Celio y Celia
En esta ocasión le propongo algunas reflexiones sobre la historia de la música latinoamericana, en especial la caribeña, que tuvo una fortísima influencia en el público mexicano del siglo pasado. Se trata de dos cantantes que confluyeron en el grupo musical La Sonora Matancera: Celio González y Celia Cruz, dos portentos de la canción cubana.
Estos nombres proceden de la lengua latina, donde Coelum significa cielo, y tiene como uno de sus derivados la palabra celestial. Roma era la ciudad de las siete colinas, y una de ellas estaba dedicada al héroe etrusco Caelius Vibenna. No hay confusión entre estas dos historias, pues de cualquier manera, el nombre del militar Celius, que sería entre nosotros el nombre propio Celio, se deriva también de la voz Coelum, con el significado de celestial.
Además, en la Antigua Roma existía la gens Celia, una familia patricia que difundió el nombre, vinculado a virtudes de la alegría y la espiritualidad.
Desde el punto de vista histórico, primero existió este nombre en masculino, y después se aplicó a algunas mujeres, ya no para honrar al héroe romano-sabino, sino para expresar que quien así se llamaba tenía un origen sublime, elevado, celeste.
El nombre Celio se usaba en familias nobles y se mantuvo en Italia; después, como resultado de la conquista de Europa por parte de los ejércitos romanos, llegó a España durante el tardío Imperio Romano y permaneció en la Edad Media. En la Península Ibérica se transmitió como nombre masculino poco común, pero con resonancia culta.
Luego los españoles conquistan la isla de Cuba e imponen su cultura; ahí aparecen los nombres Celio y Celia como una tradición que luego perdura en el lugar y se transmite a otras partes de América Latina. En México, el nombre persistió principalmente en el género femenino.
Por su parte, la agrupación musical denominada La Sonora Matancera tiene antecedentes desde 1924, con la fundación de una banda de cuerdas en Matanzas, Cuba. Luego que se trasladaron a La Habana para buscar una mejor posición entre el público, adquirieron el nombre actual, y ahí tuvieron una fama bien ganada. En esa etapa ya contaban con instrumentos de viento, característica que les valió para escalar peldaños en el gusto del público.
Entre los cantantes de la Sonora Matancera estuvo Celio González, quien entonaba sentidos boleros. Él nació en el pueblo provincial de Camajuaní, y luego de haber cantado en varios grupos locales, de joven se trasladó a La Habana para probar fortuna, donde se enroló en la Sonora Matancera cuando la dirigía Rogelio Martínez. Desde entonces su suerte mejoró y alcanzó fama con canciones como Total, Amor sin esperanza, y No me engañes más. Su voz melancólica le da una identidad especial al bolero, que fue el ritmo que entonó, aunque no faltó ocasión en que cantara algún son. Sus boleros eran tragedias cantadas.
Un año después del alumbramiento de Celio González, nacía Celia Cruz en La Habana. Ahí se unió al grupo Las Mulatas, con quienes hizo exitosas giras en México y en Venezuela. Luego se incorporó a La Sonora Matancera, que para entonces era la agrupación musical más exitosa de Cuba, donde crecieron sus triunfos y fue conocida como cantante de varios ritmos, principalmente la salsa. Ella definió el sonido del grupo durante década y media, y se convirtió en la Guarachera de Cuba y luego en la Reina de la Salsa, con canciones como Burundanga, Yerbero moderno y Tu voz.
Celio y Celia, además de tener nombre en común, compartieron tiempo y espacio en La Sonora Matancera durante doce años.
Dos cantantes con nombres celestiales coincidieron en la misma agrupación. Celio siempre aportó la nostalgia del cielo perdido; Celia, la fuerza del cielo presente con canciones alegres. Ambos hicieron que la música cubana pareciera pautada desde las alturas, como si el propio caelum latino se hubiera encarnado en voz y ritmo.
¿El azar, el destino o la providencia? No sabemos qué fue, lo cierto es que coincidieron en nombre, tiempo, país y agrupación musical para darnos el contraste entre el bolero y la guaracha, la tristeza sublime y la alegría desbordante; dos cielos muy distintos que se encontraron en la música.