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Cuando entró en el cuarto del desaparecido él también desapareció.

Le habían advertido que no entrara ahí. Los viejos cuidadores de la casa le dijeron que la habitación tenía "misterio". Desde la muerte del señor nadie había abierto el aposento. Cierto sirviente que una noche se atrevió a acercarse oyó a través de la puerta las toses del difunto.

El nuevo dueño desatendió las advertencias. Compró la propiedad a pesar de lo que todos le decían, y llevó a ella a su esposa. La recién casada no quería vivir ahí, pero ¿qué podía su débil voluntad frente a la de su imperioso marido? Cuando por vez primera traspuso la entrada sintió un aliento frío que la heló. "Vámonos de aquí" -le dijo con angustia al hombre. Él se burló de sus temores y ordenó que le dieran la llave del cuarto del antiguo dueño.

Entró en la habitación y no volvió a salir. Inútilmente lo buscaron. Las cosas y los muebles estaban en su sitio, pero él no estaba ya. Había desaparecido. Todos huyeron del lugar. La casa quedó sola, lo mismo que la joven viuda. Quienes pasan cerca sienten el mismo aliento frío que ella sintió antes de que su esposo desapareciera.

Ahora yo soy el dueño de la casa, y tengo la llave de ese cuarto.

¡Hasta mañana!...

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