Durangueños según Enrique Krauze

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La reciente iniciativa presentada en el Congreso del Estado –muy acertada, como veremos-, con el fin de otorgarle la condecoración José Fernando Ramírez al historiador Enrique Krauze nos permite volver a repasar las aportaciones del reconocido intelectual a acerca de algunos personajes durangueños.

Porque además siempre será conveniente observar en perspectiva lo que nos atañe, y seguramente se tendrán ventajas de análisis si contamos con reflexiones debidas a intelectuales de prestigio. De esta manera se evitaría, al menos en parte, las reducciones de la crónica local y oficial –acríticas y a modo de los intereses políticos del momento-, lo que permitiría, en cambio, la aproximación a otras aristas de próceres hasta entonces inamovibles de su altar cívico. Recobrar otras miradas sobre lo durangueño o los durangueños…tal es el propósito del presente artículo, por lo ya mencionado, en este caso a través de la cita de los ensayos de Krauze.

Entre los historiadores contemporáneos de México, Krauze tiene un lugar muy notable, cada vez más reconocido con galardones más allá de las fronteras nacionales. Nacido en 1947, y doctorado por el Colegio de México, el autor de “Por una democracia sin adjetivos” -entre más de una veintena de títulos- ha dedicado no pocas páginas, subrayemos, a personajes nacidos en nuestra tierra. A manera de sustentación, y dada su relevancia académica y cultural, vale la pena repasar brevemente los libros que directamente los atienden. Se apuntan (en una muestra de textos representativos) según el orden cronológico de las personalidades tratadas, y no por las fechas en que aparecieron las obras que los revisan.

En “Siglo de caudillos” (Tusquets, 1994), dentro del repaso que hace de los acontecimientos políticos del país durante el siglo XIX, Krauze se detiene en forma sumaria en la figura de Guadalupe Victoria, y tras subrayar su cercanía con Morelos lo califica como “el honesto presidente”.

La vocación bibliográfica y bibliófila del ilustre historiador José Fernando Ramírez le merece, por otra parte, mucha más atención. De hecho, lo nombra figura tutelar de su propia formación profesional, junto a Daniel Cosío Villegas, Luis González y González y Octavio Paz. Así, en “La presencia del pasado” (Tusqutes, 2005) lleva a cabo un recuento biográfico de Ramírez, de su trayectoria intelectual y avatares políticos. Se lee, por ejemplo en el capítulo llamado significativamente “Héroe de la historiografía”: “su esmerada preparación humanística era un compendio de los siglos, las disciplinas y los idiomas. Ramírez leía francés, italiano, alemán, inglés y latín; le interesaba la historia, la filosofía política, la literatura y la teología; citaba las Sagradas Escrituras, a los historiadores clásicos, los Padres de la Iglesia, la teología positiva, los enciclopedistas del siglo XVIII y los liberales del XIX (…) En Durango formó de joven una sociedad patriótica con el objeto de propagar la instrucción pública (…) Pero este abogado, tribuno, legislador, jurista, juez, industrial, minero y teórico político, tenía una pasión aún más profunda que la política y el servicio público: la historia. Desde joven había comenzado a coleccionar libros de todos los temas que le importaban, en particular sobre temas de historia antigua de México (…)”. Es importante señalar que el eminente polígrafo también fue el tema de la lección inaugural del director de Letras Libres, al ingresar no hace tanto al Colegio Nacional.

Francisco Zarco Mateos, el célebre periodista igualmente decimonónico, es objeto del elogio sin reservas de Krauze. Recrea su itinerario y talante moral en el volumen Mexicanos eminentes (Tusquets, 1999), del que se selecciona lo siguiente: “Hojear libremente los 20 tomos de su obra, encontrar de pronto un pasaje conocido, fijar la atención en algunos textos, discursos, piezas parlamentarias, leer, en fin, a Francisco Zarco, ha resultado una experiencia triste. No se trata, por supuesto, de que algo falle en la admirable compilación y edición de Boris Rosen (Francisco Zarco, Obra completa, 20 tomos), a quien debíamos ya, entre otros aportes históricos, el rescate de las Obras completas de Guillermo Prieto y de Ignacio Ramírez. Es más bien la pureza, la juventud, la esperanza de las páginas de Zarco lo que produce una admirable desazón. ¿Cómo no contrastar aquella fugaz aurora del espíritu liberal, republicano, democrático, con los tiempos oscuros que vivimos? La obra de Zarco es el testimonio del México que pudimos haber sido, el proyecto que abandonamos hace más de un siglo y que ahora, cuando más lejos está dentro de nuestro horizonte, representa casi nuestra única posibilidad de reconstrucción nacional”.

Por último, en este rápido recorrido, citemos siquiera dos o tres párrafos acerca del Centauro del Norte, todavía el personaje de Durango más estudiado por historiadores y tomado frecuentemente como protagonista de novelas, películas y documentales. En “Francisco Villa. Entre el ángel y el fierro” –con ese criterio proverbial que tiene el autor para llamar a sus obras- se señala: “De todas las provincias del Septentrión novohispano ninguna sufrió tanto como la Nueva Vizcaya la prolongada guerra los “indios bárbaros” (…) Este escenario desalmado y feroz, “siempre volante” –como explican las crónicas- fue la escuela vital del hombre cuya epopeya encarna una zona profunda del alma mexicana, su más oscuro y vengativo coraje, su más inocente aspiración de luz: Francisco Villa (…) Dualidad sugiere esquizofrenia. Sería inexacto atribuirla a Francisco Villa. Aunque sus dos facetas se alternaban, su rasgo íntimo no era la división sino la tensión. Su instinto predominante era obedecer a sus impulsos, obedecerlos instantáneamente y salvajemente. Pero por momentos algo lo impulsaba a domarlos, a trascenderlos. Dualidad vertical. No era dos hombres: era uno solo buscando elevarse hacia una síntesis.” Las anteriores páginas son parte de la serie Biografía del poder, de una gran aceptación por parte de los lectores.

Quede, pues, mediante los escritos referidos, la invitación a apreciar los libros de Enrique Krauze, no nada más a consultarlos –ya de por sí un ejercicio bastante útilsino a discutirlos a fondo, a justipreciarlos y a difundir sus propuestas. Leer a Krauze –en una prosa elegante y precisa- ha significado para el que esto escribe –permítaseme decirlo- una continua práctica de aseo intelectual desde hace tres décadas. Y una alegría estética. Creo que conozco toda su obra publicada (su inicial Caudillos culturales de la Revolución Mexicana, 1985, es verdaderamente inolvidable), pero como durangueño le agradezco sus renglones durangueños. En el 2008, a los diez años de la muerte del maestro Octavio Paz, tuve la oportunidad de conversar brevemente con Krauze en el Palacio de Bellas Artes sobre José Fernando Ramírez, con cuya primera biblioteca personal se fundó en 1853 la Biblioteca Pública del Estado de Durango. Y el año pasado, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, le reiteré la invitación para que viniera a Durango a hablarnos de la trascendencia de un hombre tan preclaro en la historiografía mexicana. Si voy, nos contestó, llámenme a la revista. Por ello, la pertinencia de la iniciativa de los diputados locales. Esperemos que muy pronto tengamos la destacada visita en nuestra ciudad.

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