Las desventuras del coche de Villa

Nosotros

Es un Dodge 1922 en el que, el 20 de julio del año siguiente, fue acribillado en la ciudad de Parral el más famoso de los mexicanos de todos los tiempos: Francisco Villa

Tuve la oportunidad de conocer la máquina sesenta años después. Bastante desaliñada, por cierto. Estaba en la capital de Chihuahua, en la misma casa donde había vivido su dueño cuando fue un buen gobernador de esa entidad, en compañía de Doña Luz Corral, una de sus 25 esposas.

Precisamente de esta señora lleva el nombre dicho inmueble, sito en la calle 10-A # 3010, (Col. Santa Rosalía).

A su fallecimiento la finca pasó a ser propiedad del Ejército y se decidió erigir en ella un Museo de la Revolución.

El General Secretario era Félix Galván, muy interesado en dicho asunto. Era oriundo de Guanajuato pero estaba aquerenciado en Chihuahua. Por eso el jefe de los militares militar iba casi cada fin de semana en su aeroplano a ver la obra y nosotros aprovechábamos "el aventón".

No se sabe desde cuando había pasado el automóvil en cuestión a residir en la "Quinta Luz". Pero ya está registrado en el inventario de 1981.

Obviamente su carrocería, semejante a un gran colador, era testimonio de cómo se habían ensañado los sicarios, especialmente contra Villa y Miguel Trillo, aunque toda la escolta murió igualmente en la refriega. Asimismo, las gallinas que lo habitaban habían dejado sus huellas, mas la tapicería no estaba tan mal. Después de una limpieza cuidadosa que respetara las manchas de sangre, y unos parches de un buen artesano la dejaron en estado conveniente.

El motor sí estaba del todo inservible y costaba un dineral recomponerlo. Los recursos iban escaseando conforme avanzaba aquel 1982 en el que "nos saquearon" y de nada sirvió la canina defensa del peso que hiso el presidente.

De tal manera, la ampliación presupuestal que reclamaba la reparación fuertes dudas que predominaron sobre el valor que pudiera llegar a tener que el vehículo anduviera por esos mundos de Dios, hicieron que el mismísimo Presidente opinara en favor de la conveniencia de dejar la máquina como estaba.

Menos de tres años después se reconoció el error de no disponer que ese coche se pudiera en movimiento. Recuérdese que, en 1985, para celebrar el aniversario 175 del Grito de Dolores y el 75 de la Revolución, viajaron por todo el país, con gran éxito por cierto, la campana cuyo tañido propició el arranque de la lucha libertaria en Dolores y el original de la Constitución de 1917, que encarna el ideario de la Revolución.

Cuando comenté el asunto del coche en la Secretaría de Gobernación, durante los preparativos de aquella cruzada cívica, se arrancaban los pelos nomás de pensar que nuestra Carta Magna pudiera haber viajado precisamente en el mismo vehículo en el que el Centauro fue acribillado. No cabe duda que el éxito hubiera resultado apoteótico.

Lo cierto es que yo había sostenido mi postura en favor de que el coche funcionara diciéndole al Gral. Galván que, si él se sentaba en el asiento de atrás y me dejaba manejarlo hasta la Ciudad de México, al pasar por Celaya, hubiéramos encabezado ya un contingente de voluntarios armados qye hubiera bastado para sentarlo en la Silla Presidencial…

El hombre me seguía la broma, pues ya me había depositado mucha confianza, a pesar del gran recelo con que me vio al principio. Resulta que la jefa del proyecto museístico, la doctora Eugenia Meyer, quien además de ser una experta en temas de la Revolución Mexicana era muy guapa, me había invitado como asesor "por mi visión provinciana" a pesar de que residía en la Capital, pero Galván, a pesar de su edad, no gustaba que le hiciera "mal tercio". Mas un día osé hacerle esta pregunta: "Mi general, ¿sabe usted que el General Durazo no es general de División?"

Eran del dominio público cómo molestaban a la milicia mexicana los desplantes pretensiosos y arbitrarios de "El Negro" Durazo.

Con una mirada de furia que pocas veces he visto me espetó: "¡Claro que no!". No señor, le dije, "es general de mul-ti-pli-ca-ción".

La metamorfosis fue inmediata. Todavía oigo sus carcajadas cuando pasé de ser "ese señor" a "mi querido doctor". De ahí la relación se fue pa'l real y me gané la confiancita suficiente como para hacerle la propuesta referida.

Estaba clarísimo que era un chiste, pero no dejé de percibir en sus ojos un brillo fugaz que nunca le había visto ni le volví a ver.

Lo que resultó un desastre fue el tema de los impactos de bala en la carrocería que, a mi parecer, eran lo más valioso del coche. Entre una visita semanal y otra, el residente lo mandó laminar y lo dejó como si acabara de salir de la agencia. La furia de Galván fue enorme y el resultado fue que, al volver una semana después los agujeros volvieron a aparecer, pero no se cuidó que estuvieran exactamente en el mismo lugar. No sé cómo los hicieron, porqué las balas debieron ser cuadradas…

El museo se inauguró con toda pompa el 17 de noviembre de 1982. Quedó a cargo del Ejército y todavía sigue en un estado razonablemente bueno. Pero no faltó el experto que se dio cuenta de que los impactos no coincidían con las fotos obtenidas el día del crimen y surgió la versión de que ese no es el verdadero coche de Villa y de que éste se vendió en Los Angeles. Gracias a ello estuve a punto de que me enjuiciaran.

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