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OPINIÓN

Aturdimiento

Aturdimiento

JESÚS SILVA-HERZOG 19 ene 2026 - 08:34

Se cumple el primer año del segundo Trump. Doce meses de vértigo. Su gobierno se impone con decretos, desafía a los jueces y se brinca al Congreso. El ejército desfila para celebrar el cumpleaños del presidente y aterroriza a sus ciudadanos. El gobierno estrangula universidades y acosa a los medios. El presidente predica diariamente un sermón de rencores. En el discurso oficial el odio se glorifica como deber cívico. El presidente no alienta la conciliación: atiza el pleito. Su gobierno hace propaganda con la muerte. No la esconde: la difunde. A todo el mundo transmite imágenes de personas a las que elimina desde el aire. La administración los llama criminales, pero no los somete a juicio, los pulveriza a la mitad del mar haciendo alarde de una tecnología de exterminio. Nadie se ha carcajeado del derecho internacional como lo hace el presidente de los Estados Unidos. Desconoce acuerdos comerciales, ignora tratados, desprecia alianzas históricas, humilla mandatarios. Funda protectorados y asume el control de un país con el fin explícito de explotar sus recursos. La única diplomacia en la que cree es la intimidación. Quien no se deshonra, quien no se pliega sufre el azote de los aranceles o de su ejército.

Imposible separar al personaje de su política. Los decretos, los impuestos, las instrucciones militares, el perdón a los convictos, la cacería de sus enemigos, sus declaraciones públicas se enredan con su repulsiva personalidad. El hombre que está destruyendo la democracia norteamericana al tiempo que aniquila lo que queda del orden internacional es símbolo del descaro. La desvergüenza es la fuente primordial de su atractivo. Ya lo advertía hace varios años. Si le disparo a alguien en la Quinta Avenida no lastimaría mi popularidad, llegó a decir. Había algo de razón en su creencia: ganó las elecciones después de alardear sus abusos sexuales; volvió a ganar después de haber sido condenado por múltiples delitos; obtuvo la mayoría después de desconocer el resultado de las elecciones; regresó a la Casa Blanca después de un intento golpista. Si Trump es rey es porque vivimos en tiempos de cínicos. El hombre se desplaza magistralmente en el lodo del escándalo. No lo rehúye, lo provoca. Se regodea en la indignación que provoca constantemente: por eso se retrata como un emperador que baña en mierda a sus opositores, se declara presidente de Venezuela, impone su nombre en el memorial de Kennedy, destroza la residencia presidencial como si fuera su cantina personal. Con la rabia de cada ofendido expande su orgullo. Rodeado de mafiosos, aduladores y pederastas no pierde apoyo entre los evangélicos que lo miran como un enviado de Dios.

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