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Para millones de pasajeros, mostrar una identificación, quitarse los zapatos o limitar los líquidos en el equipaje de mano son pasos habituales antes de abordar un avión. Hace 25 años, viajar no exigía necesariamente pasar por todos esos controles.
Los atentados del 11 de septiembre de 2001 no solo modificaron la política exterior y de seguridad de Estados Unidos: también marcaron un antes y un después en la aviación comercial alrededor del mundo.
Aquel día, 19 integrantes de Al Qaeda secuestraron cuatro aviones. Dos fueron impactados contra las Torres Gemelas de Nueva York, otro contra el Pentágono y el cuarto cayó en Pensilvania después de que pasajeros y tripulantes intentaran recuperar el control.
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Los ataques dejaron 2 mil 977 víctimas mortales, sin contar a los responsables, y pusieron en evidencia vulnerabilidades que hasta entonces parecían impensables.
Nació una nueva autoridad de seguridad
Antes del 11-S, la revisión de pasajeros en los aeropuertos estadounidenses estaba en manos de empresas privadas contratadas por las aerolíneas. Dos meses después de los atentados se promulgó la Ley de Seguridad de la Aviación y el Transporte.
Con ella nació la Administración de Seguridad en el Transporte, conocida como TSA, y la inspección aeroportuaria quedó bajo responsabilidad federal. Posteriormente, se ampliaron los controles sobre pasajeros, empleados, maletas documentadas y carga.
Las puertas de las cabinas de los pilotos fueron reforzadas y se establecieron procedimientos más estrictos para impedir el ingreso de personas no autorizadas. También aumentó la presencia de agentes armados en determinados vuelos.
Zapatos, líquidos y controles más rigurosos
No todas las medidas aparecieron inmediatamente después de los atentados. Algunas fueron incorporadas como respuesta a intentos posteriores de atacar aviones.
La revisión del calzado se extendió después de que Richard Reid intentara detonar explosivos ocultos en sus zapatos durante un vuelo, en diciembre de 2001.
Las restricciones a líquidos, geles y aerosoles llegaron en 2006, luego de descubrirse un plan para utilizar explosivos líquidos en aeronaves. De ahí surgió la regla aplicada en Estados Unidos que permite envases de hasta 3.4 onzas, aproximadamente 100 mililitros, dentro de una bolsa transparente.
También se fortaleció la identificación de viajeros, el intercambio de información entre autoridades y la comparación de nombres con listas de vigilancia. Con el paso de los años se incorporaron escáneres corporales, detectores de explosivos y sistemas biométricos en algunos aeropuertos.
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Un cambio que cruzó las fronteras
Aunque muchas de estas disposiciones nacieron en Estados Unidos, su influencia alcanzó terminales aéreas de numerosos países. Los aeropuertos comenzaron a separar de manera más rigurosa las zonas públicas y restringidas, mientras las revisiones se hicieron más largas y detalladas.
Así, el impacto del 11-S permanece en acciones que millones de personas repiten diariamente antes de volar. Medidas que hoy parecen normales tienen su origen en una mañana que transformó para siempre la percepción de seguridad dentro de un avión.