Canelas, o el paraíso recobrado

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El primo Fresnedo era alegre como un día soleado de primavera y más enamorado que Juan Tenorio, lo cual en la familia no era raro, pero lo que sí resultaba sorprendente era que el primo Fresnedo ya peinaba más de setenta años y seguía manteniéndose con entusiasmo e ímpetu juvenil en las cuestiones del amor. Era de estatura mediana, complexión regular, pelo completamente cano y rostro chapeteado y buen conversador, sobre todo cuando contaba sabrosamente sus aventuras, entre la que se encontraba cuando andando en copas en compañía de una bella dama y una pareja amiga en Xochimilco, al salir de un salón de baile abordaron su camioneta que había dejado estacionada a la orilla de un canal, y él en lugar de meter reversa, metió primera precipitándose el vehículo hasta el fondo con más rapidez que el Titanic, y como mientras los demás hacían hasta lo imposible por abandonar el vehículo, él dedicaba sus esfuerzos en abrazar a la muchacha, que también hacía lo imposible por salvarse del naufragio en aquel mar de chinampas.

Otra de sus anécdotas favoritas era cuando estando en el Colegio Militar, se batió en duelo con un oficial que seguido lo molestaba, y acabó con las molestias puesto que el oficial murió, y acabó también con su carrera militar ya que tuvo que huir. Otra más es cuando participó en un operativo militar en el desierto de la Laguna, y fue uno de sus compañeros el charro cantor Jorge Negrete. El primo Fresnedo era hijo de mi tío Mariano, general revolucionario al igual que mi padre y mis tíos Andrés, Eduardo y José.

De los hijos de mi tío Mariano, conocí y traté a Federico, quien fue asesinado en cumplimiento de su deber en la sierra de Canelas, en una balacera contra todo un pueblo siendo jefe de sector de la policía judicial; a Zoilo, quien siendo coronel diplomado de estado mayor, falleció en Saltillo, Coah. Al mayor revolucionario Francisco Arrieta Vizcarra, no pude conocerlo porque el murió emboscado en la sierra de Tepehuanes en el año de 1922 y yo nací en 1943. También conocí al coronel revolucionario Miguel Arrieta Vizcarra. Todos ellos hijos del tío Mariano.

Por circunstancias que van conformando nuestra vida, al que más traté fue al primo Fresnedo. Una de esas circunstancias, fue que de 1971 a 1973 me fui a estudiar a la ciudad de México el doctorado en derecho en la UNAM y caí a vivir en la colonia Nápoles, concretamente en Wisconsin 120-108. Por ese entonces la ciudad de México ya había dejado de ser la ciudad de los pregones y las campanadas, la mayoría de las pulquerías habían cerrado sus puertas, los tranvías habían desaparecido del panorama, los trolebuses estaban enfilados a su extinción y aunque los organilleros seguían cargando con sus pecados y su instrumento ya no se oía tan seguido "La pajarera" y "Allá en el rancho grande". Todavía no aparecían los ejes viales del Rey Midas Carlos Hank González, pero ya el metro de Corona del Rosal, que como gusano gigante se movía en las entrañas de la gran Tenochtitlan, que un tiempo fue de los aztecas y que después sería de los imecas. El no circula estaba todavía lejano, pero ya la región más trasparente de Alfonso Reyes, estaba dejando de serlo, y lo que hoy es la lujosa unidad Santa Fe no era más que un basurero. Hacía ya como veinte años que se había iniciado el crecimiento explosivo y seríamos ya como doce millones de habitantes. Uno de ellos el primo Fresnedo que para mi buena suerte tenía años viviendo en la calle Nebraska de la misma colonia Nápoles, en donde generosamente en más de una ocasión nos había hospedado en su departamento decoroso a mis padres y al niño que era yo, tratando a mi padre con gran consideración y respeto. De allí que desde mi infancia viniera el gran afecto que tuviera para el primo Fresnedo, con quien guardaba una importante diferencia de años, puesto que cuando yo nací mi padre cubría con su abrigo y bufanda setenta años.

En más de una ocasión me senté a la mesa de Fresnedo, que sin ser hombre rico, sabía para que servía el dinero, y así como vestía bien, comía bien y compartía bien. Diferencia de edades que no nos separó, sino que antes bien nos unió, pues él siempre mantuvo despierto y juguetón el niño que fue y siguió siendo hasta el final, ocurrido en la ciudad de Puebla, a donde se había ido a vivir hacía ya algunos años. Vestía siempre de traje, generalmente de color gris, corbata roja y era notorio el cuidado de su limpieza personal y tan enamorado era que no podía platicar con una mujer sin invitarla a salir. Algunas le harían caso, otras no, pero con una que lo hiciera se sentía recompensado. Cuando comíamos juntos en algún bar o restaurante, él parecía el joven y yo el maduro, pues constantemente tenía que estar calmando sus ímpetus donjuanescos, que lo llevaban a llenar de piropos a cuanta mujer pasara cerca de sus ojos aunque estuvieran lejos de su edad.

El primo Fresnedo era un hombre bien plantado, que no toleraba injusticias ni abusos, por eso cuando supo que unos soldados habían asesinado felonamente a dos parientes en Vascogil e informado a la prensa que habían abatido a dos narcotraficantes, indignado me pidió que redactara un comunicado a la opinión pública bajo su firma, desmintiendo la infamia y dando a conocer la verdad de los hechos, que no eran otros que los soldados habían pasado por Vascogil, vestidos de civiles, por lo que los parientes no se dejaron desarmar de sus pistolas al no estar seguros de que se trataba de autoridades militares, soltándose la balacera, muriendo un teniente y tal vez un soldado y cayendo abatidos los dos parientes delante de sus doloridas esposas. El desplegado, que yo también estaba dispuesto a firmar, finalmente no se publicó, a ruego de la familia que habitaba en la sierra, porque temía represalias.

Dada la longevidad de la familia, estoy seguro que sobrepasó los ochenta años en buenas condiciones de vida, pues nunca supe que alguna enfermedad lo aquejara.

Nacido en Canelas, el paraíso recobrado, llevó siempre en su corazón las vetas de sus minas y en su alma el sonido alegre de las cascadas, los trinos de las aves de la agreste serranía, así como el ruido cantarino del viento al pasar las hojas de los pinos. De sus virtudes, sobresalía una: su veneración a la mujer ¿A cuál mujer? ¡A todas! El primo Fresnedo, escribió varias páginas gratas y luminosas en mi hoja de vida. Hoy y siempre lo recordaré.

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