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Cada quien su fe

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Cada quien su fe

CARLOS CASTAÑÓN CUADROS 26 may 2026 - 07:49

En materia religiosa, el respeto a la creencia ajena es la paz. Sin embargo, la pregunta por el sentido rebasa los límites humanos. Hace cientos de miles años, reunidos ante calor de una fogata, surgió la pregunta sobre la inmensidad y el sentido de la vida bajo un cielo estrellado. Hoy el cielo está ofuscado por la luminosidad de las ciudades y esa pregunta casi se evapora. Nos dice María Zambrano en su clásica obra, El hombre y lo divino: “La pregunta dirigida a la divinidad (revelada o develada poéticamente) ha sido la angustiada pregunta sobre la propia vida humana”.

Desde entonces surgieron grandes tradiciones religiosas y liderazgos que hasta la fecha se veneran. Si bien la pregunta es la misma, varían las perspectivas y las explicaciones. A pesar de las diferencias, la necesidad se acompaña de plegarias. Pensemos en la sequía y la escasez de la lluvia. Vienen ruegos, oraciones, peticiones y a veces, ante la desesperación, hasta se implora un milagro.

En la cultura mexica, Tláloc fue la divinidad específica para la lluvia, el relámpago y la fertilidad. Aunque tras la caída de Tenochtitlan en 1521, donde un imperio se impuso a otro, las antiguas creencias no desaparecieron del todo. Más todavía emergen de las profundidades como síntesis del mestizaje. En el siglo XIX se encontró un antiquísimo monolito hecho en representación de Tláloc, pero los pobladores ahí lo dejaron descansar, aunque tampoco había los medios para extraerlo en el pueblo mexiquense de Coatlinchan. Mucho tiempo después con motivo de la inauguración del Museo de Antropología en la ciudad de México en 1964, las autoridades realizaron una enorme maniobra para extraer al dios de su largo entierro. El traslado fue toda una hazaña con el fin de levantar el monolito de siete metros y 168 toneladas. Dos camiones simultáneamente llevaron con sumo cuidado a Tláloc. Como auténtica providencia, al entrar la divinidad a la ciudad de México se desató tremendo aguacero a lo largo de hora y media, como diciendo: “aquí estoy”. Las crónicas de la época registraron que alrededor de 60 mil personas siguieron el trayecto del dios hasta la entrada del museo, donde se yergue imponente.

En el campo lagunero aprendí a valorar cada 15 de mayo la fiesta que celebra a San Isidro Labrador. Este venerado santo patrono de los agricultores simboliza el respeto por la tierra y el trabajo de labriegos. En las comunidades rurales de la región se multiplican las peticiones al taumaturgo y hacedor de lluvias. Entre danzas, tambores y cantos se escucha: “San Isidro Labrador, pon el agua y quita el sol”.

En el semidesierto de la Comarca Lagunera el agua lo es todo. Pilar de la economía, la región experimenta altas y bajas. Hace tres décadas la sequía se prolongó por varios años después de una avenida extraordinaria del río Nazas entre 1991 y 1992. Las diócesis de Durango y Coahuila, bajo la representación de los obispos Manuel Medel y Luis Morales Reyes convocaron a una misa multitudinaria el día 13 de junio de 1996. Por el llamado de la iglesia católica se movilizaron creyentes, asociaciones, escuelas, universidades, grupos de danzantes, autoridades y hasta vendedores ambulantes que aprovecharon la ocasión.

Desde la cinco de la tarde empezaron a llegar los grupos de danzantes y miles de fieles con un propósito común: rezar para que llueva. Previo a la misa, el obispo Morales declaró: “En el lecho seco del río Nazas nos daremos cita para presentar a Dios nuestra confiada y angustiosa plegaria. Como iglesia peregrina en el desierto, viviremos una gran vigilia de oración ante el Señor”.

Las autoridades religiosas llevaron 10 mil hostias para la eucaristía, pero fueron insuficientes ante la multitud que se dio cita a las siete de la tarde. Según la prensa se congregaron 30 mil personas que oraron por la lluvia. Por entonces una peregrina expresó que la “única solución es la fe”. Sobre la tierra seca del Nazas los fieles oraron por la lluvia y ante el asombro de muchos, el milagro sucedió. ¡Llovió, llovió, llovió! Hace treinta años de aquel suceso extraordinario.

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