Un Premio Nobel
Nada es tan arbitrario como el reconocimiento. El protocolo exige que el galardonado diga que se trata de una distinción inmerecida. El valor del premio es precisamente ese: está por encima de quien lo recibe y el mérito que representa sigue siendo inalcanzable. Mientras más valiosa es la presea, más injusto resulta que se le dé a un mortal.
No es por presumir, pero me atribuyeron un premio de notable irrealidad. En el verano de 2023 fui a Segovia porque se presentaba mi monólogo Conferencia sobre la lluvia, protagonizado por Enrique Simón, bajo la dirección del inolvidable Guillermo Heras. Como tantos visitantes, quise comer cochinillo en el mesón más celebrado por los turistas, que, por supuesto, es repudiado por los lugareños (también en la gastronomía la reputación es un problema). El fundador de ese restaurante tiene una estatua en la ciudad, en la que se dispone a rebanar un cochinillo; no cualquiera logra eso, pero no hay nada tan discutible como el prestigio.