Mexicanos a sangre y fuego: el Heroico Batallón de San Patricio

Nosotros

SEGUNDA PARTE

Dedicado a Su Excelencia Eamon Hickey, Embajador de la hermana Irlanda en México

Este desacierto del Generalísimo permitió que las fuerzas de Taylor, al no ser aniquiladas, se sumaran a las del general Scott en Veracruz, abriéndose camino fácilmente hacia la capital mexicana. Como parte de la estrategia para sumar a más desertores a la causa nacional, Santa Anna emitió desde Orizaba un volante en inglés donde enlistaba concesiones para cualquier estadounidense que se pasara del lado mexicano, en tanto John Riley preparó una circular que debido al avance norteamericano no logró imprimirse, dirigida: "A mis amigos y compatriotas en el ejército de Estados Unidos: El presidente de esta República […] les ofrece una vez más su mano y los invita, en nombre de la religión que profesan […] a impedir que sus manos asesinen a una nación cuyos pensamientos y hechos nunca los dañaron a ustedes ni a los suyos".

La última gran batalla de estos hombres se llevó a cabo en Churubusco, donde los defensores se quedaron sin pedernal ni municiones y lucharon contra los estadounidenses cuerpo a cuerpo. El corresponsal del diario Picayune de Nueva Orleáns, que acompañaba al ejército invasor, ofreció testimonió de los hechos: "…la guarnición completa, con la excepción de los pocos que lograron escapar durante la parte inicial del conflicto, se rindió. Los que se negaron con más vigor fueron los desertores del batallón de San Patricio, quienes pelearon con desesperación hasta el final, arrancando con sus propias manos varias de las banderas blancas izadas por los mexicanos como prueba de rendición".

Para el Batallón de San Patricio Churubusco marcaría su fin. Después de un armisticio de dos semanas durante el cual se emprendieron negociaciones de paz, se llevó a juicio a los san patricios capturados bajo cargos de deserción y servir en las filas mexicanas: sesenta se declararon inocentes, once se declararon culpables y otro, Edward Ellis, se negó a hacer una declaración, alegando que nunca había hecho juramento como soldado del ejército de Estados Unidos.

Mientras esto sucedía, docenas de personas suplicaban a las autoridades estadounidenses que les perdonaran la vida a los san patricios. Los apelantes, además de altos oficiales mexicanos incluían al arzobispo de México, al embajador británico, veinte ciudadanos estadounidenses que eran extranjeros en la capital, varias mujeres de la sociedad mexicana y demás individuos, según manifiesta una carta que decía: "Humildemente rogamos que Su Excelencia el General en Jefe de las fuerzas estadounidenses tenga la gracia de complacerse en otorgar un perdón al capitán John O'Reilly de la Legión de San Patricio y, hablando en general, a todos los desertores del servicio estadounidense". Ante la presión, Scott solo redujo las sentencias de quince san patricios. A Riley y cinco compañeros se les suspendió la pena de muerte porque habían desertado antes de que el Congreso estadounidense declarara la guerra. En vez de ser ahorcados, estos hombres recibieron cincuenta latigazos en la espalda y fueron marcados a hierro con una letra "D" (de desertor) de cinco centímetros, permaneciendo prisioneros mientras el ejército invasor se mantuvo en el país.

El 7 de septiembre de 1847 terminó el armisticio, y mientras continuaban las batallas en los alrededores de la ciudad de México, los san patricios condenados enfrentaron su sentencia. El 10 de septiembre 14 hombres fueron atados a los árboles en la plaza de San Ángel donde un arriero les infligió cincuenta latigazos en sus espaldas en tanto 16 san patricios vestidos con sus uniformes mexicanos eran colgados. Nueve de los cuerpos fueron enterrados en las cercanías, y sus tumbas fueron cavadas por Riley y los otros prisioneros marcados. Tres días después de las ejecuciones de San Ángel, los treinta restantes fueron ahorcados cerca de Mixcoac de una manera cruel y dramática: el coronel William Harney coordinó las ejecuciones con el asalto estadounidense al castillo de Chapultepec, que se veía claramente a distancia. En la madrugada colocó a los prisioneros en las carretas debajo de los cadalsos y anunció que permanecerían ahí, con las sogas alrededor del cuello, hasta que la bandera estadounidense se izara sobre el castillo. Poco antes de las nueve y media de la mañana, cuando las barras y las estrellas remplazaron al águila mexicana sobre el castillo, el coronel ondeó su espada al aire y las carretas avanzaron, lanzando a los san patricios hacia la eternidad.

De los sobrevivientes del Batallón, la mayoría fueron removidos de sus cargos, otros siguieron arrestados y algunos más fueron deportados o trasladados como Riley a Puebla de los Ángeles. Aunque la ciudad era un lugar de servicio agradable y Riley un oficial de cepa, parece no haber recibido una atención digna pues para julio de 1848 se quejaba con el cónsul británico en la capital mexicana: "Me he estado muriendo de hambre en estas calles de Puebla". Para el verano de 1850 Riley recibió licencia absoluta con honores y la paga completa por incapacidad de servicio para después ser enviado a Veracruz. Samuel Chamberlain sostiene en sus memorias que éste se casó con una acaudalada señora y se quedó a vivir en México. Sin embargo, otros indicios más recientes apuntan a sus descendientes, quienes refieren que se casó con una alemana llamada Lomlimak Fostenberg embarcándose en Veracruz rumbo a Tejas para establecerse ahí, volviendo a México en 1879 sólo para morir enterrado en la catedral veracruzana, bajo el suelo del país que adoptó como suyo.

Dos veces al año, mexicanos e irlandeses se reúnen en la plaza de San Jacinto en San Ángel para honrar a John Riley y a sus hombres en una ceremonia conmovedora por sus participantes aunque insuficiente por parte del gobierno mexicano: no fue sino hasta 1999 cuando el Congreso de la Unión declaró a los miembros del Heroico Batallón de San Patricio Beneméritos de la Patria. No obstante lo anterior, sus nombres siguen ausentes de las paredes del Salón de sesiones del Congreso, esperando que la Justicia y la Memoria Histórica les abra un espacio que llenarían más dignamente, por encima de la gran mayoría de los nombres que sin merecerlo, ocupan-y usurpan por desgracia- lugar en este recinto.

enrique.sada@hotmail.com

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