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ÓSCAR JIMÉNEZ LUNA
lun 30 jul 2018, 9:00am 21 de 32

Dolores del Río siempre recordaba su casa de Durango



LETRAS DURANGUEÑAS

Aurelio de los Reyes y García Rojas, David Ramón, Paco Ignacio Taibo I, Carlos Monsiváis, Elena Poniatowska, Vicente Leñero, y a últimas fechas Cintia Franco Dunn y María E. Silanes constituyen un rompecabezas de piezas bibliográficas -verdadera pasión intelectual- para componer un retrato que refleja una intensa y ejemplar vida dedicada al cine y al teatro, apuntando con talento las profundas aristas humanas, para desplegar en el horizonte la leyenda de Dolores del Río, nacida en la ciudad de Durango el 3 de agosto de 1904.

Así, de entrada subrayemos que nuestra artista ha contado con el acierto -¿suerte?en el recuento de su vida y obra. Bastaría con repetir los volúmenes firmados por Aurelio de los Reyes y David Ramón para comprobar estas palabras. Con el apoyo riguroso de la investigación y la voluntad por abarcar una aproximación de conjunto, dichos trabajos (ambos titulados Dolores del Río, el primero acentuando el apellido Río, el otro no) dan cuenta de las diversas etapas que configuran una existencia que seduce desde el inicio. Vale la pena entonces detenerse un poco en los comienzos de tan excepcional trayectoria. Como en las añoranzas de la diva sobre su casa de Durango:

“Mis primeros recuerdos de niña son alrededor de un patio, donde tuve mi encuentro con las flores y las plantas que todavía hoy me rodean…el patio de una típica casa de provincia: de un solo piso en el que estaban las recámaras, la salita, el comedor, y donde siempre había macetas cuajadas de flores. Recuerdo que mis primeros pasos fueron precisamente ayudándome yo misma a caminar, sosteniéndome de las macetas (…) Dentro, en la sala y en el comedor, había dos ventanales a través de los cuales veía pasar a la gente, sentada en el regazo de mi madre”, evocaría muchos años más tarde la bella duranguense. Estamos en el amanecer del siglo XX, en la residencia ubicada en la calle hoy llamada Hidalgo (antes se le nombraba como “Tercera del Seminario”, según el segundo biógrafo ya citado), número 311, casi frente al templo de San Agustín.

Obvias razones nos llevan igualmente a observar otras imágenes evocadoras. Se trata de los atardeceres durangueños que permanecieron en la memoria de la niña, mientras caminaba por lo sembradíos de habas situados apenas en las afueras de la ciudad, sin dejar de lado su filiación aristocrática, sus vivencias junto a sus imprescindibles mascotas (la adoración por los perros la acompañó todos sus días), la experiencia de entrar al mercado y la elegancia de sus vestidos y adornos infantiles. En ella la fórmula de Novalis recobra toda su verdad: la infancia es la verdadera Edad de Oro. Para los interesados apunto aquí que no tendría desperdicio que se consultara el reciente estudio de Graziella Alamirano Cozzi acerca de las pudientes familias de Durango del XIX para mejor aproximarnos a los antecedentes de Dolores del Río.

Hablando pues del entorno original, le debemos al escritor Paco Ignacio Taibo I una interesante recreación en donde, con las libertades del género narrativo, la personalidad cinematográfica se funde con la raíz nominal de su natalicio. Presentada por conveniencia como española por algunos de sus promotores en los Estados Unidos, los reportes biográficos iniciales obligan no obstante a la precisión ineludible: “llegaba la palabra Durango abriéndose camino tan limpia y cálida como si hubiera sido inventada un instante antes. Yo me dejaba llevar por mí mismo y escribía sobre ese nuevo Durango de casonas adormiladas, de sol y de árboles con flores rojas que convertían la calle en una alfombra cegadora sobre la que Dolores caminaba como quien navega, vestida de blanco, con los brazos al aire”. Para llegar, siguiendo la imaginación del novelista, a la composición culminante:

“--¿Cómo te llamas?

--Dolores. Dolores Durango”.

Vendrá pronto, como sabemos, su salida a la capital del país, con el ambiente cargado por los balazos de la Revolución Mexicana. Ya no se podía sostener la condición de privilegio social y económico que habían disfrutado en la provincia; la ciudad de México, en cambio, les garantizaba un estabilidad que fue definitiva en el desarrollo de la adolescente, quien ingresó pronto a un colegio de monjas. El círculo de refinamiento citadino en el que se desenvolvían la señorita Asúnsolo y sus amistades hizo posible que conociera a su futuro marido, el culto y distinguido Jaime Martínez del Río, que le llevaba dieciocho años de edad. Es evidente que disfrutaron una extraordinaria historia de amor, con una larga luna de miel europea, en medio de fiestas interminables, cenas de gala, y visitas a conciertos y óperas, como lo describen sus cronistas. Pero esa ya es otra etapa de su vida extraordinaria.

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