Aprender
“Cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar”, dice el refrán. El más reciente conflicto comercial entre Canadá y Estados Unidos confirma que el mundo de la posguerra quedó atrás.
Ese mundo lo construyó Estados Unidos. Partía de reglas generales que debían acatar los países del bloque occidental, algunas asimétricas a favor de los países en desarrollo, que al aceptar las reglas de libre comercio, arrancaban con mayor protección comercial que los desarrollados.
Un imperio por invitación, en palabras del historiador noruego Geir Lundestad, no por invasión.
Al terminar la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos generaba cerca de la mitad de la producción industrial del mundo. Ganaba si el pastel se hacía más grande. Ganaba además por proveer la infraestructura: el sistema de pagos, denominado en dólares, con todo el beneficio que implica imprimir la moneda que hasta un ahorrador de Irán guarda bajo el colchón; la lengua franca, el inglés; y la tecnología, un terreno que dominaba casi por completo.
Tuvo el monopolio de las armas nucleares durante cuatro años y no lo usó para extorsionar al resto del mundo.
Francia le cobró reparaciones a Alemania tras la Primera Guerra Mundial; Estados Unidos contribuyó a la reconstrucción de la República Federal de Alemania con el Plan Marshall.
A Trump siempre le pareció erróneo no usar ese poder para obtener ventajas inmediatas. Por eso, tras subir los aranceles al comienzo de su segundo mandato, fue negociando acuerdos bilaterales.
En estos, Washington bajaba algo ese arancel a cambio de que la contraparte aceptara no gravar los productos estadounidenses e incluso comprometerse a invertir en su territorio.
Trump quiere extraer rentas de los más débiles, como los tributos de los viejos imperios. El acuerdo con Venezuela de hace unos días, para quedarse con una parte de sus reservas petroleras lo ejemplifica.
Canadá ya había aceptado la asimetría arancelaria, pero al último momento, según la versión de Ottawa, Trump decidió bajar los aranceles menos de lo prometido en las industrias ya acostumbradas a la protección, como la del aluminio.
También exigió coordinar la política comercial de Ottawa con la de Estados Unidos y limitar la protección de los contenidos en francés. Para colmo, cuando los negociadores canadienses preguntaron si el texto por firmar sería definitivo, Estados Unidos dijo que no.
La exigencia sobre el francés no es un mero detalle: toca uno de los acuerdos que hacen posible la federación canadiense. Trump ha repetido que Canadá debería ser el estado 51.
Ese país ha sido el mejor vecino imaginable: casi tan próspero como Estados Unidos en ingreso per cápita, más equitativo, con bajos niveles de criminalidad, democrático y plural, predominantemente angloparlante y su aliado en casi todas sus guerras. ¿Qué puede esperar México? El punto de partida es muy distinto.
Trump no tiene mayor interés en que seamos el estado 51. Arrastramos problemas de fondo ausentes en la relación entre Canadá y Estados Unidos, como la colusión entre políticos y organizaciones criminales, que el gobierno de Trump considera hoy su principal asunto de seguridad nacional.
Hay quienes creen que, por haberse peleado con Canadá, Estados Unidos querrá rápidamente un acuerdo con nosotros y que este es el momento de avanzar en la negociación. Ojalá, pero lo dudo: seguramente Trump nos impondrá condiciones muy onerosas. Ya no es un mundo de reglas, sino de poder.
El primer ministro canadiense, Mark Carney, cuenta con amplio apoyo popular, pero hay diversas “líneas rojas” que no puede rebasar, pues podría perder ese apoyo y vulneraría la soberanía de su país. Sin embargo, requiere el T-MEC, tanto como México. Los dilemas del gobierno de Sheinbaum son otros: si Washington exige entregar a políticos con vínculos criminales, tendrá que escoger si esto de la soberanía es defender al país o a su grupo político.
ÁTICO Si Estados Unidos se peleó con Canadá, a pesar de ser el mejor vecino imaginable, ¿qué puede esperar México?