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ÓSCAR JIMÉNEZ LUNA
lun 15 oct 2018, 8:57am 17 de 34

En busca de nuestro tesoro bibliográfico



LETRAS DURANGUEÑAS

La maestra Elvia Carreño Velázquez, después de tomar algunas fotografías del lugar, me preguntó para redondear el asunto: ¿Qué es lo que quiere hacer? ¿Cuál es el proyecto a largo plazo? Se trata de llegar a construir una sala para albergar nuestras Colecciones Especiales, le dije. Estábamos frente a un pequeño terreno rocoso –aproximadamente 170 metros cuadrados-, situado un poco más abajo de la entrada principal de la Biblioteca Pública Central del Estado de Durango Lic. José Ignacio Gallegos Caballero. El lote baldío era un sobrante, un saldo muy accidentado que había quedado luego de la edificación en 1985 del actual recinto bibliotecario. Ubicada en la cima del Cerro del Calvario –ya unido al Cerro de los Remedios por el moderno Teleférico, recientemente inaugurado-, otro de los escasos altorrelieves de la ciudad, la biblioteca mira distante al Cerro de Mercado -“una verdad de fierro”, según las palabras del poeta Carlos Pellicer-, que los conquistadores españoles encontraron, desilusionados, cuando buscaban una montaña de plata.

De eso se trataba. Era mayo del 2005, y el fuerte sol durangueño dejaba caer sobre el Valle del Guadiana todos sus resplandores. Pero había que comenzar por el principio, como aconsejaba el clásico griego. Y así lo hicimos.

Durante mucho tiempo no supimos a ciencia cierta –y la frase viene muy bien al punto- sobre el verdadero valor histórico y artístico del Fondo de Origen de la biblioteca. Suponíamos, eso sí, que contábamos con la colección bibliográfica antigua más importante del norte de México. Pero no teníamos elementos de valoración especializada para sostener tal apreciación. Conocíamos mal nuestro propio patrimonio cultural.

Recuerdo que los usuarios comunes de la biblioteca al preguntar en los años ochenta por aquellos libros tan bien resguardados tras una cortina de madera, siempre recibíamos la misma respuesta: Se está haciendo el catálogo. No había manera de trasponer la barrera, salvo para algunos historiadores - principalmente de la localidad- y para los ocasionales visitantes distinguidos, obligadamente guiados por los directivos. Ahí permaneció por años, casi intocado, silencioso, aquel tesoro de libros.

Había que empezar entonces por llevar a cabo un recuento profesional del acervo antiguo, y no sabíamos cómo hacerlo. En la primera reunión de trabajo, en las semanas iniciales del entonces nuevo gobierno estatal (año 2005), convocados una veintena de investigadores duranguenses (ahora recuerdo a Luis Carlos Quiñones, Miguel Vallebueno Garcinava, Guadalupe Rodríguez López, José de la O Holguín; la encargada de la colección por más de dos décadas: Lourdes Blancarte Orozco, y a Ma. de la Luz Valtierra, asistente toda la vida del historiador José Ignacio Gallegos Caballero), la historiadora Martha Castañeda Neri nos habló de ADABI, organismo que ya tenía camino andado en el Archivo Municipal de Durango. También atienden bibliotecas, nos advirtió. Yo llevaba en la mano la magnífica edición de la revista Artes de México, dedicada un año antes a la Biblioteca Palafoxiana, y en cuyas tareas reseñadas en sus páginas ADABI tuvo un papel fundamental. En Puebla tienen a la Crónica de Nuremberg, el incunable de Hartamann Schedel, como uno de sus libros más antiguos. En Durango, guardadas las distancias, podemos decir lo mismo, también aquí tenemos esa obra maestra, señalé, mientras veíamos las maravillosas imágenes que ilustraban los artículos de Alberto Manguel, Roger Chartier, Pedro Ángel Palou y, entre otros, Jean Meyer. Acordábamos. La decisión del grupo fue inmediata: sigamos la ruta de ADABI. Aprendamos de experiencias similares. Recuperemos nuestro propio legado bibliográfico. Más tarde volví a recorrer el texto en que Alejandro Montiel narra todo el proceso del rescate de la Biblioteca Palafoxiana, como entreviendo el escenario emocionante y lleno de retos que nos esperaba.

No pasaron muchos días, cuando ya estaba yo hablando en la cafetería del hotel Casablanca con don Jorge Garibay Álvarez. Afuera, la ciudad también se preparaba para volver a su espléndido pasado arquitectónico. Sentí el abrigo generoso de su representación institucional. Sentí la mano de un hombre erudito y amigable. Ante mis muchas dudas, luego de hacerle un resumen de los planes, lo oí seguro: usted no se preocupe, haga una solicitud y le enviamos a una especialista para un primer diagnóstico del acervo. Por las vidrieras se veía la noche. La calle 20 de Noviembre ya prendía sus luces, y al final don Jorge me soltó una frase imposible de olvidar, y que sintetizaba inmejorablemente todo lo que nos proponíamos poner en marcha: los quijotes tenemos que juntarnos.

Por razones evidentes la realización del catálogo electrónico nos trajo de nuevo la figura de José Fernando Ramírez (1804-1871), el ilustre bibliófilo decimonónico, con cuya biblioteca personal se había fundado en 1853 la Biblioteca Pública de Durango. En un semestre los encargados de esta formidable colección aprendieron de las instructoras de ADABI lo que no conocieron en años: el tratamiento profesional de la documentación especial. De pronto, montados en la ola benéfica de esta asociación civil -dirigida con sensibilidad, conocimiento y amplio sentido de la colaboración institucional por la Dra. Stella María González Cícero-, recobramos el tiempo perdido, ingresamos a un movimiento nacional de rescate de la memoria colectiva. Estoy seguro que se tenía la sensación, mientras se trabajaba en el registro de los viejos libros, de que de alguna manera le estábamos sacando brillo a un tesoro escondido. No se quiere lo que no se conoce, sentencia el refrán popular, y es verdad: aún teniéndola, parecía que aquel muro nos entregaba una nueva biblioteca. Sin embargo, siempre tuvimos noticias de su grandeza.

Sería injusto, por ello, olvidar a todas esas personas que en determinado momento mostraron interés por la colección antigua. En medio de limitaciones de toda índole –apatía gubernamental, falta de información, ignorancia sociallos encargados de cuidar los libros a lo largo de siglo y medio merecen nuestra gratitud sin reservas. ¿Cómo olvidar la defensa emprendida por los trabajadores del recinto, haciendo guardias –incluso de noche- cuando en los años noventa un funcionario de rango superior trató de sacar el Fondo de Origen, supuestamente –lo que no era cierto- para trasladarlo a otro edificio en mejores condiciones? Llevada, pues, la biblioteca por diversos sitios, -desde la casa de José Fernando Ramírez, ubicada en la esquina que ahora forman las calles de Negrete y Bruno Martínez, hasta su actual sede, pasando por el ya desaparecido e inadecuado edificio que estaba en el paseo de Las Alamedas- finalmente el acervo tiene, como ya se mencionó, su espacio definitivo.

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