'Duranguraños': el aguijón de un gentilicio

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Agradezco al poeta Juan Emigdio Pérez Olvera, esta oportunidad de acompañarlo, en la presentación de su más reciente libro: JOSÉ ÁNGEL LEYVA, LA RAÍZ DE LA MEMORIA EN DURANGURAÑOS. Editado en junio de 2017 por el Municipio de Durango. Obra que es doblemente significativa, porque representa su tesis que le permitió obtener el grado de Maestro en Literatura y con ella, redescubrir la poesía de nuestro querido José Ángel Leyva. Este diálogo implícito entre poetas es un novedoso, sugerente y atrevido ejercicio de pasión y reflexión, de construcción de mensaje y de misterios revelados por una sociedad como la de Durango que se niega a ser olvidada y al mismo tiempo, se mantiene aún en el siglo XXI, lejos de las grandes decisiones, lejos de los mercados, lejos de los grandes movimientos de ideas y sigue siendo en el contexto nacional, un estado de la federación, lejos y alejado, por lo pronto, lejano, huraño, como si fuera un padecimiento crónico y propio.

Leer es un placer de dioses, pero escribir exige una carga inusitada de valor cívico, también de coraje, de autocrítica y de dialéctica con el mundo. En nuestro medio, nos han gustado las presentaciones de libros porque se hacen reseñas, se presentan a los autores y estos a su vez presentan a los padrinos de los libros augurando lo mejor para el futuro: muchos lectores y otro libro. En este caso, encontré la robustez de un poeta que hizo la tarea como investigador y se fundió con el deseo de explorar un concepto que a unos molesta y a otros les resulta indiferente e innecesario para vivir. Al final del día, estamos de una o de otra manera con el mundo y en él, entendamos a no los retos que entraña la identidad que tendrá que darse entre la pluralidad de seres humanos y la diversidad que apunta a desarrollar las relaciones con todas las culturas del mundo creando la interculturalidad. Así que la identidad nos permite una relación más franca y abierta con el mundo, nos permite contrastrar, aprender y dar, convivir y esto sin duda genera la identidad cultural que tiene un valor económico fundamental para el desarrollo y sobrevivencia de nuestra depredadora especie.

Así la cultura se convierte en el eje transversal de toda transformación revolucionaria en palabras del escritor ecuatoriano Benjamín Carreón: “Un pueblo sin cultura solo podrá aspirar al cemento armado y al último modelo de carro o a ser la estrella semanal del supermercado; la competencia empieza a ser la nueva ideología de la clase media y el vestido de marca se trasforma en su piel, dios es el mercado y el centro comercial la nueva iglesia, el cliente su esclavo fiel; la honradez, la lealtad, la solidaridad, son lobos esteparios arruinados”.

Pero hablaba que en el libro encontré tres elementos que deseo compartir: el de la novedad exigente, la sugerencia provocadora, y el atrevido salto al vacío como una forma de lealtad y de íntima necesidad.

La novedad exigente se encuentra en la frescura con que dos poetas hablan de la memoria que no es historia sino jirones de patria de una vida vivida, añorada y mismo tiempo lejana; contiene una sugerencia provocadora, porque impone retos a la inteligencia para comprender la importancia de la identidad humana, unida a nuestras prácticas comunitarias en un entorno de abandono y desencanto; y es atrevida porque se lanza al vacío como un acto de suicidio lógico y natural para volver a renacer en la oquedad donde la muerte no es el fin sino el principio del dolor, el profundo sentimiento de abandono y de separación, de olvido y de resistencia. Mientras tanto la vida en Durango puede ser contradictoria y dolorosa pero también fuerte como un grito, verde, estridente y ferroso, voz que se libera bajo un azul muy alto: cobija de cal y de viento, transparente y única.

Porque el libro nos habla del poeta y de la poesía que vive, escribe y padece. Es la poesía de José Ángel Leyva un salto suicida para renacer, entre la lejanía y el recuerdo. Es un ejercicio de reflexión y de pasión sobre un Durango que se niega a ser olvidado aunque no pueda con el olvido impuesto, que es más real, brutal y verdadero; la opción es un acto de fe en la creación y en la recuperación de lo mejor de nosotros, creyendo, llevándonos a nuestra ciudad con nosotros sin poder desprenderla de la carne ni del alma, esa dolencia de la tierra, de la ciudad y de la calle, del bosque y la arena, vivida y añorada al mismo tiempo perdida y profundamente lejana, agredida siempre humillada nunca, tal vez sea eso que me descubre lo huraño, y es en la memoria donde me rescato con firmeza y la llevo conmigo aún sin quererlo. Algo así como la sentencia poética de Cavafis: “No hallarás otra tierra ni otro mar./La ciudad irá en ti siempre”.

Es el mismo sentimiento con entornos distintos y siempre los mismos, sucede con el regionalismo de la Laguna de Durango, el sabor a pino de Santiago Papasquiaro o Canelas, el esfuerzo de los hombres y mujeres de Los llanos de Durango o el canto cardenche, que es como una voz profunda que nace desde adentro como un grito para interrumpir las soledades de los hombres del campo que viven en la tierra, con la tierra, de la tierra. Con esto, afirmo sin recato alguno que Juan Emigdio me hizo descubrir algo más de la poesía de José Ángel Leyva.

Juan Emigdio cumple puntualmente con los propósitos de la introducción y nos detalla la organización del contenido de su tesis, son seis capítulos que van desde la trayectoria literaria de José Ángel hasta los poemas que se distinguen por abarcar una presencia social, al ocuparse de personajes y “…lugares que forman parte de la microhistoria de los pueblos, en este caso de Durango, lo integra la memoria simbólica duranguraña…”.

Aquí leemos a un Juan Emigdio generoso como lo es, pero también riguroso como debe ser el investigador. Así que sitúa el origen del tema, en la identidad y la historia, las preguntas de muchos y las preguntas del poeta que tiene la experiencia de nacer y vivir, el dolor del viaje, la incertidumbre del regreso, extraño y dueño de la memoria que tiene que crear y retener imágenes, voces, sombras y espejos, para no perder eso que somos, todos y uno.

El Juan Emigdio investigador quiere desentrañar al poeta y el poeta seduce al investigador, ambos se sientan a la mesa de la libertad y de la pasión por la vida a tratar de comprender el peso de estas categorías explicitas en la narrativa y en la creación poética, profética para que sea más contundente, para entregárselas al lector y moverlo de su zona de confort, tirarlo de la silla hoy, 12 de octubre, ¿día de la raza?, ¿del encuentro de dos mundos? Si la modernidad europea nace en el siglo XVII la nuestra nace al finalizar el siglo XV, porque sus protagonistas habrán de irrumpir el tiempo, con la colonización, la colonia y Colón son lo mismo. Como la cruz y la espada es imperio ideológico y dominación material, pero también la cruz y la ficción son violencia emocional: esto es crucifixión, como diría Camus en labios de su personaje Jean Batiste, el juez penitente.

Así nació nuestra literatura, buscando palabras para nombrar, repitiendo para forjar costumbres, reinventándonos para darnos identidad, dejando la tierra para buscarnos y construir la memoria de todos. Nosotros hicimos de nuestros oídos caracoles para oír el mar, para imaginarlo, en el mar empieza la vida, por el mar llegaron los dioses, Quetzalcóatl regresó sobre el lomo de un monstruo que muerde fierro y lanza fuego, se para en dos patas y relincha. Nos separan del mar, de los dioses, la montaña mineral que tiene veredas y espesura en el bosque, nos une y nos domina para descubrir nuestra capacidad de rebelarnos, de gritar, de matar al padre impuesto, para descubrir la madre sacrificada, para regresar al calor de la familia comunitaria perdida, convertida en objeto, en cosa esclavizada que aprende a balbucear para concretar el milagro europeo de la civilización: las palabras del español y la escritura, que para eso se pintaban solos: “la letra con sangre entra”.

Hoy, los poetas nos han reunido y nos entregan su generosa aportación. La fiesta de la lectura. Un libro para reconocernos, para darnos fortaleza en la búsqueda de identidad en la diversidad, de libertad y fuerza en la poesía de José Angel Leyva, un poeta que nos provoca y motiva, con sinceridad cotidiana porque forma parte de nosotros. Y Juan Emigdio Pérez Olvera, que ha logrado escribir una obra rica en sus reflexiones, recupera las inquietudes perdidas y las reorienta otra vez con valentía y rigor para que la identidad sea una plataforma de pinos y encinos unidos por lazos y sogas, manchadas de la sangre de sulfato ferroso, de ese toro mineral al norte de la Ciudad fundada: el Cerro de Mercado. Lo huraño es un gentilicio para un Durango entre el miedo y la esperanza, miedo al olvido y a ser olvidado y la esperanza de lo incierto e inesperado como lanceta de alacrán.

Así canta José Ángel Leyva: Evito el souvenir del alacrán momificado Y vuelvo a colocar la piedra sobre el hueco Donde habita el escorpión con su linaje Donde muda la piel de su infantil viveza Ysin dejar de ser en sí renace Por ello el poeta Juan Emigdio, ha cumplido con la tarea nada fácil de: “…agrupar y analizar una trayectoria literaria tan extensa, la vida de un duranguraño admirable que lleva el aguijón del verso como estandarte de poesía, paz y libertad” (parte de las palabras de presentación a la obra de referencia, en el Museo de la Ciudad, el pasado 12 de octubre).

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