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OPINIÓN

¿Barbarie?

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¿Barbarie?

FEDERICO REYES HEROLES 7 jul 2026 - 07:37

Se acabó el juego, el de la cancha. ¿Sorpresas? Algunas: un mejor equipo, una auténtica globalización, nuevos competidores, países muy pequeños dando lecciones a los antiguos imperios que los dominaron. Con mucho menos recursos, tocaron sus distintas glorias. Avanzamos dentro de la cancha, pero no lo hicimos fuera de ella.

Johan Huizinga fue un brillante historiador y filósofo holandés que publicó en 1938 un libro que descubrió una faceta de la humanidad que permanecía en la penumbra: el nombre Homo ludens, el hombre que juega. Por supuesto confrontaba su tesis con el homo sapiens y el homo faber. El homo sapiens nos brindaba muchas sorpresas en nuestra capacidad de inventiva, en el desarrollo de la ciencia, a la que ninguna especie podía acercarse, era el mismo que había desatado los horrores en el Congo o en la Primera y la Segunda Guerra Mundial. El homo faber no sólo era capaz de pensar, sino además de crear. Por eso apareció la Fundación Miguel Ángel para impulsar la creatividad y la artesanía. Pero claro, el otro lado de la moneda era la enajenación que las diferentes revoluciones industriales provocaron.

Max Frisch, un muy relevante escritor suizo, publicó en 1957, una novela apasionante que mezcla la enajenación de un brillante ingeniero con el amor, homo faber, caso individual. Huizinga sigue otro rumbo, habla del hombre que juega desde tiempos inmemorables. Siempre hemos jugado y hemos inventado juegos con lodo, con ramas de árboles o con el gran juguete del mundo, la pelota, que nuestros ancestros precolombinos pusieron por delante de la vida misma, (sugiero la excelente exposición de Annie Leibovitz con curaduría de Pablo Ortiz Monasterio en el fantástico Museo de Antropología, un testimonio más, de que antes de la 4T México podía pensar en grande.

Pero regresemos a Huizinga, su tesis central es que el juego, el que sea, en sí mismo puede ser un gran elemento civilizatorio. El establecimiento de reglas que tienen que ser acatadas, la figura de un árbitro, réferi, juez de línea -gran actuación de la árbitro mexicana, por cierto- que equivale a un juez que, profesionalmente, emite una decisión basada en acuerdos, todo ello equivale a un ejercicio civilizatorio a escala. Hoy galopa una vertiente pedagógica que muestra el alto impacto educativo y de desarrollo intelectual que el juego tiene en los niños más pequeños.

El futbol ha desplazado a las Olimpiadas, por los miles de millones de aficionados que los siguen. México ha tenido la extraña condición de ser sede en tres ocasiones. El impacto en nuestra sociedad está plasmado en una espléndida exposición temporal en el CIESS, Centro Interamericano de Estudios de Seguridad Social en San Jerónimo, dependiente del IMSS. Sí, el futbol cambia a las sociedades pero debemos garantizarnos que sea un avance civilizatorio que vaya más allá de la cancha, que se muestre en la convivencia entre ciudadanos. En el 2026 ocurrió todo lo contrario.

Marc Perelman, un arquitecto francés, ha escrito La barbarie deportiva, de lo que él denomina una “plaga mundial”. La mezcla explosiva entre el deporte, medios y el espectáculo, produce masas gregarias, xenofobia, violación de los derechos básicos de un ciudadano, clasismo, odio, violencia, sobre todo contra las mujeres, acoso, tocamientos y demás, todo bajo el amparo de un furor pseudo-nacionalista que supuestamente nos hermana. Lo más grave es la justificación de ese furor, que no es exclusivo de México, pero que en nuestro país cobra dimensiones que provocan miedo. El alemán tiene la expresión “entfremdet” que, en traducción libre, significa volverse otro, “enajenación social”, lanzan los diccionarios, alienado se aplica.

¿Otro mundial aquí? Difícil. Pero veremos muchos partidos. Creo que sería muy útil que, así como adoptamos la pasión futbolera como algo muy nuestro, hiciéramos un esfuerzo de autocrítica de la barbarie, que también llevamos dentro.

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