Cien años de progreso y arquitectura: Durango redescubre su joya ferroviaria en un nuevo libro histórico
Una parte importante de la historia de Durango no puede contarse sin el eco del silbido de la locomotora. Aquel sonido que, en las postrimerías del siglo XIX, anunció la llegada de una modernidad que transformaría para siempre el paisaje del norte de México, cumple ahora un siglo materializado en piedra, ladrillo y diseño a través de la Estación de Ferrocarril inaugurada en 1925.
Para conmemorar este hito, la comunidad cultural se prepara para la presentación de la obra La Estación para los FFCC en la C. de Durango: Un proyecto de Manuel Ortiz Monasterio, de la investigadora María Angélica Martínez Rodríguez, un libro que no solo analiza una estructura arquitectónica, sino que rescata el espíritu de toda una época.

El estallido del progreso: de 1892 a la gran terminal
El relato comienza con un acontecimiento memorable. El 16 de octubre de 1892, Durango dejó de ser una ciudad aislada para integrarse a las redes nacionales e internacionales de comunicación con el arribo de la primera locomotora del Ferrocarril Internacional. Aquel evento, que congregó a más de quince mil personas en el Llano de Guadalupe, fue una celebración marcada por la diplomacia y el júbilo, con banquetes, serenatas y la presencia de figuras como el inversionista estadounidense C. P. Huntington y el representante presidencial Ignacio Mariscal.
Sin embargo, aquella primera estación, de carácter modesto y tipología vernácula, pronto resultó insuficiente para las aspiraciones de una ciudad en crecimiento. Como recoge la autora al citar al arquitecto César Daly, las estaciones ferroviarias estaban destinadas a convertirse en los “monumentos de la era moderna” debido a su escala y relevancia social. Bajo esta premisa, y tras el turbulento periodo de la Revolución Mexicana, surgió el proyecto de la segunda y definitiva terminal, la joya arquitectónica que hoy se alza sobre la avenida Felipe Pescador.

El genio de Ortiz Monasterio y el hallazgo de ochenta y seis planos
Uno de los mayores aportes de esta publicación es la recuperación de un valioso acervo documental: ochenta y seis planos inéditos resguardados en la Planoteca del Centro Nacional para la Preservación del Patrimonio Cultural Ferrocarrilero. A través de ellos, el libro permite adentrarse en la mente de su creador, Manuel Ortiz Monasterio, un arquitecto que, en 1918, apenas cinco años después de haberse titulado, asumió el desafío de diseñar un edificio funcional y, al mismo tiempo, representativo.
Ortiz Monasterio no fue un arquitecto convencional. Formado en un entorno de innovación técnica —su padre fue pionero en la introducción del concreto armado en México—, supo combinar el rigor estructural con una sensibilidad estética cosmopolita. La investigación detalla cómo la estación de Durango se convirtió en un laboratorio de modernidad, desde el uso pionero de zapatas de concreto armado hasta la elegancia de una fachada que algunos especialistas relacionan con el Hôtel de Salm de París.
Cada elemento, desde el reloj reglamentario marca Haste que preside el arco central hasta las linternas inspiradas en el Palacio Strozzi de Florencia, fue cuidadosamente concebido para proyectar una imagen de prestigio y modernidad. El lector encontrará en estas páginas un análisis minucioso de cómo el vestíbulo principal, con su doble altura e iluminación natural, buscaba cautivar al viajero, ofreciéndole no solo un servicio, sino una experiencia de orden, comodidad y esplendor.

Un homenaje a las personas detrás de las vías
Más allá de la mampostería y el ladrillo amarillo, esta obra constituye también un homenaje a quienes hicieron posible la transformación ferroviaria de Durango. La estación es presentada como la culminación de esfuerzos políticos, empresariales y técnicos, pero también de aspiraciones personales y colectivas.
Entre los personajes que cobran vida en la investigación destacan el gobernador Juan Manuel Flores, impulsor decidido del ferrocarril en el siglo XIX, y Felipe Pescador, el duranguense que, desde la dirección de los Ferrocarriles Nacionales de México, desempeñó un papel fundamental en la nacionalización de la infraestructura ferroviaria y en el impulso definitivo de la nueva terminal en su estado natal. El libro reconoce asimismo la labor del maestro mayor Mariano Chacón Sosa, responsable de materializar en obra los complejos diseños de Ortiz Monasterio.
Invitación a la presentación: un hito cultural
La presentación de este libro no es únicamente un evento para especialistas en arquitectura o historia; constituye una invitación abierta a todos los duranguenses para reencontrarse con una parte esencial de su identidad urbana. En una época marcada por la velocidad y la transformación constante, detenerse a contemplar la Estación de Ferrocarril es comprender la confianza en el progreso que definió a la ciudad hace un siglo.

La obra, editada gracias al apoyo del Grupo Chilchota, aporta nuevos conocimientos al patrimonio cultural de Durango. El análisis de Martínez Rodríguez permite comprender que la estación no fue un edificio estático, sino un organismo dinámico que integró salas de espera, comedores, oficinas, servicios, telégrafos, espacios de instrucción y una planta alta destinada a la administración ferroviaria, todo ello bajo una concepción arquitectónica racional y jerarquizada.
Además, la terminal se integró plenamente al tejido urbano, tanto en la configuración de la vialidad como en las perspectivas visuales de la ciudad. Su presencia impulsó el desarrollo de nuevas tipologías arquitectónicas y contribuyó a consolidar un importante polo de actividad comercial y empresarial que compartió protagonismo con la plaza principal de Durango.
La presentación de esta investigación será un punto de encuentro entre el pasado y el futuro de la ciudad. Se invita al público en general, así como a historiadores, arquitectos, estudiantes y familias con raíces ferroviarias, a participar en este evento donde se revelarán los secretos de uno de los edificios más elegantes y representativos del país.
“En arquitectura, el camino de la belleza es lo útil y lo estable”, afirmaba Manuel Ortiz Monasterio. Este libro demuestra que la Estación de Durango ha honrado plenamente esa premisa, al permanecer como un símbolo de identidad, progreso y orgullo colectivo que ayudó a situar a Durango en el mapa de la modernidad.