Contagio
Hablamos mucho de lo que le puede ocurrir a México si sigue por el actual camino. Desaparición del Judicial, captura del aparato electoral, intromisión del crimen organizado en las elecciones, caída de la inversión fija bruta, informalidad creciente, salida de capitales, pérdida del grado de inversión, etcétera. Pero rara vez hablamos de lo que ya nos ocurrió: México está fracturado. Y no se necesitan grandes estudios demoscópicos para poder observar esta fractura todos los días en las calles, en los comercios, en los chistes llenos de sarcasmo.
La gente se grita en la calle, los transeúntes se arrojan a los ríos de circulación a sabiendas de que ponen su vida en riesgo. Quizá en la CDMX la degradación esté aún más acentuada. Los repartidores de moto cruzan la luz roja en manada. En varias ocasiones he visto personas que se bajan de su vehículo y empiezan a golpear al vehículo vecino -de una adulta mayor- simplemente por, que sin darse cuenta de la velocidad de la moto, se “abrió” y provocó un frenado abrupto. La gente se grita cada vez más majaderías que con frecuencia son inentendibles. Las dependientas o los dependientes dejan al potencial cliente esperando mientras se liman las uñas o contestan el celular.
No estoy hablando de lo que puede ocurrir, sino de lo que ya nos ocurrió. Cuando la tribuna presidencial se convirtió en la trinchera del oficialismo, el día que se comenzó a violentar el derecho a la privacía de periodistas, empresarios o cualquier opositor y la metralla no permitía respuesta, perdimos otro territorio: el respeto. Lentamente se fueron apropiando de los espacios libres de la opinión pública, los que quedan son nuestro último refugio y debemos respaldarlos con todo. La falta de respeto del oficialismo al ciudadano -periodista o no-, fifís, vendepatrias, traidores etc., la ciudadanía perdió muchas batallas. La falta de respeto a las instituciones y sus rituales, como la presencia de la Secretaria de Gobernación al inicio del período electoral para epatar la autonomía que llevó décadas construir, la violación explícita pública y ostentosa de la reglamentación electoral sobre precampañas, o la nula información de cómo se traslada la presidenta en rutas en las que no existe vía comercial. No tiene nada de malo que utilice los vehículos de la Fuerza Aérea, un jefe de Estado de un país de la dimensión de México necesita este tipo de traslados especiales, pero por qué ocultar, mienten, que los hagan públicos. Todo contribuye a la degradación del espacio ciudadano. Y aquí estamos en plena vanidad nacionalista rechazando asistir a la Asamblea Anual de la ONU, justo en el momento en que la máxima institución de gobernanza global sufre los embates de la artillería de Trump. El G-20 en suspenso.
Ante la carencia de seriedad de la vida institucional, las ONG desaparecen todos los días y nos regresamos como país a la grácil concesión oficial de tener sólo acceso a la información que pertenece a los ciudadanos a través de un laberinto burocrático. En ocho años hemos perdido buena parte del cimiento mayor de una democracia: el respeto interpersonal y el respeto a las normas. Más de 90% de impunidad. Hemos perdido a la vida misma como eje. ¿Alguna sorpresa con la desbocada violencia intrafamiliar, o las fosas clandestinas? Todo ello en medio de un interminable desfile de corruptelas en todo tipo de grupos de poder, gobernadores, exsecretarios, funcionarios de todo tipo que ostentan sus lujos frente a los que no tienen para la semana.
Pero en México -mujeres y hombres de probidad garantizada- diputados locales honestos, así como alcaldes, incluso personas no vinculadas a la vida pública están allí. El 85% de la ciudadanía no pertenece a un partido. Somos mayoría. El país no está perdido, pero sí encaminado a un colapso económico y ético. No participar es ser cómplices. Eso es lo que está en juego.
En el 2027 deben ir los mejores.
El cinismo es contagioso y ya estamos contagiados.