Los adioses fotográficos de Oliver Anderson
En estos años en los que se anuncia que el libro de papel desaparecerá irremediablemente, y que pronto se le reducirá a pieza de museo de antigüedades, todavía circulan entre nosotros obras de una creatividad extraordinaria que merecen una mejor atención que la que les hemos dedicado, si es que alguien a volteado a verlas siquiera, en un escenario cada vez más indiferente a las manifestaciones culturales de verdadera importancia. Es el caso de "un Diálogo con Durango" (transcribo el título con fidelidad al de su presentación formal), volumen de la autoría de Oliver Anderson, y publicado en el 2015 gracias al impresor Manuel Paredes Gómez, quien -dicho sea de paso- tanto ha hecho por la cultura duranguense en las últimas décadas.
En principio la obra que nos ocupa invita a una revisión especial, porque proviene de un artista de la cámara fotográfica para quien lo trascendente es la imagen ampliada de la decadencia, de un mundo que va en retirada, revelando así a ese personaje que siempre viaja de incógnito en pinturas, novelas y películas: el tiempo. No es otro, entonces, que el aparecido en las setenta páginas de esta serie de estampas moridoras. La ciudad de Durango revela su lado agónico (con algunas excepciones todavía vitales), las instantáneas de su propio derrumbe...ya cercano. Sitios envejecidos por los que caminamos todos los días en pleno siglo XXI.
La primera imagen con la que nos encontramos -luego de las vías del tren y el poste de dos focos con la lente abierta que muestra la portada- resume cabalmente el sentido de su mirada: se trata de un puesto blanco, cerrado, y visto de costado, sostenido en una llanta fatigada por tantas vueltas. En los lados de la rueda se sitúan dos sillas, de frente al servidor de comida, y una de ellas con la tapicería rota y un lazo amarrado en el respaldo. El contraste de claridad y oscuridad crea el momento estético. Y ahí precisamente, en las láminas del negocio, el autor ha rotulado los nombres del libro y el suyo con una disposición tipográfica del que sabe bien su oficio. Y como pie de foto -porque, como valor agregado, la obra también incluye textos del artista- podemos leer: "Estas calles me conocen mejor a mí que yo a ellas". Una composición fascinante, subrayo, del paraíso en ruinas que nos espera.
¿Cómo se establecen, digo ahora, esos vínculos con los lugares representados? A través, evidentemente de la técnica, y algo más difícil de definir: el punto de vista que elige el fotógrafo. De esta manera se suceden en la obra puertas desvencijadas, muros decrépitos, plantas y árboles sin ataduras. Los espacios están casi vacíos, si no fuera por los pocos sobrevivientes -no faltan dos o tres perros- que deambulan por aquellos territorios abandonados. Se diría que aún hay algo de esperanza por los rincones, aunque la tiendita no puede evitar su triste final. La ausencia y la nostalgia son las dueñas de las calles.
Llegan a quien esto escribe algunos conceptos y frases del ensayista mexicano Juan García Ponce a propósito del arte de referencia: "La fotografía está siempre en un punto intermedio, creando su propio ámbito, entre su categoría de objeto y su categoría de imagen"; "La imagen deviene entonces la expresión de un estilo"; "...la sensibilidad y la intuición del artista, transforman para mostrarnos su verdadero carácter".
Por la unión del aprendizaje técnico y la voluntad de la forma artística, se da lugar, en síntesis, a un interior que se manifiesta en algo visible de calidad. Se crea belleza. Y así nos seducen los caminos se pierden en los horizontes, los adobes descarapelados, las ventanas que siguen protegidas por la herrería fiel. Parecería la metáfora de nuestro propio recorrido existencial. Todo se irá, tarde o temprano.
Y reconocemos también lo que habíamos olvidado, no obstante la costumbre diaria de su presencia insistente: una de las entradas del Mercado Gómez Palacio o el Multifamiliar. Los ferrocarriles y las muestras religiosas nos recuerdan, de pronto, las fotos temáticas de Juan Rulfo... y sin embargo tenemos una intimidad con aquel Durango que ya se pierde en la memoria. Son los adioses de una parte de nuestra ciudad.
Esta magnífica obra editorial incluye dos textos de presentación de especialistas en la materia, otro del autor y uno más de Dalia Larisa Juárez Otero, quien resume inmejorablemente el sentido profundo del libro: Al autor "le distingo con aprecio entre otros/ retratadores, fotógrafos/ pues no es ni cronista, ni/ periodista. Oliver observa con/ fuerza las posibles realidades". Durango se merecía este espléndido trabajo de relevante hechura estética. Enhorabuena.