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Don Emilio Gutiérrez Valles también escribió dos libros

LETRAS DURANGUEÑAS

EL SIGLO DE DURANGO, 🕚
Don Emilio Gutiérrez Valles también escribió dos libros

Bastaría con repetir que don Emilio Gutiérrez Valles, no hace tanto fallecido, era un hombre rico que se preocupaba por los pobres, para considerarlo verdaderamente excepcional. Sin embargo, fue mucho más. Conocido como empresario exitoso, su notable labor social –en la Cruz Roja, en la fundación Cáritas- dejó una honda huella entre nosotros. Suyas fueron, pues, la generosidad y la solidaridad comunitarias.

Don Emilio –y bien que le venía el “don”- tuvo asimismo el buen tino de dejarnos dos libros de memorias. Se trata de “Muy cerca de mi ocaso” (2003) y “Yo te bendigo vida” (2005), cuyos títulos evocan el espíritu de gratitud de los versos de Amado Nervo. Son las hojas doradas de sus recuerdos: sus lejanos antecedentes familiares, entrelazados con su propio desempeño en los negocios y, de forma sobresaliente, su tarea como presidente municipal de Durango (1986-1989). Dichas obras, significativamente prologadas por la buena escritura de Enrique Mijares, van de la añoranza a la satisfacción del deber cumplido, del apunte histórico a la anécdota que recrea. Son renglones que al final reflejan un sincero sentido de la vida…y de la muerte.

No son entonces pocas las cosas que se desprenden de la lectura que nos ocupa. Del primer libro llama la atención, por ejemplo, el papel definitivo que jugó nuestro personaje en la investigación del Escudo Oficial de Durango. Apoyado por un equipo de interesados en el tema –Manuel Lozoya Cigarroa, Ricardo Lezama Pescador, Antonio Arreola Valenzuela, por mencionar solamente tres nombres representativos- se pudo precisar y publicar mediante el decreto correspondiente el contenido del emblema.

De igual manera los amantes del pasado durangueño saben que al repasar tales páginas se encuentran de pronto con un dato por demás interesante: el hecho de que el abuelo de don Emilio, Jesús Gutiérrez Barrera, haya sido asociado de José Revueltas, sí, ¡el padre de los famosos hermanos Revueltas! Se resalta así en un párrafo debido a don Victoriano Alonso: “Por una feliz coincidencia, don Jesús Gutiérrez y don José Revueltas se asociaron en sus negocios comerciales y la familia Revueltas se instaló en la casa contigua a la de don Jesús. Desde ese momento, Silvestre Revueltas, el hijo de don José, y Fidel Gutiérrez se entendieron magníficamente; Silvestre, con su violín siempre listo, y Fidel, con su piano siempre dispuesto, se ponían a tocar a dúo hasta perder la nación del tiempo”. Incluso, se subraya, que la sensibilidad literaria de Fidel lo mantenía cercano a Antonio Gaxiola, otro grande del arte y la cultura de Durango. Y al proseguir, no tiene desperdicio, por otra parte, la rememoración de otras figuras, ahora de la política, especialmente al detenerse en algunos exgobernadores de la entidad, de donde entresaca enseñanzas y alegrías.

Otros capítulos que guardan su atractivo, son los dedicados a los encuentros de las autoridades de los tres Durangos: el español, el estadounidense y el mexicano; la fundación del Club Campestre de Durango y, sin agotar la lista, los ayeres de algunos de nuestros pueblos.

En el segundo de sus libros, sin dejar nunca la mirada de la nostalgia, don Emilio se centra en otra de sus motivaciones principales: el desarrollo económico de su país, y por supuesto de su provincia tan entrañable. Sus páginas se envuelven en una tonalidad de despedida, como en el volumen anterior; pero ahora también transcribe textos que sintetizan el sentimiento de la valoración de haber sido (aunque los escritos que guardaba don Emilio no sean todos de las autorías que les atribuyen: García Márquez o Borges, lo que por otro lado no tiene gran importancia, sino la emoción que despertaron en la humanidad de su lector).

En las líneas de “Meditación”, con la misteriosa advertencia de “Lo encontré en mi escritorio”, se lee: “[Señor] haz que siga yo siendo razonablemente amable y ecuánime; aunque no quiero llegar a ser santo –es tan difícil convivir con algunos de ellos-, pero un viejo amargado es una de la obras maestras del Demonio. Dame la facultad de encontrar cosas buenas en donde menos lo espere y de hallar méritos en las personas más insospechables, otorgándome la gracia de reconocerlos”.

Así fue don Emilio Gutiérrez Valles, el hombre al que una vez –hace ya más de treinta años- le toqué la puerta de su casa ofreciéndole mis servicios topográficos, animado con las excelentes lecciones que me había dado en el Instituto Tecnológico de Durango el Ing. Guillermo Pérez Higareda, antes de que cambiara los números del teodolito por las letras de los clásicos. Sin conocerme, sin ninguna recomendación de por medio, para mi sorpresa me llamó por teléfono algunas semanas después. Me dio la oportunidad de medir el predio de “Las Margaritas”, casi el paraíso terrenal. Lo vi aquellos días lleno de vida, elocuente, tomando el aire fresco que se filtraba entre los pinos vigorosos y el agua zarca de los arroyos. Junto a su hijo Jorge, en su flamante camioneta blanca –con su hielera bien provista de quesos y de vinos tintos- e impregnado de las finas lociones que eran parte infaltable de su personalidad. De vez en vez, frente al templo de San Agustín, lo saludé siempre agradecido.

Don Emilio Gutiérrez Valles también escribió dos libros
LETRAS DURANGUEÑAS. (ARCHIVO)