Vidas de tinta y papel

Kiosko

Escribir es leer. Mientras le doy vuelo a las palabras, las hojas se van poblando de esos seres que necesitan la mirada para vivir, como todos. Leer es también escribir. Escribir y leer son las dos caras de la moneda. Son exactamente lo mismo.

Me detengo en los títulos de los libros que están acomodados en sus estantes originales. Otra casa, pero la misma recámara, digamos. Menos mal, pensarían ellos a su vez. La mayoría son de arte. Su dueña pintó de colores sus días. La suya y la de sus queridos compañeros. Es el último viernes de abril y la tarde con lentitud durangueña va perdiendo el brillo de sus oros. Por la vidriera de la biblioteca los árboles se mueven con la música del viento.

Continúo la revisión. Rufino Tamayo, Hermenegildo Bustos, otros grandes de la plástica universal... Triste destino el de los libros personales. ¿Triste? ¿Por qué triste? ¿No es la curva natural que traza la totalidad humana? La eterna lucha contra la desintegración. Conmueve la fuerza por mantenernos pegados a las raíces, apretando en la mano el montoncito de semillas maíz que nos tocó, siquiera por un instante, así fuera de cien años. Leer es unir. Darle sentido al caos que, en un girar incesante, parece invencible.

Hace dos semanas recogimos la casa de la maestra Irene Arias. Muchas gracias, director. Ya platiqué con mi padre. Le pareció bien que las colecciones de nuestra tía se resguarden en una Institución. Para que sigan siendo útiles. Entregaremos las llaves y yo regreso a Mazatlán y mi hermana a Aguascalientes. Ya contratamos el servicio de mudanzas. Los libros, según lo platicado, se quedan aquí.

Los muchachos empezaron a vaciar el estudio. Afuera una camionetita blanca esperaba la carga. Y Tomás, el eficiente encargado de la Colección Durango, vigilaba y llevaba nota de lo recibido. Sabíamos que invadíamos, irremediablemente, un mundo íntimo, intocado hasta entonces, las cuatro paredes de una persona que cuidaba mucho la privacidad: sus cosas, su cama, su silla de ruedas, su cafetera. Sus familiares descolgaban los cuadros.

Ahora todo estaba listo para la junta. Me llamó mi secretaria. Alcancé a ver un lomo rotulado con ideogramas japoneses. Le eché otra vista al acervo, y no pude dejar de sentir satisfacción por el rescate público de un legado tan valioso. Todavía firmé unas credenciales antes de empezar la reunión en la Torre del Libro Antiguo. Poco a poco se anunciaba la cobija de la noche por los alrededores del Cerro del Calvario.

¿Cuántas veces habías visto aquella escena? Lo ocurrido el pasado Jueves Santo reflejaba de cierta manera tu propia biografía y sus posibles consecuencias. Apretando el botón de FF de la grabadora existencial, dentro de las reverberaciones del porvenir, observaste cómo levantaban tu biblioteca particular, cuando tú ya estabas libre del calendario. Empaquetaban las novelas y los estudios que le dieron múltiples regalos a tus horas. Los tragaluces -estrellas diurnas- bañaban las plantas renacidas de verdes brillantes.

Metan, por favor, los libros en orden. Primero recorran las persianas. Los volúmenes están por tema. Marquen las cajas según la plaquita metálica. Los más pesados pónganlos aparte. Y cuiden mucho las esculturitas. Los quijotes, sobre todo.

Siempre era así ¿por qué contigo tenía que ser diferente? Se trataba del tema que conocías de tiempo atrás. La difusión cultural, la promoción de la lectura, la donación y reinstalación de acervos personales. Tres décadas en la talacha bibliográfica, como te gustaba repetir. Trescientos libros comentados en la televisión y más de un centenar de títulos presentados en ceremonias públicas. Prólogos, contraportadas, solapas. Sin contar las numerosas conferencias ni tus escritos en periódicos y revistas. Todo prácticamente gratis (era muy raro que recibieras un pago por esas labores, principalmente en los comienzos). Pero ganabas, eso sí, algunas gratitudes de gente humilde y sincera. ¿En dónde puedo conseguir el recetario de cocina o los relatos de casas durangueñas con aparecidos? Y no te faltaban, por supuesto, los venenos de las envidias correspondientes, con tus libritos bajo el brazo nunca vas a salir de jodido. Ya se sabe, para un receloso nunca habrás hecho nada y seguirás siendo nadie. Ulises jamás llegará a Ítaca.

Algo, pues, conocías del asunto. Y, no obstante, todavía no te quedaba claro el secreto más profundo -¿secreto?- de la ciencia y magia de la lectura, esa seductora atracción que explicaba que gradualmente se fueran llenando las casas de libros, los domicilios de hombres y mujeres excepcionales. Atrapaban las páginas con oficio y con amor a esas otras vidas dibujadas por la tinta. Frente a los asistentes a tus cursos y charlas te gustaba citar, por no estar tan trillados, algunos subrayados domingueros, como por ejemplo el de Michel Tournier acerca del acto de escribir y sus posteriores recepciones: “El autor lo sabe; y cuando publica un libro, no ignora que suelta entre la anónima multitud de hombres y mujeres una bandada de alados seres de papel, vampiros secos ávidos de sangre que se desperdigan al azar en busca de lectores. Apenas cae sobre el lector, el libro se hincha de su calor y de sus sueños. Florea, alcanza su plenitud, se vuelve, en fin, lo que es: un prolífico mundo imaginario donde se mezclan –como en el rostro de un niño las facciones de su padre y las de su madre- las intenciones de su autor y los fantasmas de quien lo lee”.

O la opinión, seguramente freudiana, de Octavio Paz –un inagotable vertedor de demasías artísticas e intelectuales- respecto al recinto de lectura de Sor Juana, cuando afirmaba que la lectura era una especie de leche maternal que reconcilia objeto y sujeto; es decir, los libros son un puente para regresar al paraíso perdido. Tampoco olvidabas referir de vez en cuando el ingenio de Jean Cocteau que señalaba que la obras de arte –y una parte de los productos editoriales alcanzan tal categoría- nos quitan algo de vida, porque paradójicamente, mientras contemplamos una pintura, vemos una buena película, leemos, en fin, un cuento excelente, entregamos algo de nuestra más profunda sensibilidad. Estamos en el lugar del crimen, concluía magistralmente el escritor francés. Te gustaban, te entusiasmaban de verdad, esos puntos de vista para llamar la atención y evadir en el auditorio los recurrentes lugares comunes. Y los aderezabas con otras reflexiones de teóricos modernos de la lectura: Roger Chartier, Umberto Eco, Michéle Petit…

El resultado, lo ves a la distancia, tenía sus gratificaciones –serías injusto si no lo reconocieras-, la palmadita en el hombro al terminar la ponencia, soy su fan, hablas mejor cuando improvisas, así no aburres y no corres el riesgo de que se quede solo el salón.

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