 38

Durango visto por un escritor español a mediados del siglo XX



LETRAS DURANGUEÑAS

Así como hay lugares, pueblos, sin el menor atractivo de simpatía o de algún otro interés para quien los visita, existen, en cambio, otros que cautivan, hechizan al que hasta ellos acierta a llegar. Esto es, precisamente, lo que me acaba de ocurrir a mí con esta Ciudad que parece arrancada de la Extremadura española y que con un sonoro nombre vasco se halla en pleno corazón de México: Durango, Victoria de Durango, es el pueblo del cual estoy profundamente enamorado...

Caen graves, lentas campanadas de la torre catedralicia. Es ya noche cuando hago mi entrada en este ciudad mansa, reposada, y mi primera impresión es la de hallarme en algún lugar de provincia hispana.

Hierros forjados, grandes portones acojinetados, algunos escudos señoriales, balaustrdas, balcones de maravilla con piedras labradas extrañamente en estilo Manuelino portugués, que son toda una filigrana, un verdadero primor de encaje pétreo. Y en muchas esquinas una cruz latina en lo alto del tejado. Decididamente estamos en tierras extremeñas, Olivenza la lusitana quizá, Mérida la romana acaso, posiblemente Badajoz...

Camino despacito, casi de puntillas para no quebrar este silencio augusto que envuelve a Durango y mi admiración crece de punto continuamente en mi recorrido callejero nocturno. Silencio, poesía, arte, romanticismo: Durango...

De pronto, mi propia sombra se despega del suelo para musitarme al oído los versos bienamados del poeta “castúo”, cantor del alma extremeña, que tantas veces he recitado:

...no cantaban las ranas, los grillos no cantaban a lo lejos, las bocanás del aire s’aplacaron s’asomaron la luna y el lucero, no yegaba, roando, de las sierras el dolondón de los cencerros... ¡Daba tanta quietú mucha congoja! ¡Daba yo no sé qué tanto silencio!

Paz y remembranzas, saudades, remanso espiritual en estas calles y plazas de Durango. Sentado en el bello parque frente a la Catedral suntuosa quedo ensimismado, mientras todo un tropel de recuerdos baila por mi mente en alocada zarabanda y contemplo esa maravilla del arte religioso que es su Templo Mayor, con magníficas torres esbeltas y grandiosidad imponente. Arriba, en una de las ventanas del campanario –curioso efecto de ópticaasoma la “figura” del fantasma que veía el sueño de las buenas gentes que en Durango habitan.

A mi alrededor silencio. Creo que voy a escuchar, de un momento a otro, como en nuestras más viejas ciudades, la voz del vigilante nocturno: ¡Ave María, las y media y serenooooo…!

A la emoción experimentada en mi recorrido de anoche por el escenario de la ciudad, sucede ahora otra, cuando llego hasta el fondo del mismo: El Cerro de Mercado, depósito inagotable de mineral de hierro, quizá el más rico venero de todas las Américas y que, según me dicen, tiene un volumen de más de treinta y cinco millones de metros cúbicos, cifra realmente astronómica que le hace a uno pensar en la cantidad de toneladas de hierro encerradas en el vientre de esta montaña. Desde mediados del siglo XVI, en que fuera descubierto por Ginés Vázquez de Mercado, este Cerro, no ha dejado un solo día de ser trabajado para arrancarle su rico tesoro.

Ya de regreso a la población nos damos a contemplar estos bellos paisajes que circundan a Durango y de nuevo, surge el recuerdo de las tierras extremeñas al cruzar un bellísimo Parque de amplias calzadas y copudos árboles centenarios. ¿Por qué lleva este lugar el nombre de ese caudaloso río que tantas veces he contemplado desde el largo puente de Mérida? Y ¿por qué razón se llama a la ciudad “La Perla del Guadiana? Desde luego no lo sé, pero me he prometido a mí mismo que habré de averiguarlo en la primera ocasión que se me presente.

Y en nuestro camino, echamos la vista a lo alto para contemplar un atractivo campanario, el del antiguo y hermoso templo de San Agustín.

Más adelante, una rápida ojeada por la arquería claustral del Instituto Juárez y, de pasada también, a la señorial y magnificente escalera principal del propio edificio, cuya visita en detalles dejamos para otro día.

En una plaza de rancio sabor se alza un viejo palacio que es donde actualmente se encuentra instalado El Gobierno del Estado. La impresión es magnífica con la filigrana de sus balcones y al entrar me detengo asombrado ante las pinturas murales que decoran el acceso principal, el patio, las escaleras. Representan escenas diversas de la Revolución y su factura es excelente, pero lo que de manera extraordinaria me atrae es la figura de una muchachita de unos diez años más o menos, que hay en primer término del mural a la izquierda del portalón. Diríase que es el propio Eugenio Hermoso, el pintor extremeño -¡siempre Extremadura!- quien vino hasta aquí para pintarla.

Es la misma cara de sus rapazas aldeanas, el mismo gesto, la propia sencillez, iguales colores. Y en la contemplación me quedo abstraído hasta que, alguien, llamándome, rompe el encanto de la evocación.

Y aquí pensaba yo ponerle punto final a estas líneas, rápido perfil de una más rápida visita viajera, pero entonces resultaría que a sus muchas faltas le habría agregado otra más, y esta imperdonable. Nada, ninguna mención para la gentileza, la simpatía de las gentes de Durango y la belleza de sus mujeres, en las que, creo haber observado, destacas los ojos, profundos, intensos, atrayentes…

Bueno, pues ahora sí; ya está dicho: Ellos muy correctos, muy hospitalarios, y ellas todo un dechado de simpatía y de belleza. Así es como yo he visto a Durango, Victoria de Durango, esa ciudad silenciosa y romántica, en pleno corazón de México, de la cual estoy enamorado, lo confieso.

JOSÉ VILLALBA PINYANA.

(Artículo originalmente titulado “¡Salve Durango!”, y está tomado del libro “Paisaje y figura de México y de España”, del autor referido, Ediciones Dertusa, México, sin fecha. El autor, de origen español, nació en 1904. Llegó a México en 1941, seguramente tras la Guerra Civil Española. En la presente transcripción se ha respetado la ortografía original. Nota de OJL).

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