Cerrar los ojos: la puerta donde todo empieza
Cuando cerramos los ojos, el mundo se apaga y otro comienza. No uno más lógico, ni más real, sino más nuestro.
Cerrarlos ojos es apagar el escenario externo para que suba el telón interno,ahí donde habita la imaginación, los recuerdos, los amores no resueltos y los miedos que dejamos bajo la cama.
Es el único momento en que tu alma se escucha a sí misma sin interrupciones. Sin notificaciones, sin máscaras, sin maquillaje emocional.
Al cerrar los ojos, vemos sin ver. El cuerpo descansa, pero la mente juega. Imaginamos lo que no nos atrevimos a decir, revivimos lo que ya pasó como si aún tuviera algo que decirnos y a veces nos asomamos a universos que no sabemos si soñamos o recordamos.
Cerrar los ojos es un acto íntimo y sagrado. Cuando alguien lo hace frente a ti mientras besa, mientras llora, mientras desea, es como si te regalara su fe por un instante, porque cerrar los ojos es confiar y también huir…
A veces lo hacemos por placer, para intensificar un aroma, una caricia, una canción. Otras veces para esconder el miedo, o el llanto. Y otras, para no mirar lo que ya no podemos cambiar. En la oscuridad de los párpados ocurre magia o monstruos.
Dormir es el acto sagrado de soltar el control. Cerrar los ojos es también una rendición. Por eso dormimos con ellos cerrados, porque soltar el control necesita oscuridad. Tal vez cerrar los ojos es el acto más valiente del día, porque en ese lugar donde nadie te ve, todo lo que eres te mira sin filtro.Desde muchas tradiciones espirituales, dormir es considerado un “pequeño morir”. No porque sea peligroso, sino porque representa el momento en que el ego se apaga y el alma se libera. Dormir es rendirse, es confiar, es decir: “Ya no tengo el control… universo, haz lo tuyo”.
El cuerpo descansa. La mente se reorganiza. El alma viaja…Y, si estás atento, la conciencia despierta.Ahí vive la voz que se parece a la tuya, pero que te dice verdades que no quieres escuchar. Ahí aparece esa persona que ya no está, que solo existe en tu memoriao en ese lugar que visitan los muertos cuando te extrañan.
Dormir. Soñar. Besar. Amar. Decir “sí” cuando todo en ti tiembla. Pedir un deseo. Saltar al agua. Entregarte a una canción. Abrazar fuerte. Confiar. Hay momentos que no necesitan ser vistos. Solo sentidos.
Porque los ojos pueden distraerte, pero el alma no necesita luz para reconocer lo que es verdadero. Con los ojos cerrados es como se escucha mejor la voz interior, como se siente el temblor de un “te amo” sin palabras, como se guarda un recuerdo que no necesita fotografía. Y a veces, también, con los ojos cerrados es como se reconoce a alguien que ya no está, pero aún vive en ti.
Lo mejor de la vida no siempre es visible, es lo que se intuye, se confía, se recuerda y se vive con los ojos cerrados.