¿Cómo se gobierna en México?
Hay diferentes formas de responder a la pregunta de ¿cómo se gobierna en México. Desde las evaluaciones sistemáticas, los mecanismos para ejercer el poder, pasando por los índices internacionales que miden niveles de corrupción, transparencia o respeto a los derechos humanos, hasta testimonios que aparecen como novedades editoriales. Estas tres maneras coinciden en los últimos días en nuestro país y nos dan pistas para responder parcialmente a la pregunta inicial. Veamos qué tanto se ha transformado el país, como afirma el oficialismo.
Cada año, desde 1995, Transparency International (TI) publica su índice de percepción sobre la corrupción y nos ubica en el mundo sobre los graves problemas de este fenómeno. No se trata de culpabilizar a los gobiernos en turno. En estas mediciones sobre 182 países México aparece en lugares muy lejanos a los países que encabezan las listas, como Dinamarca y Finlandia (uno y dos, con puntajes de 89 y 88), en cambio nosotros estamos en el sitio 141 (con un puntaje de 27). En nuestro continente los dos mejores niveles los tiene Canadá (75) y Uruguay (73). México atraviesa por una severa crisis de violencia y de penetración del crimen organizado. Una característica actual es que TI señala que a nivel global "la corrupción está empeorando (…) incluso las democracias consolidadas experimentan un aumento de la corrupción en un contexto de declive de liderazgo". Como parte de su agenda TI pide tres cosas: liderazgo político, protección del espacio público y cerrar lagunas legales. En México se han tomado decisiones que han empeorado el combate a la corrupción y han debilitado la rendición de cuentas con el cierre del IFAI.
Otra organización internacional apunta a las debilidades en materia de derechos humanos. Human Rights Watch (HRW) señala la pesada herencia que recibió Claudia Sheinbaum, como terminar con la independencia judicial y la transparencia. Al mismo tiempo, valora que 13 millones de personas han salido de la pobreza. HRW enfatiza la crisis de Sinaloa, en donde 1,800 personas han sido asesinadas desde la crisis abierta entre chapitos y mayitos; el asesinato de dos asesores de Clara Brugada; la detención del jefe de La Barredora; el asesinato del alcalde de Uruapan. Algunos de los ejes de crítica indican los altísimos índices de impunidad; la práctica de la tortura de 4,100 víctimas entre 2019 y 2025; una serie de abusos de las fuerzas armadas; el grave problema de las desapariciones forzadas; y los ataques a periodistas, entre otros. Al mismo tiempo, se puede ver que la Comisión Nacional de Derechos Humanos se encuentra capturada por el gobierno y en este sexenio se repite el problema al nombrar de nuevo a la misma presidenta, Rosario Piedra, cuya calificación estaba en el último lugar en la lista de aspirantes.
Sobre los testimonios salió el libro de Julio Scherer y Jorge Fernández, Ni Venganza Ni Perdón, que muestra algunas ventanas de cómo se construyó el gobierno obradorista y de qué manera se ejerció el poder en ese sexenio. Más que engancharse en los pleitos y ajustes del autor, veo que Scherer tuvo un mirador privilegiado para hablar del "estilo personal de gobernar" de AMLO. No hay grandes novedades en ese testimonio, pero sí algunos hilos finos sobre cómo el presidente tomaba decisiones (2018-2024); cuál era su estilo para manejar los botones de un poder que tuvo en abundancia; qué tipo de errores y aciertos se cometieron; cuáles fueron las consecuencias de ese hiperpresidencialismo para llevar adelante un supuesto proyecto de transformación; cómo se reclutaba al personal bajo la regla de 90% de lealtad y 10% de eficiencia. Dice Scherer al final de su testimonio: "Con él aprendí que los símbolos importan más que las cifras, que las convicciones pesan más que las encuestas". Así se gobernó y hoy seguimos reprobados en violencia, derechos humanos y corrupción…