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EL SIGLO DE DURANGO
lun 8 oct 2018, 8:55am 18 de 31

Nuestros dichos en un nuevo libro



LETRAS DURANGUEÑAS

Paréceme, Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, porque todos son sentencias sacadas de la mesma experiencia, madre de las ciencias todas. — DON QUIJOTE DE LA MANCHA

Durante varios años he seguido la trayectoria profesional del profesor e historiador Guillermo Gutiérrez García (Nazas, Durango, 1970), siempre con interés y admiración por una incansable labor que ha crecido con el tiempo.

Desde el rescate de las costumbres y tradiciones de su tierra, hasta la revaloración y difusión gastronómica de una región particular, pasando por las semblanzas de hombres y mujeres notables por sus aportaciones de la más diversa índole.

Así, separando la buena semilla de la paja, promoviendo lo que sin duda constituye un patrimonio para su comunidad, esta vez nos entrega un fruto igualmente elogiable: el hablar de su gente, la frase que identifica un lugar y seguramente también una época. “Los dichos de los abuelos. Dimes y diretes.

Rescate lingüístico y expresiones orales de los duranguenses” conjuntan, por ello, una parte sustancial de nuestra identidad norteña. El asunto histórico de referencia es, pues, por lo demás muy sugerente.

¿Cuáles términos nos caracterizan? ¿Qué vocablos indagan y revelan nuestras motivaciones más profundas? El refrán, la sentencia, son ventanas que nos vinculan con el mundo, porque comunican una forma de ser a través de lo festivo o a veces de su contraparte. En todo caso, la fórmula verbal lleva inevitablemente su impronta de sabiduría popular.

Ya los griegos y los latinos –digo a propósito aquíconocían bien los beneficios de la compañía de sentencias, adagios y proverbios, que caminaban al lado del discurso central de hombres y mujeres (palabra hablada o escrita), como un apoyo fundamental de sus venturas y desventuras. Y ya en el viejo castellano no faltan los testimonios que reflejan la importancia de tal acervo. El dicho –conseja de honda raíz- invariablemente ha sido un fiel amigo. Es, si se me permite, la sabrosa salsa de la lengua.

El autor de esta obra –tarea de compilación en la que colaboraron familiares, compañeros de trabajo y no pocos colegas del mismo- ha reunido un número muy representativo de este tipo de breve arte idiomático. Muchas de cuyas muestras, muy reconocibles por su cobertura más abarcadora, conviven con otras quizás más escondidas, y que en mi opinión son las que le dan un mérito mayor al presente volumen. Ahora son registros que antes no era fácil encontrar en investigaciones con intereses similares, aunque por supuesto circulan libremente y gozan de cabal salud gracias a la plática diaria. Sirvan de ejemplo los siguientes: “Agua parada no mueve molinos”, “Al que no le guste el fuste, que lo tire y monte a pelo”, “Apenas está el canasto pal garrero”, “Aprovéchate Matías, que de esto no hay todos los días”, “Así sí baila mija con el señor”, “Besos vendidos, no dados ni recibidos”, “Coincidiendo centros, aunque sobren puntas”, y sin que los valiosos hallazgos lleguen a su fin –con su carga alegre y su provechosa filosofía instantánea-, subrayo este otro, que no tiene desperdicio:

“Dios dijo: ahí los dejo, para que el más vivo viva del más pendejo”.

Habría que agregar, asimismo, varios elementos que le dan una estructura más integral al libro. En primer lugar, la explicación que el profesor Guillermo propone después de cada dicho, y que no es poca cosa. Hay un esfuerzo interpretativo digno de apuntarse. Como lo es la serie de fotografías que ilustran una las fuentes primordiales del acopio: abuelos y padres de cronistas y escritores durangueños, de donde se derivó –se entiende- el gusto y la afición por la palabra que guía, enseña y advierte. Y que este otoño nos llega como la hoja que ha cumplido su destino...para presentarse luego de su viaje a los agradecidos lectores.

Hay quienes nacieron para cultivar la tierra, digo para cerrar el prólogo; otros para construir casas o para llevar el agua y los alimentos a la mesa; por fortuna no han faltado tampoco desde las primeras eras los que con sus pinturas mejoran nuestro hábitat natural. Sin embargo, hay otros que se han dedicado a cultivar la memoria, el recuerdo más intangible, es cierto, pero al final más duradero. A esa especie extraordinaria –y por méritos propios- pertenece el autor que hoy nos ocupa: a preservar, a conservar lo que de verdad vale la pena mantener de pie (prólogo a la obra de referencia, de próxima presentación pública).

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