Y sin embargo...

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Amo la vida de la increíble manera como el petirrojo ama los rayos del sol de la tarde para teñir sus alas.

Amo la vida injustamente, desperdiciadamente, somnolientamente; cuando a veces me da la espalda y la siento crucificándome, exprimiéndome, insultándome y al hacerlo me hace de nuevo renacer a la orilla de un camino, despertando en forma de lluvia; lagrimas que se atoran rasguñando la envoltura de mi cuerpo.

Amo amarme de vez en cuando, cuando el paréntesis de la existencia comienza a cerrarse y mis brazos luchan intentando abrir una nueva posibilidad, un nuevo horizonte que se extienda desde la punta de mis dedos hasta el infinito.

Amo la vida cuando la música penetra en cada ínfimo recoveco de las células haciéndolas vibrar; cuando se borran las fronteras ante un mismo canto y la gente es extensión de la gente y el cielo que la cubre es un mismo cielo.

Amo la gente, sentirme implícita en el río que corre de un lado a otro a veces con miradas sorpresivas o sonrisas o llantos, porque sé que de esa manera existo y soy parte del caudal que lucha a cada segundo por existir, por ser.

Amo pensar que amo porque amar es sobreponerse a la tragedia, al dolor, a la arrogancia que nos tapa los ojos y nos lleva a la inexistencia, porque amar es sentir la necesidad del sol por las mañanas, es volverse ínfima partícula de polvo, sencilla, clara, transparente sabiendo que en el interior existe una persona única.

Amo ser quien soy en este momento.

Amo.

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