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De espías e intervenciones

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De espías e intervenciones

CARLOS CASTAÑÓN CUADROS 12 may 2026 - 07:45

El asunto no es nuevo. Por el contrario, desde antaño existen las intervenciones y los espías de un bando y otro para favorecer cierta causa, algún interés o sencillamente al poderoso en turno. Los estados y máxime los imperios, suelen recurrir a esas estrategias que a veces se basan en la diplomacia y otras empiezan al grito de guerra. El tema viene a colación por dos sucesos recientes en México. Uno tiene que ver con Chihuahua y la presencia de agentes de inteligencia activos en el territorio; y el otro la denuncia de una fiscalía en Nueva York contra el gobernador de Sinaloa, el alcalde de Culiacán, un senador y otros más. Lejos de ser inédita esa intervención, en realidad forma parte de una práctica común y recurrente. Lo supo bien Juárez que contra viento y marea conservó el país. Sin embargo, en otra época no nos salvamos del despojo que el vecino del norte hizo con la mitad del territorio nacional. Remeber 1848. Desde entonces las relaciones entre México y Estados Unidos pasaron al ámbito de la diplomacia y el poder blando, aunque la tentación de intervenir por la vía militar se materializó con la ocupación y bombardeo de Veracruz en 1914. En la misma lid se dio la fallida expedición punitiva en 1916 con el fin capturar a Francisco Villa. No lo agarraron pese al derroche de recursos y fuerza. En algo se parece a Irán. Ante el fracaso contra los persas, el agresor recula.

Para el imperio estadounidense las intervenciones son el pan de cada día. No les importa la soberanía, sino su soberanía. De Panamá a Venezuela la doctrina Monroe está vigente.

En los años 40 del siglo pasado la ciudad de México fue un hervidero de espías estadounidenses, soviéticos y alemanes. Todos querían su tajada, mientras el poder se disputó en las sombras. Al término de la guerra en 1945, las dos potencias triunfantes, Estados Unidos y Rusia, construyeron un orden que hoy, pese a los nostálgicos, está quebrado. En medio de todo Estados Unidos estableció una política para México que se materializó gracias al liderazgo de Winston Scott, jefe de la estación de la CIA en México. Con sus encantos y dinero, el jefe de inteligencia consolidó un plan de ingerencia en el más alto nivel del gobierno mexicano. No se anduvo por las ramas: fue directamente a la presidencia. Entre 1956 y 1969 reclutó a varios presidentes de las República bajo las claves Litempo y Litensor. Scott reclutó al presidente Adolfo López Mateo bajo el código Litensor. Hizo lo mismo con su secretario de Gobernación y después presidente de la República, Gustavo Díaz Ordaz, Litempo-2. Incluso los lazos llegaron hasta lo personal. Ante la sociedad y las revistas de sociales, el agente Scott se casó en México en 1962 con Janet Graham. López Mateos fue testigo de la boda y firmó como tal. Entre los invitados estuvo Díaz Ordaz. Otros presidentes continuaron ese consentimiento con el jefe de estación. Por las mismas, el presidente Luis Echeverría, bajo la clave Litempo-8. Los archivos norteamericanos demostraron la participación de otro presidente, José López Portillo, bajo el programa Lienvoy. ¿No me creen? Revisen los documentos en “National Security Archive”.

Winston hizo lo mismo con el famoso y temido jefe de la Dirección Federal de Seguridad, Fernando Gutiérrez Barrios, quien fue asignado como LITEMPO-4. La lista sigue, pero sí gustan desencantarse, les recomiendo leer el libro “Nuestro hombre en México: Winston Scott y la historia oculta de la CIA”. En 2011 reseñé ese libro escrito por Jefferson Morley. El texto se basó en las memorias de Scott. Recorrí las páginas con lápiz en mano, mientras avancé en la lectura estupefacto. Entre asombro y sorpresa se puede constatar una larga intervención a través de los sexenios. Las memorias de Scott describen a un James Bond en la vida real, pero no la caricatura que socarronamente se presenta en las películas. Por lo pronto queda una pregunta en el aire. ¿Qué gobernador o gobernadora sigue?

Nos vemos en @uncuadros

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