A sangre y fuego: la toma de La Laguna en 1914

Nosotros

Dedicado a la Comarca Lagunera y a la Heroica ciudad de Gómez Palacio

El 9 de diciembre de 1913 las fuerzas federales acantonadas en la ciudad de Torreón se preparaban para recibir en la siempre concurrente estación del ferrocarril nada más y nada menos que a una de las figuras más controversiales y respetables del ejército huertista tras el desalojo de las fuerzas revolucionarias de Calixto Contreras y José Isabel Robles de aquella plaza durante el mismo año: el general José Refugio Velasco

Grave y adusto por fuera, aunque dubitativo y conflictuado en sus adentros, Velasco llegaba designado directamente por órdenes de Victoriano Huerta para ponerse al frente de la llamada División del Nazas que en teoría debía preservar tanto a la Comarca Lagunera de Coahuila y Durango de cualquier avance o regreso de la División del Norte, bajo la dirección del general Francisco Villa, o de cualquier otro jefe militar adscrito al Ejército Constitucionalista bajo el mando, todavía íntegro, del Primer Jefe: Venustiano Carranza.

El desalojo previo de los jefes revolucionarios de la ciudad de Torreón como plaza importante para dos estados, así como punto estratégico de encuentro por la afluencia del ferrocarril central con el internacional, se debió en buena parte a la necesidad de contar con suficiente bastimento para asistirla en su defensa así como a la inminente toma del estado de Chihuahua y su capital por parte de Villa, siguiendo las órdenes del Primer Jefe hasta cierto punto, al igual que la voz de su propio instinto.

Tras la ocupación de Chihuahua, el establecimiento de un gobierno provisional y el abasto pleno de las necesidades propias de lo que fuera el brazo fuerte de la Revolución Constitucionalista, Villa recibe con beneplácito la notificación por parte de Carranza en donde se le informa sobre la incorporación a sus filas de quien fuera el hombre institución por excelencia del Ejército Mexicano: el general Felipe Ángeles. La mancuerna de arrojo, inteligencia y humanismo que siempre caracterizaron al general Ángeles (ansioso de reincorporarse a las filas revolucionarias tras su exilio en Francia) así como la bravura y la intuición que eran propias del "Centauro del Norte" habrían de coronar de gloria al movimiento constitucionalista desde su partida de Chihuahua hasta la toma de Zacatecas.

Tras la incorporación del constitucionalista Miguel Díaz Lombardo en Chihuahua, sobrino del heroico Miguel Miramón, la División del Norte emprendió la marcha rumbo al sur. El 20 de marzo Villa estableció su cuartel general en Bermejillo mientras Velasco concentraba sus fuerzas en Gómez Palacio y establecía ahí su propio cuartel general. Ese mismo día, Velasco recibió una llamada telefónica muy particular:

-Buenas tardes, señor general Velasco…

-Buenas tardes, señor general Ángeles…¿De donde me llama usted?

-De Bermejillo, señor general.

-Pero…¿Ya tomaron Bermejillo?

-Sí, señor general.

-Pues los felicito por su nuevo avance… ¿Y les hicieron muchas bajas mis soldados?

-Casi no nos hicieron ninguna, señor general. Por eso le hablo desde aquí, cumpliendo con un deber, y le digo que ahorraríamos muchas vidas de hombres mexicanos si ustedes, viendo cómo no podrán nunca contenernos en nuestro avance, deciden entregarnos esas plazas que ahora ocupan.

-Un momento señor general, voy a cavilar sobre sus palabras, no sea que me parezcan inútiles…

Un momento de duda traducido en silencio envolvió a Velasco, dubitativo ante el desarrollo de los acontecimientos que sin lugar a duda cruzaron por su mente. Cuando la usurpación de Huerta, estando de comandante militar en Veracruz, al recibir la noticia del envío de Madero y Pino Suárez exiliados para embarcarse rumbo a Cuba, Velasco se mostró renuente a aceptar a Huerta y le notificó a este último que recibiría a los derrocados con los honores presidenciales que les eran correspondientes. Esta situación motivó seguramente al usurpador para llevar los consejos de Wilson hasta sus últimas consecuencias, asesinándolos a traición y convirtiendo a Velasco en responsable indirecto de la muerte de ambos próceres. Consciente del papel que jugaba como hombre y militar dentro de este drama, este último intentó justificarse ante sus mismos subalternos: "Sé que apoyamos a un traidor y a un asesino usurpador, pero Villa no es más que un bandolero".

El general Velasco ya no quiso responder y puso a contestar nada menos que al coronel Solórzano, quien expresó desatibanamente que eran los revolucionarios quienes debían de rendir las armas ante Victoriano Huerta, cortándose la comunicación. Al poco tiempo volvió a sonar el teléfono en Bermejillo y el mismo Villa tomó la llamada, queriendo evitarle un disgusto al general Ángeles, desarrollándose la siguiente conversación:

-¿Con quién hablo?

-Con Francisco Villa, señor.

-¿Con que con Francisco Villa?

-Sí señor, con Francisco Villa.

-Muy bien. Pues para allá vamos dentro de un momento.

-Pasen ustedes señores, que serán recibidos con cariño.

-Pues prepárenos la cena.

-Señor, yo creo que no dejará de haber quien les venda de comer.

-Ya le digo: para allá vamos.

-Muy bien señor. Y si no quieren molestarse sus mercedes, nosotros iremos en su busca. Porque nosotros, señor, no hemos andado tantas tierras más que por el gusto de pasar a verlos. Ya va para mucho tiempo que yo y mis hombres revolucionarios nos fatigamos de ir a dondequiera que ustedes se posan.

-¿Y son ustedes muchos?

-No tantos señor: dos regimientos de artillería y diez mil muchachitos que aquí les traigo para que se entretengan.

- …¡Ya vamos saliendo de Torreón, y vamos a Bermejillo a desbaratarlos!

-Usted señor ha de ser uno de esos habladores que ya no se usan. Según yo creo, no sabe los que es el verdadero trato de los hombres, pero viva seguro que yo lo he de agarrar y entonces le inculcaré las enseñanzas de la guerra.

Villa colgó el teléfono para no recibir contestación y de esta manera quedaron abandonadas las pláticas para una pacífica rendición de la plaza tal como Ángeles hubiera deseado.

Las fuerzas revolucionarias concentradas en Bermejillo y que avanzaban a Torreón sumaban cerca de dieciséis mil hombres en tanto que las huertistas esperaban al frente con seis mil soldados concentrados por Solórzano, Almazán y Argumedo. La batalla encarnizada por la plaza se prolongó desde finales de marzo hasta el 2 abril, concentrándose la lucha y el cañoneó sobre el margen poniente del Río Nazas, en la vecina Gómez Palacio, ocupada a base de grandes sacrificios por parte de las huestes revolucionarias que tras la toma del Cerro de la Pila, Santa Rosa y Las Calabazas hicieron de la misma su cuartel y base de operaciones. Sin lugar a duda, la resistencia, la desolación y el constante bombardeo de esta ciudad entre federales y constitucionalistas la ponen a la altura de heroica, al igual que la ciudad vecina, debido al sufrimiento prolongado de su población tanto como por los efectos propios de la gran mortandad y destrucción de sus principales calles y edificios en tanto fungió el verdadero campo de batalla en donde se disputaron la ocupación definitiva de la llamada "Perla de la Laguna".

Entre la noche del 1 de abril y la mañana siguiente, las fuerzas revolucionarias avanzaron hacia el margen poniente del río Nazas para encontrarse con una sorpresa inesperada: los federales al mando de Velasco habían desocupado la ciudad tomando el tren rumbo a Viesca, algunos en plena fuga en tanto otros con la esperanza de hacerse fuertes en San Pedro de las Colonias.

Al triunfo de la División del Norte en la Laguna, con Villa y Ángeles a la cabeza, los días de la usurpación huertista estaban contados; pero también sería aquí y a partir de este hecho en concreto donde la escisión y el recelo mutuo surgidos al fragor de la lucha entre los caudillos revolucionarios, por la envidia de Carranza y la insidia del grupo sonorense, había quedado manifiesta, pendiendo como sombra amenazante con el conato de una nueva guerra civil que ya se sentía próxima dentro de las filas de las fuerzas constitucionalistas, aún con el triunfo entre las manos.

enrique.sada@hotmail.com

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La mancuerna formada por Francisco Villa y Felipe Ángeles tras la toma de Torreón y La Laguna hizo de la División del Norte, como ejército del pueblo, el brazo triunfante del Constitucionalismo.
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