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El Durango cinematográfico de Juan Antonio de la Riva

LETRAS DURANGUEÑAS

EL SIGLO DE DURANGO, 🕚
El Durango cinematográfico de Juan Antonio de la Riva

Cuando la realidad lastima, cuando la soledad duele… Una ilusión puede cambiar la vida.— (FRASE DEL MAKING-OF DE LA PELÍCULA).

Con un argumento del primer actor Alejandro Parodi (Q.E.P.D.), Juan Antonio de la Riva se lanza a dirigir su cuarto largometraje filmado en su tierra. Ya no trata de la forma de vida en la serranía, en esta ocasión le rinde tributo al cine. Pero no como en Vidas Errantes (ambulante y de exhibición), sino como arte filmado, concretamente al género Western. Érase una vez en Durango, representa un homenaje a todas las películas filmadas en los sets cinematográficos de ese estado.

La historia trata de un adolescente que asiste cada jueves a la proyección de películas en su pueblo. Se hace amigo de don Roque (Jorge Galván), el proyeccionista. Y comienza a soñar que se enfrenta a bandidos en el oeste. Un día a bordo de su bicicleta encuentra el pueblo fantasma que algún día fungió como set de filmación de varios westerns. En él habita como velador don Antonio (Jorge Luke) quien es un stunt retirado, un hombre que trabajaba como doble de acción en aquellas películas de vaqueros.

Don Antonio resulta ser un señor amargado y bastante gruñón. Por eso el pequeño Gabriel Nevárez (José Eduardo) sufre un poco al principio. Pero una vez que logra sensibilizar al viejo, lo convence de que le enseñe los trucos para poder ser algún día un doble cinematográfico en escenas de acción.

Como ya es su estilo, Juan Antonio de la Riva filmó toda la película en plano-secuencia. Al inicio sobresale la escena donde el personaje de Jorge Luke entra a la que era la cantina en el viejo set: se acerca a la barra, se sirve una copa, mira nostálgicamente hacia el centro del salón, y en eso aparece la acción de una pelea de borrachos. Todo en plano-secuencia, sin ningún corte, para mostrar cómo el personaje con nostalgia recuerda el éxito de antaño; el personal y el del pueblo del oeste. “Tener ante los ojos no significa necesariamente ver. Para mostrar mejor, el cine pasa por asociaciones de imágenes y de relato, por rodeos en un pasado imaginado, que supuestamente acentuará la realidad del presente de un personaje”. (Guerin, 2004). Todo tributo necesariamente indaga en el pasado, y encuentra las imágenes añoradas por el presente.

Los críticos inmediatamente compararon la cinta con Cinema Paradiso. La relación del niño con el viejo proyeccionista es ciertamente muy similar. En esta película parece clausurarse el constante homenaje al espectador viendo cine, desde Polvo Vencedor del Sol, Juan Antonio le rindió amoroso tributo a la gente que acude a ver películas. En el cine de su padre en San Miguel de Cruces, él mismo lo vivió en carne propia como los pequeños Salvatore y Gabriel. Recordemos que en su caso él nació y creció en una sala de cine.

Ramón Carmona hace una interesante reflexión acerca del espectador ante la pantalla:

Repasemos las condiciones en que se ejerce la contemplación de los films: pasividad relativa del sujeto, inmovilidad forzosa, superposición sensorial (vista/oído), vigilancia crítica. Si pensamos que entre los 6 y los 18 meses el niño, que se desenvuelve en una relativa incapacidad de movimientos, descubre su imagen y la de los demás (la madre que le lleva en brazos), identificándose con una imagen como forma de unidad corporal, como formación imaginaria, se podrá tender un puente entre la metapsicología y el dispositivo cinematográfico. (Carmona, 2010).

En esta ocasión el homenaje no sólo es al cine como espectáculo, sino como técnica de filmación, como industria. Es una evocación del cine dentro del cine. También con esa temática hay infinidad de películas, como ejemplo tenemos: Bienvenido-Welcome, de Gabriel Retes (México, 1994) y Vivir Rodando, de Tom DiCillo (EE. UU., 1995). Sin embargo, la diferencia en el caso que nos ocupa, es que se rememora a un género en particular y a toda una época.

Todos los personajes protagónicos de Juan Antonio de la Riva aman el cine. ¿Qué encuentran en las películas como para asistir cada semana a ver la función?.

La respuesta puede ser muy sencilla: encuentran diversión, y un pretexto para situarse por momentos en otra realidad. Y una definición más técnica la proporciona el guionista Jean-Claude Carrière:

La película se debe someter a la fatalidad de no ser más que una sucesión de fotografías inmóviles que nuestro ojo se dedica a encadenar, introduciendo así el movimiento en esta serie de inmovilidades. Un filme no es otra cosa que cine. En un encuadre delimitado, a menudo conscientemente escogido, debe mostrar cosas identificables. (Carrière, 1997).

Cine sin espectadores no tiene razón de ser. Ellos son el reflejo en el espejo. Y el cine dentro del cine es la realidad materializada de la ficción. Ambos conceptos convergen en el discurso nostálgico de un cineasta sin más ambición que contar historias de su tierra. No por eso es menos arriesgado. La realización de Érase una vez en Durango demuestra el cúmulo de recursos narrativos de un director maduro, de un ensayista visual con experiencia, pero también con dominio pleno del durangueñizado argumento original (parte final del ensayo De lo personal a lo universal: el ensayo fílmico de Juan Antonio de la Riva).

El Durango cinematográfico de Juan Antonio de la Riva
LETRAS DURANGUEÑAS. (ARCHIVO)