¡Viva Villa!

Nosotros

Primera Parte

Como se sabe, el general Pancho Villa - cuyo verdadero nombre fue Doroteo Arango Arámbula -, murió asesinado en el pueblo minero de Parral, en el sur del norteño y enorme estado de Chihuahua, el 20 de julio de 1923. Según aseguran las malas lenguas, ello ocurrió por órdenes o, al menos, con la aquiescencia del presidente Álvaro Obregón. Otros le echan la culpa a Plutarco Elías Calles…

También se dice que, alrededor de un año y medio antes de su muerte, Villa había recibido una buena oferta de un productor cinematográfico de Los Ángeles, para que participara en una película sobre él mismo, desempeñándose como actor principal y que algunos de sus "dorados" la hiciesen de comparsas.

Supuestamente a Villa le llamó la atención la idea, no se sabe si para ganar más popularidad o los honorarios ofrecidos por el gringo, mas las condiciones en que vivía lo obligaban a no alejarse mucho de su residencia de la Hacienda de Canutillo, en el norte del estado de Durango y a unos 50 kilómetros del mencionado Parral.

Dicha hacienda le había sido entregada por el Gobierno a cambio de su "pacificación" y retiro de la contienda y de la vida pública. Por ello se le estableció como condición que el cineasta norteamericano recabara previamente el permiso específico del Presidente de la República. Éste se negó rotundamente a concederlo, y ante la insistencia del productor y sus argumentos de que ya había hecho inversiones importantes con tal fin, sigue diciendo el cuento, Álvaro Obregón declaró categóricamente: "Si usted pone a Villa al frente de un nutrido grupo de hombres a caballo, aunque sean nomás extras de cine, con toda seguridad que en poco tiempo ni usted ni yo estaremos en paz". Si non é vero, é ben trovato.

Por culpa de Obregón, pues, nos quedaremos siempre con la sensación de que, tal vez, el firmamento de Hollywood perdió lo que pudo haber sido una de sus más refulgentes estrellas. Lo que sí es indudable es que, de haberse hecho el dichoso film, ahora constituiría un documento sensacional, cualquiera que hubiese sido el resultado cinematográfico desde un punto de vista estético.

- - - o - - -

A pesar de su inmensa popularidad a lo largo y ancho de la Nación y aun fuera de ella, Pancho Villa fue el último gran revolucionario que ingresó al panteón cívico nacional. No fue hasta 1967 cuando su nombre fue impuesto con letras de oro en la Cámara de Diputados, junto con el de varios amigos y no pocos enemigos, y el 20 de noviembre de 1969, se inauguró una espléndida estatua ecuestre en un gran parque de la Ciudad de México. Aunque es cierto que dicho parque desvía el tránsito de una gran avenida que, desde unos tres lustros atrás, ya se llamaba "División del Norte". Como todos saben es éste el nombre que Villa le puso a su ejército 1914, cuando, más o menos a las órdenes de Venustiano Carranza, se lanzó abiertamente contra el gobierno de Victoriano Huerta.

También conviene recordar que, según el pensar de muchos mexicanos antiguos, fue precisamente entonces, a principios de 1914, después de la toma de Ojinaga, cuando dio comienzo en verdad la Revolución.

La estatua, ecuestre como corresponde a un jinete tan afamado, es obra del ameritado escultor de origen valenciano Julián Martínez Sotos. Se dice que es uno de los 456 niños llamados "de Morelia" que fueron asilados en México en 1937, en plena Guerra Civil española. Sin embargo no lo encontré en ninguna de las listas oficiales de ellos. Como quiera, el caso es que Martínez tomó el modelo de una famosa fotografía de Villa que le fue tomada cuando éste salió triunfante en Ojinaga, el 10 de enero de 1914, sin importar que en ella Villa tomara las riendas con la mano derecha, como se supone que no deben hacerlo los buenos jinetes.

Cabe decir también que no es ésta la única foto en la que se ve a Villa empuñando la rienda con la diestra. ¿Será, según los criticones expertos en equitación, que el Centauro del Norte no era buen jinete o es el caso de que los expertos a veces son muy mamilas.

En 1976, los restos de Villa fueron trasladados desde Parral -su sede primigenia- hasta el gigantesco monumento de la Ciudad de México, que originalmente iba a ser la sede de los diputados, pero que, inconcluso, la Revolución de 1910 se lo dedicó a sí misma. Ahí reposa ahora, se dice, lo que queda de Villa, junto a otros próceres relevantes de la magna gesta, incluso enemigos de él. ¡Todo cabe en el regazo revolucionario!

Por cierto esta reubicación deja mal parada la letra de algunos de los corridos o cánticos más famosos y hermosos sobre Villa, como el que habla de unos jilgueros y cenzontles que "van volando a parar sobre Parral, donde descansa el general Francisco Villa", acompañado tan sólo por las "hojas secas que le ofrenda el vendaval…".

Adiós, adiós… mis avecillas,

yo también quiero recordarle a mi Nación,

que allá en Parral… descansa Villa,

en el regazo del lugar que tanto amó.

Quizás ahora habría que cambiar los dos últimos versos diciendo:

Que allá en Parral, ya no está Villa,

lo carranceó el Distrito Federal.

Corre, sin embargo, la conseja de que, al saberse de las intenciones gubernamentales de exhumar lo que quedaba del Centauro del Norte o incluso antes, unos "villistas" recalcitrantes permutaron de lugar sus restos con otros de las inmediaciones y que los auténticos siguen muy cerca del mismo sitio de siempre. No sé si será cierto, pero desde que visité Parral por vez primera, y supe de tal conseja, he gozado acariciando muy cariñosamente la idea de que a Villa no se lo hubieran en verdad carranceado los de la ciudad de México y, lo que es peor, lo dejaran en una compañía que, de seguro, le hubiera desagradado sobremanera a nuestro héroe.

Más aún: desde que tuve la dichosa oportunidad de asistir a las Jornadas Villistas de 2016, presenciar el 20 de julio escenificación de su vida en el preciso lugar donde fue vilmente asesinado, saber del simulacro de su velorio y asistir al de su entierro, me quedé plenamente convencido no solo que no está en el D.F. sino de que no ha muerto y, como nos dijo a manera de bienvenida un parralense, "ahora galopa más que nunca".

A partir de entonces, cada vez que he pasado por el Monumento a la Revolución, a diferencia de antaño, ya no me detengo un instante para dedicarle un recuerdo, suelo pasar de largo, pero eso sí, no dejo de dedicarle una fuerte alusión al árbol genealógico de sus asesinos.

Tan descuidada llegó a estar la tumba de Villa a poco de su muerte que, incluso, fue ultrajada en 1926. Se dice que fue un estadounidense quien se llevó a su país el cráneo del difunto revolucionario. El pueblo lo recordó:

No respetan ya los gringos ni la paz sepulcral,

pues profanaron la tumba de Pancho Villa, en Parral.

Se le puso en el magín a un mercachifle sajón

que ganaría muchos pesos explotando un buen filón.

CONTINUARÁ

Si tiene comentarios, escríbanos a: yromo@elsiglodetorreon.com.mx

Compartir Tweet G+ Share Pin It
Noticias relacionadas
Además lee